Mientras miro las nuevas olas, yo ya soy parte del mar

Hay que ser cínico.

Hay que pararse sobre la historia de guerra, esclavitud y barbaridad humana para vivir.

Hay que aceptarlo y hacerse complice. Y reírse además. Apreciar la ironía de los que bailan sobre las montañas de cadaveres, con humor negro y desinteresado.

 

Ayer soñé de nuevo. Era yo mismo y estaba en cama. Mis ojos abiertos se negaban a moverse. Mi cuerpo permanecía rígido y mi voluntad había desaparecido.

Soñe que estaba muerto ¡Que locura!

Mi cuerpo se hundía bajo el suelo de miradas tan perdidas como la mía, un mar de carne en descomposición.

A lo lejos se oía la fiesta y el baile, la alegría de la vida ignorante que no se percata, o no quiere saber, que ella misma es un error pasajero, un río que corre con furia hacia el mar.

Yo espero, sin afán ni goce, los cuerpos que han de cubrir el mío y destinarlo al olvido eterno. Que vendría aunque no quisiera.

Pero ya no me importa. Soy muerte y no hay nada más.

 

Anoche soñé que estaba despierto y la verdad bailaba sobre mi cuerpo.

 

 

 

(Si a alguien le interesa, este texto es una evolución y/o continuación de uno anterior llamado Soñar es una locura)

 

La eterna batalla

Para los nuevos lectores y para dar un poco de contexto, esta pequeña historia hace parte de la serieEl niño y el Dragón

 

El niño descansaba plácidamente sobre el inmenso hocico del Dragón, ya no tenía miedo de él, incluso se había acostumbrado al calor que brotaba, a su sonrisa a medias que a veces parecía permanente y a veces tan solo una ilusión más, a su mirada penetrante que llegaba a todos los rincones a la vez.

Era un enorme espejo de sí mismo. Lo sabía.
Las nubes azules a su alrededor eran su propios sueños y deseos. El Dragón las creaba sin esfuerzo o intención. Solo respiraba y de su hocico salían ilusiones, nubes algo más sólidas que el aire. Nubes azules, casi con vida propia.

El niño las sentía, lo rodeaban y le daban calor. Incluso parecían observarlo, si es que una nube puede hacer tal cosa.

Luego de revolcarse un poco en el calor del Dragón e intentar volverse a dormir sin abrir los ojos, el niño se apretó los más que pudo contra la piel más suave que había encontrado en ese enorme cuerpo (la gran mayoría consistía de escamas de metal de varios metros, superpuestas en orden, también había otra parte suave y sin escamas allá abajo, pero no daban ganas de quedarse ahí).

Solo entonces decidió despertar y abrir los ojos. Las nubes que lo rodeaban se dispersaron disimuladamente y se hubieran ido silbando si tuvieran la capacidad de hacer tal cosa.
El Dragón debió haber sentido algo porque también abría sus ojos, aunque mucho más lento, como un extraño amanecer, en que las montañas suben y dos soles se quedan quietos en su lugar. Y te apuntan.

El niño sintió una leve brisa y tuvo que apartar la mirada. A su espalda ya empezaba a formarse una parte del mundo con las nubes que el Dragón resoplaba.

Había una puerta. Era la primera que veía en mucho tiempo.
Una puerta. Tenía una forma particular de ser la única puerta. LA puerta. Parecía ser sólida, como si la nube intentara convertirse en madera de arce y lo estuviera logrando. Tenía un marco delgado, decorado con pequeñas nubes que no se decidían a estar en ningún lugar y vibraban alrededor, convirtiendose en flores, animales y a veces incluso se veían figuras humanas haciendo algo que el niño no alcanzaba a descifrar. Iban muy rápido las nubes y no se paraban a pensar.

Hipnotizado por la ilusión más real que había sentido, se levantó y se dirigió hacia la punta del hocico, donde reposaba la puerta. Quería tocarla. Se sentía diferente, como si la nube guardara algo en su interior, un hielo rodeado de vapor, un centro helado en medio de el calor.

