Este es el preludio de la serie SereS

 

Sin sentidos

 

Era tarde. La ciudad estaba cubierta por una gruesa capa de nubes que se derramaba sin descanso sobre las calles. La humedad se metía por la nariz hasta los huesos. La gente caminaba con pereza. No había forma de huir. Los días se fundían en una sola lluvia interminable.
Sobre la calle bailaban galones de agua, dispersos en charcos grandes, chicos e inmensos. Solo los más previsivos podían chapotear en el agua, con sus botas de caucho hasta la rodilla. Y los carros, que con la velocidad de sus llantas podían incluso lavar a las personas alrededor al pasar. A la mayoría no podía importarle. El agua los cubría por todas partes, estaban sumergidos en ella. No podían escapar y lo sabían. Solo podían esperar por un pequeño trago de aire, después de la tormenta.

En ese clima todos usaban chaquetas, sacos y abrigos, bufandas, gorros y sombreros, incluso guantes y lentes oscuros. No había nieve en ninguna parte, pero todos estaban preparados para una avalancha de frío.
El Mono también usaba orejeras, con audífonos de mala calidad conectados, lo hacía ver bien. Tenía un gorro a la medida de su cabeza y lentes que se oscurecían con la luz.
Sus pantalones a la medida y chaqueta ajustada parecían demasiado perfectos en medio de la lluvia. Pero seguía caminando con ritmo, en medio de la multitud. En su cabeza retumbaban los bajos de un corazón electrónico que movía su cuerpo. Solo tenía que llegar a casa, el resto lo solucionaría luego. Solo tenía que llegar a un lugar seco y quitarse toda el agua de encima. Envenenarse un poco con las imágenes de las pantallas y dormir. Consultar con la almohada lo necesario. “La almohada es una buena consejera” solía decirle su madre.

En medio de su dialogo mental, el Mono había llegado a hacer la fila para tomar el próximo bus. estaba mojado, pero ya no se estaba mojando más. La estación olía a moho, tierra y algo de óxido que cortaba el ambiente. La señora que se puso delante de todos en la fila se parecía a su madre. Firme, con esa mirada que indicaba a todos que ella sabía que hacía y estaba en control absoluto de la situación. Nadie le dijo nada y ella esperó el bus como todos, pero delante de la línea. El Mono se quedó mirándola, tiempo después de que la atención de todos se disipara y volviese a centrarse en un nebuloso, “donde está el bus? cuanto se demorará?”, preguntas sin respuesta que flotaban de cabeza en cabeza, al ritmo del zapateo nervioso de un hombre de negocios y los ritmos desordenados que varias personas con audifonos intercambiaban sin ningún tipo de orden, a veces palmadas en las piernas, zapateo repentino, algunas frases medio cantadas medio susurradas y muchos movimientos que simulaban instrumentos musicales o una abundante melena. Era normal que el Mono hiciera parte del concierto a la espera en cualquier fila, pero esta vez se vio perdido en la imagen de su madre, escondido en ese rostro, ese gesto, delante de él, delante de todos.

La señora se hizo la desentendida. No le importaba en absoluto la mirada penetrante de ese joven. La sentía, clavada en su espalda todo el tiempo y en su cara cuando, como por descuido, volteaba a mirar. No le quitaba los ojos de encima. Con una cara casi del todo inexpresiva, la primera vez que lo miró parecía sonreir ligeramente, la segunda fruncir el ceño. No podría describir la expresión que vio la tercera vez que se volteó, con una pregunta furiosa sin formarse del todo en su mente. De esa misma cara, plana y algo ausente, le vino una sensación que la llenó de repente, desde su boca, por donde iba a salir su pregunta, hasta su cabeza y luego a todo el cuerpo, de manera repentina.
Se sintió invadida por el espíritu de la futilidad y el esfuerzo en vano. De alguna forma era claro que este hombre no entendería su enfado ni su reclamo. Y aún así, la señora sentía que él le reclamaba algo a ella. Algo que había hecho. Algo que no podía dejar pasar, aunque no supiera de que se trataba.

El bus no llegó por varios minutos y el Mono, ya consciente de su actitud poco educada, cerró sus ojos. Inmediatamente vinieron pensamientos indeseados, pero los empujó hacia adentro y abrió los ojos en otra dirección. Había mucha gente esperando al bus, todos muy diferentes, hijos de la ciudad, van todos juntos sin conocerse. Se miran unos a otros por primera y última vez cada día, pero no se ven porque no hay necesidad.

