Este es el inicio de la serie SereS

 

Una mujer de miedo

 

No era una mujer normal, ella. Era una señorita de miedo. En sus ojos azules se podía distinguir la fría crudeza de la verdad misma, la justicia y el futuro. Sus palabras ardían en los oídos. Su belleza era salvaje, hacía que las mujeres la odiaran o amaran de inmediato y que los hombres dudaran de todo lo antes conocido ante su presencia.

No muchas personas la conocían. Era en realidad una persona reservada, pero muy poca gente se dio cuenta, por su gran habilidad para hacerse notar en público. No es que fuera extravagante, solo que su presencia, su voz y sus palabras eran capaces de atravezar todas las barreras y hacerse escuchar.

Vivía en un pueblo pequeño, desde poco antes del nacimiento de su hijo. Pedro le parecía un niño simpático y bonito, pero le faltaba algo de fuego, algo de emoción, pasión por la vida. El niño era sumamente inteligente y tenía algunos amigos, aunque no salía con todos los niños del barrio. Lo que a su madre le preocupaba algo por su salud mental, pero le alivaba mucho por las influencias a las que podría ser expuesto. El caso es que Pedro casi no necesitaba o pedía compañía. Se sentaba por horas en el pasto, mirando hacía el cielo, viendo los pájaros y las mariposas. Hablaba con las vacas y  había comenzado a conversar con los árboles frutales. No le gustaba hacer nada, ni comer, ni bañarse, ni dormir, ni hablar con personas.

Su madre era capaz de dar múltiples explicaciones a los demás, pero no encontraba la forma de hacer que su hijo despertara y se volviera un niño normal, lo máximo que había podido crear era un sistema de juegos. A Pedro le encantan los juegos, así que por medio de puntos y victorias, era capaz de lograr que Pedro hiciera ciertas cosas, como arreglar su cuarto, hacer las tareas o ir de visita a la casa de un amigo, pero al hacerlo se sentía un poco rara, el hecho de darle objetivos para cumplir en estas visitas (como jugar algo nuevo o preguntar sobre la opinión de alguien o descubrir que hace feliz a alguien y hacerlo, etc), podía modificar seriamente las interacciones de su hijo con el resto del mundo, pero de alguna forma pensaba que era mejor que dejarlo ahí solo, hablando con cosas inertes.

Así se fueron creando juegos y juegos, que se volvieron más y más complejos a travez de los años. Eventualmente Pedro empezó a crearlos para sí mismo y su madre dejó de entenderlos. Ya era suficiente con dialogar de cualquier tema o situación por resolver, para que Pedro diseñara, con muy poco esfuerzo, un juego que guiara sus pasos o los de cualquier jugador hipotético, al logro de sus objetivos, mientras se divertía.
Lo extraño es que estos juegos no divertían a nadie más que a Pedro, quién disfrutaba más la planeación y el resultado final que del juego en sí.

Su madre intentó olvidar todo el asunto tan pronto como pareció razonable. Había tenido que masticarselo todo por años, estaba feliz de tener algo de paz mental. Se había vuelto una mujer más rígida y cruda, y a diferencia antes, en su juventud, las personas a su alrededor eran capaz de verlo y no se sentían naturalmente inclinadas a acercarse.
Sus trabajos habituales, en relacionar hombres de poder que se odian entre ellos porque odian al mundo entero y a ellos mismos en particular, se estaban acabando, había nuevas caras bonitas, capaces de sonreír, hablar múltiples idiomas y vender la dignidad propia y ajena a buenos precios, le estaban robando de su modo de vida, cómodo y feliz.