El Dragón resopló de nuevo y detrás de la puerta se alzó una nube mucho más alta, que empezaba a tomar formas. Aparecieron los ángeles y los demonios, mirándolo fijamente, revoloteando con sus alas de murciélago y paloma, miles revoloteando dentro de la nube. También parecían sólidos, pero atados, a la nube y entre ellos mismos.
Lo miraban fijamente, parecían decirle algo, pero eran demasiados, cada vez más y más pequeños, pero la nube seguía creciendo y parecía acercarse.

El niño retrocedió unos pasos, hacía mucho no veía algo que lo asustara, algo tan real … aunque seguía siendo una ilusión, no más real que la puerta, y mucho menos real que él.
Así que, ¿porque tenerle miedo?

Se detuvo, miró el Dragón a su espalda, sus ojos parecían sonreír, pero no decía nada por supuesto, “como el Sol” pensó y miró de nuevo hacia adelante. La nube se parecía hecha de roca, miles de ángeles y demonios de mármol se peleaban entre ellos para estar más y más cerca, volaban y se atravezaban y se volvían polvo, pero del polvo salían otros, más duros y fuertes.

El niño se acercó a la puerta y vio que la nube aceleraba su marcha, la puerta en cambio parecía alejarse mientras que en el marco bailaban cuerpos cada vez más definidos, animales que había visto antes, personas que recordaba de una vida anterior. El niño se vio corriendo de repente, persiguiendo una memoria perdida en un mundo de ilusiones.

La puerta se encogía bajo el peso de un marco hecho de recuerdos, “me dan una razón para llegar, pero ellos también me cierran la puerta” pensó mientras corría por un hocico que ahora parecía infinito, mientras la nube crecía justo detrás de la puerta, todos los ángeles y demonios hechos polvo parecían luchar eternamente como pequeños átomos cargados con energías opuestas, mientras que su movimiento formaba un rostro que no encontraba su forma.

Al llegar frente a la puerta, el marco eran enorme, hecho de emociones recordadas, su propio cuerpo sobresalía, cada roce, cada sensación pasada intentaba comunicarse con él. Se veía a sí mismo, viviendo algo que no recordaba, pero sabía real. El marco palpitaba, mientras que la puerta resistía quieta un poco más abajo de su estatura. Parecía estar soportando un peso muy grande solo para que él la cruzara y luego desaparecida feliz de haber cumplido con su deber.

El niño abrió la puerta lentamente mientras los cuerpos palpitantes a su alrededor lo envolvían y empujaban hacia adelante. Al asomarse vio unos ojos enormes y a la vez casi cerrados, hechos de millones de motas de polvo moviéndose furiosamente de un lado a otro.

La nube se escondía en el borde del hocico, meciéndose suavemente con la respiración lenta del Dragón. Incluso parecía hacer un sonido muy apagado, como una r que no se detuviera. Emanaba calor a su alrededor.

El niño se había detenido en la puerta, sosteniéndola fuertemente, en parte para poder cerrarla, en parte para que no se deshiciera sola. Su toque era frío, de cierta forma revitalizante. Sentía la fuerza agrupandose en su cuerpo, miraba atras para ver los ojos del Dragón pero solo eran dos luces a la distancia cubiertas por la niebla.

No había sentido nada tan real desde su llegada a el mundo blanco de ilusiones. Solo el Dragón y tampoco era real, era él mismo, la parte de su mente que no habla.

Los ojos se acercaron y un cuerpo entero surgió poco a poco, mostrándose con elegancia y delicadeza, sin perder de vista el niño en la puerta. La figura felina caminaba con toda la pausa posible, pero con una posición que sugería que podría comenzar a correr en cualquier momento. Ya no parecía hecha de polvo, sino de calor puro, como si cada parte de su cuerpo se hubiese desintegrado con furia y su energía siguiera brotando. El rojo y el negro aparecían y desaparecían como en una eterna disputa sin arreglar.

El niño lo miraba inmóvil mientras se acercaba, era un Tigre sin duda alguna, pero no era real, era una ilusión más. No había razón para asustarse, pero aún así no iba a soltar la puerta por nada.

El Tigre también parecía sonreír, al acercarse y olerlo desinteresadamente. No quería hacerle nada. De hecho, también parecía querer decir algo. “En un mundo de ilusión donde yo soy la única voz” pensó con algo de frustración. Pero estiro la mano suavemente y acarició la cabeza peluda del Tigre, que no puso ninguna resistencia.