-No nos vemos- susurró para sí mismo, con algo del ritmo de la canción que escuchaba.

Solo llegaron a escucharlo las personas cercanas a él y a la mayoría les pareció que era un aporte más a la ambientación musical. La señora que estaba adelante de la fila en cambio, se puso roja y se fue encorvando lentamente mientras pensaba en algo que decirle. Se lo había dicho a ella, por supuesto, sentía que por fin le había reclamado de frente algo y ella podía ponerse furiosa y demandar sus derechos, pero no sabía como hacerlo, le molestaba que se lo hubiera dicho cantando, nadie más había entendido que era para ella, que era una queja.
De todos modos se volteó con la cara roja, mirandolo directamente a la cara, para sentirse decepcionada de inmediato. El joven no la miraba, sino que observaba a las otras personas a su alrededor. Se quedó un momento paralizada intentando recoger sus pensamientos, tal vez no se estaba quejando y su mirada no estaba realmente dirigida a ella, tal vez no había hecho nada malo o digno de reproche, tal vez no tenía porqué sentirse así. Entonces se dio cuenta que el joven la miraba de nuevo.

El Mono había empezado a pensar en lo que veía de las personas. Los estereotipos que tenía en su mente. Todos parecían recortados de algún molde. Solo las personas que más conocía parecían únicas y de cierta forma, de ellas salían gran parte de los moldes de todo el resto. Su familia. Pero no podía pensar en ellos. No ahora. Debía llegar a la casa primero. Quitarse la ropa húmeda. Relajarse.

Se dio cuenta entonces, que la señora de adelante lo miraba distraídamente con la cara enrojecida. Ya no se parecía a su madre. Era solo una mujer de mediana edad, parecía furiosa pero incapaz de articular sus pensamientos.

En ese momento se asomó el bus que entraba a la estación, en muy poco tiempo estaba frente a ellos, pero la fila se había demorado menos en desintegrarse. Ahora eran solo dos estatuas en medio de una multitud dispuesta a todo por un asiento en la ventana.

Al reaccionar, la señora se montó rápidamente en el bus, sin poder ver cuál era. “Que bus es este? Cuál es este bus? Para donde va? Este es el 55?” Preguntaba frenéticamente mientras las puertas se cerraban.
El Mono se quedó quieto y la vio irse. Ese era su bus, (no el 55 de la señora), pero en el último momento había decidido quedarse. Ya no había nadie esperando. De repente estaba solo al frente de la fila. Se sentía libre. Cerró los ojos y respiró profundo. La música se había vuelto repetitiva. Se quitó los audífonos y disfrutó del silencio relativo, un breve momento de paz. Sintió el Sol sobre su piel, un breve momento de calor. Y recordó a su mujer. Ahora no había duda. Cuando la conoció no sabía quién era, el día anterior pensaba conocerla mejor que nadie, pero ahora de nuevo parecía una desconocida, iluminada en una nueva luz. Una luz que le viene de adentro. Un fuego que él encendió. Había jugado con ella y lo recordaba como probar el sabor más dulce de todos.
Ahora sentía que el juego tenía un precio demasiado alto y ese fuego que crecía en el vientre de su amada lo iba a consumir. La noticia le llegó de sorpresa y sin solución, él no tenía ninguna voz y no sería escuchado. No importaba lo mal que podía sentirse llevando su vida y el profundo miedo de encargarse de otra. Debía hacerse cargo. Debía hacerse cargo.
Con ese pensamiento en la mente, vio llegar otro bus. El 55.
Caminó lentamente, ya había varias personas más en la fila, pero él era el primero y podía escoger el puesto con ventana que quisiera. Se sintió libre, respirando con facilidad, le vienen pensamientos de miedo y culpa pero los empuja hacia atrás. Le gusta el bus, está vacío y en silencio.
Sonríe sin saber porqué exactamente, pero no puede evitar repetir una frase entre sus pensamientos más profundos. De repente, en medio de la meditación sobre la comódidad y el necesario reajuste de horarios del sistema de buses, sale una duda como de la nada. “Este no es mi bus. Para donde va este bus?”