Así que mientras Pedro, en su juventud, estudiaba a las máquinas y les enseñaba juegos a la vez, para que ellas pudieran reproducirlos para cualquiera, su madre saldó todas sus cuentas y engañó a la mayoría de sus clientes, con historias sobre su hijo, enfermedades y aflicciones que nunca mencionó directamente, pero insinuó con delicadeza suficiente para incomodar a la gente de dinero y hacer que soltaran algo sin hacer más preguntas. Era una excelente vendedora.
Pedro no se dio cuenta del tamaño del golpe hasta mucho tiempo después, cuando entendió que su madre había dejado de trabajar ese día. Por completo. La época de frustración y desespero que la siguieron, nunca fue por falta de dinero, sino por no saber que hacer con una libertad sospechosa, que la invitaba a la holgura.

Por meses la vio armando negocios e intentando hacer publicidad que no llegaban a ninguna parte. Hasta que una noche, la vio sentada afuera, mirando las estrellas, con solo la pijama puesta. Era obvio que estaba bajo la influencia de sustancias psicoactivas, hablaba del cielo, la tierra y la hierba como si fueran preciosos. Pedro se sentó a su lado y la escuchó. Le habló de su padre, le decían el Mono y era el hombre más gentil y servicial del mundo. Le habló de su pasado, de sus miedos. Le habló con el silencio y luego se durmió. Pedro la acomodó en su cama y por primera vez pensó en quién sería realmente su padre, qué parte de él compartía.

Poco tiempo después, Pedro tuvo que marcharse de la casa de su madre, le parecía que había enloquecido. La ingestión de diversas sustancias, en busca de algo especial, la habían llevado a un estado diferente de percepción. Todo le parecía reprochable y sucio. Empezó a odiar a las personas por las más mínimas faltas. En cambio, empezó a adorar a los animales, a quienes les perdonaba todas sus porquerías.
Se encerró en su casa que parecía atraer animales que la rodeaban y pedían día y noche con disciplina para ser alimentados. Muy pocas veces y a muy pocos animales dejó entrar.

El resto de su vida se empleó a escribir cuentos crípticos sobre la historia de todas las cosas. Le tomó años escribir cada capítulo de una saga muy corta que no logró terminar nunca llamada Hijos de Nada. Al morir, años después, encontraron su cuerpo inmerso en una casa ocupada por animales y hojas a medio escribir. La mayoría eran garabatos, frases sin sentido o con significados absurdos u ominosos. “No hay salvación” decían muchos, otros hablaban del Vacío como un ente absoluto y aterrador. “Hay un abismo en mis entrañas y quema”.

El cuerpo estaba malnutrido, rígido en una posición cómoda para dormir, pero no para ser enterrada. Fue cremada. Pedro solo la vio un momento, cuando llegó a la casa y entró después de años de haberla olvidado. Estaba cubierta de papeles y polvo y rastros de animales, pero debajo se encontraban los detalles de su niñez. El reloj del que salía un Rey a saludar cada hora. Las marcas en la mesa, de los primeros juegos y los primeros puntajes. Los viejos tableros de ajedrez, con los relojes que marcaban los turnos para moverse o descansar. La vieja silla donde se sentaba ella, a mirar, con esos ojos azules que preguntaban algo que no podía responder.

Su madre estaba ahí. Esperando a ser transportada. Hacía meses que no la veía. O años, sí, un par de años. Se veía más delgada, mucho más, pero en paz. Hacía décadas que no la veía así de relajada. No sonreía, porque nunca le gustó demasiado, decía que la gente se tomaba confianzas con las sonrisas, pero en sus ojos se sentía la placidez del sueño de los inocentes.

En el escritorio estaba una historia sin terminar. Se llamaba “El Vacío”. Como una referencia a su padre y a su muerte y a lo que nunca pudo entender de su hijo. Pedro se sentó a leer. Su madre sería cremada. Los preparativos para su entierro los había dejado hacía mucho tiempo. Antes de su locura. Todo sería igual, con el mismo espacio para mantener su cuerpo para siempre, como ella lo había deseado, con la placa hermosa que diseñó hace años y debajo de ese árbol bonito del cementerio. Lo tenía todo muy bien planeado desde el principio. Pero sería cremada, al igual que sus páginas y sus animales, si no le interesaban a nadie.