Su piel era fría. Algo que no pudo entender de inmediato. Lo veía cálido, pero incluso eso era una ilusión. Siguió consintiéndolo, disfrutando de su placer. La puerta se esfumó y con ella su marco.

De repente estaban solo los dos jugando sobre el hocico del gran Dragón. El Tigre ya no era una nube de nada, era algo más.
“¿Quien eres tu?” preguntó sin esperar respuesta. Otra parte de él tal vez. La parte que siente.

Lo pensó por un momento y le dijo “¿has venido a sacarme de aquí?”

De repente el Tigre lo miró fijamente, “eso si lo entendió” pensó el niño esperando con curiosidad su reacción. Luego el Tigre miró fijamente al Dragón. El niño también se volteó. Por primera vez, el Dragón parecía furioso. El niño presenció como intercambiaban miradas y el Tigre se ponía en posición de ataque. El Dragón empezó a resoplar y las nubes empezaron a rodearlos. Con un movimiento lento, empezó a levantarse y abrir sus enormes alas.

El Tigre miro a su alrededor con una furia desesperada y viendose acorralado se volvió hacia el niño. El piso se movió mientras el Dragón abría la boca y soltaba unas nubes diferentes, negras y tormentosas.

El niño las veía paralizado. Parecía haber desatado una lucha entre los dos al mencionar su salida de este lugar. No entendía muy bien que estaba sucediendo ni en donde estaba realmente. Este mundo blanco parecía ser solo una ilusión, un mundo para olvidar el otro.

“Pero no puedo” pensó.

Mientras tanto el Tigre corrió hacia él y abrió la boca.
Sus colmillos brillaron con su propia luz, pero detrás lo esperaba la oscuridad absoluta.

En otro lugar, en algún momento y con un cuerpo real, un hombre despertó.

 

Al lado del agua

Vivía al lado del agua entonces, en una casa de dos cuartos y un baño.
Dormía en el segundo piso, casi siempre de día, con el calor del sol que se derramaba por la claraboya del techo y la inmensa ventana de cara al lago y al amanecer.
Por la noche intentaba dormir, caminaba por el cuarto mirando hacia afuera, volvía a la cama, me entretenía con luces en las pantallas o algo de comida para engañar mi angustia, volvía a caminar por el cuarto, prendía un cigarro, respiraba hacia la ventana, hacia las estrellas en el lago, miraba al cielo y seguía caminando por el cuarto.

El lago me llamaba en esas noches y le respondí varias veces, me sumergí en sus aguas en la noche y en el día, y hablamos y me contó de lo que se esconde debajo de la superficie, de la vida que no se ve, pero nos espera y nos consume lentamente. Me dijo que la vida se alimenta de vida y no quiere nada más que vida y por eso se devora a sí misma, renovandose y destruyendose a la vez.

Desde mi cuarto lo escuchaba llamandome constantemente, pero me volvía a decir lo mismo, una y otra vez, así que dejé de escucharlo. Viví un largo tiempo al lado de aquel lago y escuche su llamado constante hasta que dejó de serlo y se convirtió en el arrullo de su voz. Logró asustarme un par de veces también, con el frío y lo inesperado temí a la muerte en sus brazos mientras parecía reírse de mí para luego dejarme ir. Su abrazo helado me repetía lo que tenía para decirme.

Ahora recibo este papel. No he visitado ese lugar por años, solo podía imaginarmelo medio podrido y habitado por nada más que plantas y pequeños animales. No estaba muy lejos de eso cuando me fui. El lago creció lo suficiente para empantanarlo todo y hacer la vida civilizada imposible. Así que me fuí y abandoné ese lugar que fue mío y de nadie más. La muerte le llega a todo y puede ser que el lago supiera desde un principio que iba a comerse mi casa. Esta bien, la vida devora y de las ruinas se alimentará la vida misma que vive en el lago. Pero ahora recibo este papel y me pregunto que hacer.

