Esta es la tercera parte de SereS

 

Seres Vivientes
[Último episodio de la saga Hijos de Nada mencionada en Una mujer de Miedo, el segundo en ser escrito]

 

Nadie antes pudo imaginarse como serían los hijos del Agua. Ni la Madre Tierra que la sostiene desde su nacimiento en su vientre, ni su hermano Viento que danza con ella y la alza sobre el horizonte, dibujándola con su toque ligero, ni su padre el Sol, Ojo de Cambio y fuente de toda la energía, podía imaginar a las pequeñas criaturas que dentro de ellas se formaban, puesto que aunque la poderosa voz del Sol y de todos los Ojos en el cielo atravesaban el eterno Vacío en todas las direcciones, eran ensordecidos por ella misma, enceguecidos por su luz. De modo que el Sol nunca conoció la Vida o el Destino, ni su Madre, preñada por el Cambio que enviaba en su grito interminable.

Nadie pudo imaginarse a los Seres Vivientes, como los llamó la Sombra que surgió de la Nada al principio del mundo, nadie excepto la Nada misma. El Vacío, infinito y eterno como nada más podría serlo. Tal vez lo supo desde el principio, pues se dice que está en todas partes y lo sabe todo, aunque nunca se pronuncie, pues todo sale de él de alguna forma. Eso explicaría el envío de la Sombra y las implicaciones que tuvo después.

Ni Viento ni Agua, o Destino y Vida, como los había bautizado Sombra, sabían exactamente qué había sucedido. Habían crecido y madurado durante eras, en un baile que moldeó la Tierra. Sabían que estaban destinados a algo más y su danza se sentía incompleta, de una forma incierta y borrosa. Hasta que una silueta salida del lado oscuro de todas las cosas se unió a su baile. Sin ceremonia, como una broma de un humor extraño y hueco. Pero fue entonces cuando surgieron las criaturas, Agua las sintió de inmediato. Eran una parte de ella y parecían estarse rebelando.

Durante mucho tiempo, Vida tuvo a sus hijos dentro de sí, cuidándolos incluso de Destino. Nutriéndolos y sintiéndolos crecer. El soplo de Destino los trasladaba de un lugar a otro por un momento y los devolvía a Agua.

 

Sombra no volvió muy a menudo, aunque a veces se le veía hablando con las pequeñas criaturas, las tocaba y las atravesaba con facilidad mientras les susurraba consejos y bromas pesadas diseñadas para cada especie. A las criaturas parecía gustarles el contacto con él y cuando se marchaba, era usual que surgieran cambios fuertes en los pequeños a quienes había tocado.

Así fueron creciendo, poco a poco se fue haciendo claro que Sombra no estaba ausente, sino que trabajaba de forma localizada, puesto que su influencia empezó a sentirse en el desequilibrio de las criaturas, cambiando con más rapidez y de formas extravagantes. Todas las veces, sin equivocación, las criaturas más fuertes y más débiles, habían estado en contacto con él.

 

Eventualmente, la primera de las grandes familias de criaturas, aquellos con Raíces, salieron de Agua, de manera muy lenta, tomándose generaciones enteras para asomarse, guardando vida en su interior y creando conductos. Solo para sentirse bañados en la dulce canción del Sol, pura, sin haber sido distorsionada por Agua.
Muy pronto, los Seres con Raíces poblaron la Gran Madre, succionando la Vida de la Tierra y alimentándose del Sol.

Al igual que la Madre Tierra, Agua amaba a sus hijos de una manera ciega y total, sentirlos moviéndose en su interior le hacía sentirse satisfecha de una manera sencilla pero absoluta. Viento en cambio, parecía no notar la diferencia. Su mirada fija y su ceño fruncido no se habían suavizado y su baile seguía siendo el mismo. Tenía curiosidad, en ver como crecían, los Seres Vivientes, los Hijos de Agua, pero por alguna razón, no les tenía un cariño especial.
Solo Sombra tenía algo que decir, pero no en voz alta. A Viento le decía poco, era con quién más se encontraba, sobre la superficie de la Tierra, puesto que su mirada atenta era capaz de distinguirlo desde las alturas. Pero no se hablaban mucho, Destino parecía saber que había detrás de la Sombra y a Sombra no le gustaba la falta de sentido del humor de Destino.
Con Vida en cambio podía hablar muy fácil, dejaba que dijera lo que quisiera. Agua iba de un lado al otro, diciendo mil cosas a la vez y Sombra podía estar ahí o no, a veces le comentaba sus pensamientos, pero no era necesario. Ella solo hablaba de sus infantes, describiendo la formas que tomaban o los rápidos y ágiles movimientos que hacían, trastornada por completo por cada pequeña cosa, sin importarle quién escuchara. La oía Destino en las alturas y fruncía el ceño, su eternamente benevolente Madre le ponía especial atención y asentía con calma. Sombra, siempre escondido del Sol, esperaba las pausas de sus monólogos y le susurraba su humilde opinión. Esto no lo escuchaba nadie más, solo ella y tal vez algunas de las criaturas, pues eran demasiadas para esconderse de ellas.