El lago se ha secado, el río que lo alimentaba fue desviado en su mayoría por las fabricas que comenzaron a comprar los terrenos alrededor. La casa no se destrozó por completo y al secarse parecía un lugar soportable, así que fue habitado brevemente por caminantes perdidos, jovenes acampadores, mendigos y otra gente con mala suerte. De alguna forma, las ruinas de mi antigua casa, que yo ya daba por perdida, habían adquirido cierta reputación por su propia cuenta. Incluso han sucedido un par de eventos allí, lo que hacen los chicos de ahora, no creo que se una fiesta de la forma que yo me la imagino. Lo he buscado en internet, lo llaman “El León” supongo que por la placa en la entrada con la figura de Leo. Otros le dicen “La Guarida” y creo que eso significa que ha caído de nivel social, lo que suele suceder con la locura y el desenfreno que los jovenes siempre quieren probar lejos de casa, pero terminan corrompiendo sus propios planes. Así es, los inocentes van hacia el León mientras que los experimentados lo consideran su Guarida.

Eso sucede. Ahora mismo. En la que consideraba mi casa. Aún recuerdo el reflejo de las estrellas en el agua. El silencio y el llamado de la vida. Aun recuerdo el frío. Pero ahora solo quedan las ruinas que irónicamente, han visto muchas más cosas como ruinas que como casa.

No puedo imaginarmelo bien. No sé que hacer con este papel. Aquí dice que me quieren comprar esa propiedad. Dice un número con algunos ceros y se supone que me sienta halagado. Habla de la situación y me dice que debo sentirme mal, como ellos, de que mi propiedad sea usada como lo es ahora. Es mejor vender y devolverle la vida que solía tener. Me dice que las fabricas alrededor fracasaron, solo eran dos pero parecían más, habla de enrutar el río de nuevo porque ahora está llendo a pozos venenosos con los desechos reposados de las fábricas.

Habla de una represa, del lago, de que sea más grande. Dice que han hecho estudios. Dice que todo está listo.
Solo tengo que firmar. Pero lo dudo. Siempre pensé que era mi casa junto al lago, mi podrida casa junto al lago tal vez, no tenía mucho valor entonces, no de esa forma. Ahora se ha convertido en algo que no entiendo del todo. El lago que veo en estas imagenes en el papel es otro lago en otra parte del mundo, no me llama, no me dice nada. Me mira con cara de “en serio, en seio, todo esta bien, todo esta listo, firma y serás un hombre rico” con una picada del ojo al final. No me gusta. En cambio el León me llama. Las ruinas tienen la voz del lago, lo escucho desde acá, como lo escuchó la gente que se revuelca en mi patio, entre risas y vomito.

“No toquen mis cosas” pienso, pero ya nada es mío. Me dan ganas de verlo de nuevo y me da la impresión que me desharé en llanto cuando lo haga. No habrá nadie que me reconozca, el único gato que podía debió haber muerto hace mucho. Quién sabe, tal vez firme ese papel después de todo.
Como yo lo veo, la vida es así, toda es valiosa y se devora a sí misma, la destrucción no es más que transformación. Por eso hay tanta belleza en ella, pero es tan difícil de entender.

De todas maneras, estoy seguro que extrañaré la voz de ese lago que pensé inmortal y que ya no existe.

El cielo cae

Una vez más, el cielo caía sobre sus cabezas.
Gritos de desgarramiento y dolor se oían en sus mentes mientras se miraban fijamente a los ojos, quitaban la mirada, esperaban y volvían a mirar.
Tantas ilusiones derretidas sobre las mismas rocas, tantas promesas al vacío, tantos engaños al espejo.

Una vez más el mundo se desmoronaba, pero ya estaban acostumbrados, charlaban esquivando pedazos de explosiones, mirando los ojos muertos de los que vuelven pero no viven más, paseando por las ruinas de su pasado, mirandolas desde lejos, apretaban los labios o se bañaban en olvido.

Una vez más el mundo se desnuda ante los ojos ciegos de los idiotas que lo recorren, el viento los lleva a donde van y nadie entiende.

El Castillo

El Castillo en la montaña podría haber sido inmenso o nunca haber existido por completo. Al menos con la información que había conseguido en el pueblo, que si escuchaba a cualquiera, podría tener desde ciudades de hadas donde los sueños logran penetrar en la realidad, hasta guaridas de fieras asesinas.

No tenía un aspecto especial de ruinas, no más que otras casas comunes bajo la montaña, pero engañaba la vista, puesto que su secreto reposaba en su interior. Claro que ya no era un secreto y se lograba entender desde la distancia. Las construcciones se alzaban de el suelo, desperdigadas. Cupulas y techos de arcilla que parecían salir de la montaña como los arboles mismos, enterrando sus raíces de piedra. Al principio era dificil notarlo, hasta que el ondulante camino le mostró la imagen girando y transformandose entre los arboles.
Allá arriba, a lo lejos, las pequeñas construcciones y las torres se alineaban para mostrar la silueta de un enorme castillo, torcido y enterrado, asomandose con mil bocas a respirar el aire sobre la montaña. Algunas chimeneas exhalaban humo.

“Todos estan conectados” pensó, inspeccionando la tierra de la montaña lentamente “debe haber cientos de tuneles, tuneles para encontrarse, tuneles para estar solos, tuneles para tener secretos, tuneles para crecer debajo de la tierra o derrumbarla”.

El Castillo no parecía una ruina, daba una impresion mucho mas poderosa y aun así impotente, como un gigante obligado a cargar la montaña por haber sobrevivido su peso.

“Dicen que son muy amables y puedes visitar algunos tuneles, pero que hay que ser amable tambien, porque ahí dentro todos son uno y si uno te muestra los dientes debes calmarlo antes que otros lo imiten” quería evitar el pensamiento de la bondad de esas caras, que ya veía dando la bienvenida, transformada en odio. Lo que pasaría si empezaran a mostrar los dientes, uno a uno, mirando a su presa fijamente.

“Debo usar algo de tacto” pensó sonriendo abiertamente.
Otros le devolvieron el gesto.

I see red

I see red eyes
red lights on red skies
I see red shadows dripping red blood
I see red hearts waiting
red people showing red smiles

C’mon, little red bird
sing me a red song
You know who I am

I hear red screams
red sirens on red nights
they’re getting closer

C’mon little red bird
Fly on red skies
I’m the one on chains

C’mon, little red girl
I know who you are
You’re the one from far away
on both time and space

Won’t you sing a song?
Will it burn me?

C’mon, little red dragon
let me hear your red screams
I see red light coming from red wounds
I see you bathe on it

C’mon, red hot metal dragon
Let me see the fire
Let me feel the wrath
Won’t you burn this place down?
Burn it, burn it to the ground

That’s all I wanna see
I can’t help it
I can’t help it
I see red

Un vicio

Es un vicio repetirse como me repito,
tomarse como me tomo,
pensarse como me pienso.

Si, es un vicio. Es un vicio con toda.
Algo que no te ayuda, pero te calma.
No soluciona el problema,
te da otros ojos.

Pero el hombre inventó el vicio,
o se topó con él,
en plantas o nectares,
repitiendo y repitiendo.

Así me repito yo,
porque hay una lección en el vicio.
Porque todo habla,
todo puede ser escuchado.

Un vicio es un aliado y una debilidad,
te susurra lo que quieres,
te lo muestra en la niebla.

No viene de afuera,
el estimulo es catártico,
el deseo que asciende a la superficie . . .

Ese deseo. Ese deseo. Ese deseo!
Aún recuerdo cuando no lo entendía
Puede llevarte al final del mundo.
Puede enseñarte quien eres o puede matarte.

Se trata de probar el canto de las sirenas.
¿Cuantas veces antes de seguirlo?
¿Que profundidad tiene el abismo al que me llama?

Escudos – El Soldador

Erase un cuerpo inerte. Un hombre muerto, una mirada apagada, un vacío.
Entre una pequeña multitud se entrego a la purificacion del fuego. Ahí estaba Igor, al igual que otros que alguna vez tuvieron el placer de conocer al Soldador en persona. Ese era su simbolo y realmente solo suyo.