La visión de Sombra era muy diferente, para él los Seres Vivientes eran el final de la paz y la tranquilidad sobre la Tierra. A él no le importaba por sí mismo, puesto que nada le afectaba (aparte del Sol, pero nunca pronunciaba ese nombre, ni mucho menos Cambio), pero en el interior de Vida, le profetizó su perdición, en manos de sus hijos. Y por segunda vez, su voz se hizo sólida y se esparció por todo el cuerpo de Agua, en forma de una nube de ceniza. Las criaturas se comieron la mayoría, sin pensarlo.

Fue entonces cuando Sombra se percató de como sobrevivían estas criaturas, ya sabía que eran únicas y separadas del resto, al contrario de los dioses que no se definen fácilmente y se atraviesan unos a otros permanentemente, sin poder diferenciar con claridad ni siquiera las acciones de cada uno. Por eso, estas criaturas no tenían conciencia de quienes eran ellas o quienes las rodeaban, solo debían preocuparse de su necesidad, lo que les faltaba en cada instante.
Ahora veía cómo iban a condenar a los dioses antiguos, mucho tiempo después. Iban a devorarlos. Como desde ahora hacían con Vida. Como se devoraban entre ellos. No les importaba nada. Se lo devorarían a él si pudieran. En las alturas Destino frunció el ceño.

 

Después de eso, Sombra volvió a desaparecer por un tiempo. Las criaturas estaban cambiando y reproduciendose por montones. Cada vez habían más y diferentes. Muchos empezaron a asomarse más allá del agua y sentir la fría caricia de Destino.
Los primeros descubrieron que dentro de Vida es mucho más fácil moverse que afuera.
Tendrían que cargar toda la Vida que pudieran adentro y volver a abastecerse permanentemente. El alimento tampoco estaría flotando a la vista, habría que buscarlo. De otras formas, en otros lugares, con otra lógica.

De aquellos pioneros que se arriesgaron a morir, respirando el aire seco y sometiéndose a Destino, surgieron varias familias, de diferentes formas y entenderes, que también viajarían alrededor de la Gran Madre entera y la cubrirían con sus hijos.
Las dos familias más fructíferas lograron salir al recubrir su cuerpo con escudos muy fuertes o organizar sus miembros a partir de un solo tronco en la mitad de su cuerpo.
Eso los dividía, pero el resto del mundo también. Algunos crecieron alas, otros patas, 4, 6, 8. Cada criatura debía encontrar algo en el mundo, un camino sobre la piel de la Gran Madre, que lo conduzca a otra Vida, en el ambiente o en otro cuerpo. Cada una pensó que su forma de Vida era la única que tenía sentido en realidad y al reproducirse, cambiaron a sus hijos con el aprendizaje escrito en su interior.
El Suelo se tragó los cuerpos, pero la Madre Tierra los devolvió en alimento y nutrientes para que cada vez fueran más fuertes.

Sucedió que eras después, cuando ya se habían creado sistemas cíclicos muy definidos para la Vida de las criaturas, algunas de las más longevas de troncos en sus espaldas y ojos abiertos, empezaron a buscar a los dioses. Los habían olvidado.
Empezaron a vagar por la Tierra y a dominar al resto de criaturas, a quienes llamaron Animales.

Agua no dijo nada. En este punto había adoptado una actitud igual a la de su Madre, sonreían benevolamente y asentían a cada movimiento de cualquiera de sus hijos.
Destino frunció el seño una vez más, concentrado en su trabajo. No lo había visto.
Una vez más Sombra había logrado engañarlo y pasar desapercibido. Tal vez estaba viejo y cansado, es verdad que ya no tenía el ímpetu de su juventud, pero sabía con seguridad cuando alguien había sido tocado por Sombra.
Se había escondido por eras enteras, trabajando en alguna parte, algo especial. Era un hijo del Vacío. Le urgía entenderlo, pero le era del todo imposible. Estaba seguro que el Vacío solo quería engullir el Cambio. Cuál era el objetivo de lo que Sombra cambiaba?

Estaba dentro de ellos. Tal vez lo estuvo por eras. No tenía forma de saberlo. Lo veía en sus pequeñas cabezas, deslizándose a travez de sus troncos, en sus pechos, en sus pélvis, a algunos pocos se les podía ver con Sombra en sus manos. Ahora ellos lo buscaban, fuera de sí, para nunca encontrarlo y dirigirse hacia el Vacío. Con el ceño más apretado que nunca sacudió a su hermana una vez más, en el baile más agresivo y descuidado que alcanzaron a conocer estas nuevas criaturas. Murieron muchos, pero no todos y Destino supo que Sombra lo había vencido en un juego que no lograba entender del todo. Él. Decidió entonces ver y escuchar a los Humanos, las criaturas que cargaban a Sombra en su interior. Los siguió y aprendió los nombres que los devotos del Vacío le daban, Suerte, Azar, Caos. También logró escuchar de Sombra, escondido bajo la piel humana, algo sobre el Deseo, pero le pareció que la llamaban Alma.
Destino nunca pudo entenderlos, pero como Viento, sopla, de todas maneras.