El Soldador venía de lejos, un joven o incluso un niño, el menor de sus hermanos, sin esperanza de herencia, salió de su casa materna en rumbo a la ciudad, escogio el trabajo como metodo infalible y armó sus casa con sus brazos, levantando la luz más brillante. Una y otra vez. Armando bajo la Tierra, las estructuras que sostienen la vida de la ciudad. Uniendolo todo con una energía demasiado pura para mirarla directamente.

Su emblema consistía en el brazo grueso de un hombre que sostiene una gran luz, frente a su mascara de protección. Con un solo ojo, cuadrado y negro. Se suponia que el Soldador soldaba algo, pero estaba solo con la luz, de modo que a veces, a Igor le daba la impresión que estaban conversando.

Sus hijos cargaban una version diferente de su emblema. Debido a la casa de su madre, cuyo emblema era la Casa Grande, nunca tuvieron del todo claro del todo su imagen familiar. Al principio, era un Soldador frente a una Casa Grande, poco tiempo despues, el Soldador estaba en la puerta principal, como saliendo o entrando, lo que eventualmente llevo a que el emblema de la Casa Grande lo absorbiera y su figura se moviera entre las ventanas y el patio, indescisa de su lugar. Frecuentemente en sus viajes y otras ausencias prolongadas, el hombre desaparecia por completo del emblema, hasta que volviera y reapareciera en alguno de los cuartos. Parecia cambiar un bombillo o algo sencillo, pero cuando se iba, la luz desaparecia de la imagen.

Su hijo siguio usando la Casa Grande y aunque no se ve el Soldador, todas las luces estan prendidas. Su hija en cambio, uso un pendiente del Soldador cuando lo entrego a las llamas, en medio de sus propios rios, pero unicamente como recuerdo, pues ya habia transformado el emblema para si, quitando tan solo la mascara.
Su imagen es un brazo que alza la Luz en alto.

-He aquí lo que queda del el- penso Igor al ver las grises cenizas que se disponian a ser enterradas en su lugar -he aqui su lugar y su nombre, para que no se disperse en el Vacio infinito. Construyo toda su vida y mantuvo unido todo lo que pudo. Trajo Luz.

Igor miro como la tierra se unia con la Tierra y todo acabo rapidamente, porque en realidad ya habia acabado antes. Las ceremonias y ritos lo ponian nervioso, lo alargaban todo. La dama de la Luz caminaba junto a el, soltandolo todo hacia afuera como siempre, rios de lucidez.

-Tanta historia, tanta luz y a la final para mi, no sirve mas que para ponerle la sonrisa a un gato- pensaba ya un rato despues, mientras intentaba cerrar los ojos y enroscarse calidamente.

Escudos – La Sonrisa

Erase una vez, el joven Igor parado en un balcón, llevaba el torso descubierto y se apoyaba con una mano en la baranda mientras que con la otra balanceaba un porro de lado a lado mientras que su mirada se iba entre las nubes, el horizonte y la distancia. Le hablaba con suaves murmullos y besos que encendían y apagaban. Se hablaba a sí mismo y le hablaba al mundo. No a la mujer en el cuarto, cuando se ponia así era imposible hablar.

-No- repetía -no- solo eso -no-.

No podían hablar ahora, ninguno pensaba bien. Ella tenía cosas que hacer y compromisos que llevar a cabo mientras que él, se posaba en el balcón a mirar hacia afuera y hacia adentro. Balanceando el humo como si fuera nada, como si la nada lo guiara.

Ahí en la cama, se veía claramente su emblema, el emblema de su familia, el emblema que lo marcaba como un nombre marca a un salvaje cualquiera. Era la sonrisa de un gato que desparecía en la noche.

O quería serlo. Ya no se veía como antes, la silueta volvía a estar vacía, como hacía mucho tiempo atras. Cuando el emblema le hacía honor al nombre original de su familia, Noche. En ese tiempo, la imagen consistía en las ramas de un arbol seco, cruzando un campo estrellado, con la luna llena en la esquina superior derecha.

Luego de eso pasó por diferentes ancestros que lo transformaron, primero en la “Noche Oscura” sin luna, luego en el “Gato Pardo”, “Gato Negro”, el “Gato Invisible” y ahora, Igor heredaba la “Sonrisa del Gato”, aunque desde el Gato Invisible no se veía con claridad el Gato. Muchos en la familia o conocidos lo nombraban como la Sonrisa, y algunos otros se reían al comparar la sonrisa con el rostro cubierto de un hombre enmascarado y le decían, el Ninja o el RobaBancos.

Pero Igor miraba la sombra al rostro y no veía la sonrisa. Los gritos resonaban, afuera y adentro, el mundo necesitaba seguir adelante como siempre lo había hecho y el necesitaba despertar, pero no podía alejar su mirada. Veía la Noche, el nombre que aun portaba en alguna parte y una Sombra que subía por un arbol, con la intención de ver cada vez más lejos, pero la Noche es oscura y el arbol esta seco. La Sombra, se dijo a sí mismo y aspiró de nuevo el humo.

La Sombra que Trepa.

Corrientes de Humo

En la más lejano rincón inexistente  de un paisaje completamente blanco, neblinoso y desprovisto de horizonte, un niño y un Dragón jugaban a hacer nubes. Respirar, le llamaba el Dragón, pero para el niño claramente era hacer nubes.

El Mundo que le rodeaba solo tenía nubes, era lo más real que podían crear, incluso eran bastante sólidas, como lo pudo comprobar al intentar atravezar la mano y encontrarse con una textura mezcla de almohada suave y potentes paredes electromagnéticas, parecidas al caucho. La mano se devolvió ligeramente refrescada y con los pelos de punta, mientras que la nube se limitó a cambiar de forma y alejarse lentamente, murmurando lo que podrían haber sido insultos de nube.

-Lo siento- dijo el niño, pero ya se había ido y otras reemplazaban su lugar rápidamente.

Una ligera corriente sopló contra su cara pero no la sintió, luego recibió una inmensa corriente de viento espeso a sus espaldas que logró levantarlo un poco del suelo y le levantó la camisa hasta ponersela alrevez. Se sintió supremamente ridículo y con algo de fuerza, rompió la camisa en pedazos. Estaba hecha de aire espeso. Humo de algún tipo. Era una ilusión.

Volteó su cuerpo y vió el hocico del Dragón que le saludaba como un par de geisers apuntando directamente hacia él. Mucho más allá dos luces encendidas como pequeños soles tras la niebla.

Sintió como el aire volvía lentamente y lo atravezaba y sin pensarlo, su cuerpo comenzó a correr alrededor de la cabeza del Dragón. En ningún momentó alcanzó a analizar el hecho de que el Dragón le seguía con la mirada y la nariz. La siguiente estampida de nubes concentradas de humo lo levantaron en la mitad de la carrera.

“Creo que no se da cuenta que no puedo sostenerle la mirada” pensó mientras lo recibía una nube cualquiera que pasaba por ahí “creo que no entiende mis acciones o mi incomodidad”, intentaba mirarlo a los ojos fijamente mientras la nube lo atravezaba, parecía sonreir “creo que incluso, se ríe de mí”.

Cayó al suelo aparatosamente dando vueltas hasta lograr agarrarse firmemente. Cuando lo soltó y se levantó, los pedazos se esfumaron volando. El suelo era una nube. No había nada tan solido como el Dragón. “Y yo” pensó. Nada más parecía real y aun así podía ser usado. Las ilusiones tambien servían de apoyo. Era solo aire caliente.

Miro al Dragón, se había demorado mucho? acaso el Dragón sostenía su aliento a proposito? parecía haber alzado su cabeza un poco, haciendo una mueca con los bordes de su boca. “Va a soplar”.
Con algo de pánico el niño miro a ambos lados y una vez más no vio nada de que aferrarse. Solo que esta vez se quedó quieto. No corrió, no se sorprendió. Observó y cuando el aire caliente golpeó su cuerpo, solo le hizo apretar las piernas y bajar el pecho. También lo calentó, le sugirió un olor dulce y al fuego, le ofreció algo bello, un pensamiento, una sensación, una promesa. Todo era una ilusión. Nubes y aire caliente, nada era real.

“Excepto el Dragón y yo” pensó y levantó un pie tras otro, lentamente. Directo a la boca de la bestia que jugaba con él.
“Hacia lo real, sea lo que sea. No hay nada mas”.

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