Esta es la sexta parte de SereS

 

Apartes de La Revolución Salvaje [Libro de culto pos-guerra]

PARTE I

Nuevos seres

 

Cuando las pastillas de la revolución tocaron las lenguas adolescentes, la fiesta de la selva comenzó y no fue detenida hasta que los dioses mismos se involucraron.

 

Fue en la era de la idiotez y el desamparo. En el culmen de una historia que no iba a ninguna parte sobre una raza que se estaba ahogando en su propio cuerpo. Las ciudades eran criaturas extrañas, para las que habían poblado la Tierra desde hacía siglos o más. No se movían, como plantas de raíces largas que no hacían más que crecer. Sus frutos eran duros y estériles, hechos para ser consumidos solo por los hongos más corrosivos en el interior de la Tierra. Su centro estaba lleno de las criaturas erguidas que se habían convertido en el terror de las vidas a su alrededor. Todas las otras razas suficientemente grandes para ser vistas con un mirada rápida de estas criaturas, sabía que eran de miedo. Tenían cientos de trucos bajo la manga. Todos aprendían la lección. Unos se hicieron sus amigos y sobrevivieron, muchos otros murieron, independientemente de si querían ser amigos, enemigos o solo tuvieron mala suerte.

 

Estas criaturas habían creado las ciudades y las mantenían. Haciéndolas crecer cada vez más. Como un monstruoso panal de abejas extendiéndose más allá de los árboles, con la diferencia que un panal tiene límites y si se cae por su peso y se quiebra, se pierde y a costa de la muerte de muchas abejas, la comunidad se reubica en otro lugar, en donde vuelve a crear un panal, desde cero.

 

Las ciudades estaban ya rotas, desde el principio y se seguían derramando sin ninguna consideración sobre la piel de la Tierra, un Suelo antes repleto de vidas silvestres. Con la llegada de los largos tentáculos de las ciudades, líneas de Nada, suelo estéril y plano para que todo pase y nada se quede, las criaturas erguidas iban tomando el control de las regiones y las vidas silvestres iban retrocediendo hacia la seguridad que dan las plantas y las sombras. Los humanos habían llegado y con ellos el desierto que llamaban hogar.

 

En el centro de las ciudades se decidían las futuras acciones de los humanos sobre el resto de la Tierra, puesto que habían tomado con los siglos, un gusto particular a jugar de la misma forma que Destino a modificar el paisaje, pero en estos casos, solo para la comodidad de su raza. Siempre fueron maestros en el arte de imitar las vidas a su alrededor, en sus inicios como simios aprendieron a repetir los gestos y movimientos de sus iguales y otras criaturas parecidas, luego lograron imitar cuerpos y habilidades imposibles para ellos, en prótesis y herramientas.  Pronto habían agotado su habilidad para copiar lo existente y se dedicaron a soñar, a crear aquello que se movía dentro de sus mentes.

 

El resultado fue la ciudad. Un ser superior, hecho de los sueños de los humanos que viven y se reproducen sin fin en su interior. Derribaron todo, acabando con todas las vidas que allí habitaban, como sacrificios insignificantes al gigante que se estaba formando, construido con roca, tierra y muchos de los cuerpos de otras criaturas. La ciudad le pertenecía solo a quienes podían entenderla y cada humano le pertenecía a ella. Vivos y creciendo entre la muerte y el vacío de un desierto que habían llenado con ilusiones. Oasis pintados sobre muros.

 

Las ciudades se apoderaron del mundo, creciendo hasta el punto de chocarse y unirse en seres cada vez más grandes y amorfos. Gigantescos monstruos estirando sus dedos largos en todas las direcciones, produciendo cantidades descomunales de desechos y devorando las vidas más frágiles y vulnerables a su alrededor. Los humanos en su interior dejaron de entender el papel que esas vidas cumplían en el mundo, se acostumbraron a verse a sí mismos, como reflejos de la Vida y el Destino, poseedores de la Tierra. Herederos de todo lo visible y lo invisible. No había nadie más. Ningún otro ser podía compararse con ellos y eso los hacía sentirse solos.

 

La soledad se convirtió en una sensación muy fuerte con el tiempo. Más fuerte que la sensación de victoria o superioridad frente a los otros seres vivientes, una vez derrotados, sus cuerpos y sus vidas pasaban a ser insignificantes, poseídas y vendidas por cualquier humano que se hiciera cargo de ellos. El sometimiento se hizo normal y el orgullo de verse por encima de aquellos parientes lejanos perdió todo sentido.

Era una sensación más fuerte que la duda eterna que los atormentó desde que comenzaron a hablar, entender y preguntarse sobre la razón de ser del mundo. Buscaban un dios que estuviera por encima de todo, presente en cada momento y guiándolos de alguna forma con su inmensa sabiduría desde los cielos.

La soledad pudo crecer en su interior porque era lo único que les quedaba,  después de la cada ilusión, cada movimiento pasional o cada revelación de lo desconocido, estaba la ella, esperando en sus conciencias, como una vieja amiga que se rehúsa a desaparecer. Los siguió desde el amanecer del pensamiento hasta su muerte.

 

Los humanos, atormentados por visiones de sí mismos, abandonados por algo antiguo y olvidado, se dedicaron a hablar más fuerte y crear ilusiones más grandes. Fue así como eventualmente llegaron a cubrir la ciudad de imágenes sin más sentido que distraer las mentes de pensamientos tortuosos. También diseñaron máquinas que hablaban con ellos o que los hacían hablar entre ellos. Sitios oscuros donde multitudes se reunían a olvidar la realidad y dejarse llevar por verdades o mentiras de otro humano.

 

Eventualmente, todas las formas de distracción o entretenimiento colapsaron en una sola máquina pequeña. La llamaron AUTO. Hacía todo por sí misma y de manera mucho más rápida y eficaz que cualquier humano. Su información era más precisa, sus deducciones más acertadas. Pronto, cada humano tenía un AUTO en su poder. La producción y el ritmo de vida crecieron instantáneamente, cada persona era capaz de mucho más, potenciados por su máquina. Les ayudó de manera similar a la invención de prótesis de cuerpo completo, muchos años antes. Estas prótesis los hacían capaces de viajar a grandes velocidades o atravesar territorios difíciles o extensos, ayudados por seres-máquina sin voluntad. Cuerpos vacíos que sobrepasaban los límites de los cuerpos humanos, al igual que los AUTO sobrepasaban la capacidad mental humana, sin poder decidir nada nunca.

 

La ciudad se alimentaba de estas máquinas, que la construían, reconstruían y ampliaban constantemente, cada vez con más eficiencia. Con la llegada de los AUTOs, estos seres-máquina obtuvieron una conciencia limitada e intercambiable que los hizo capaces de guiar a los humanos. La soledad parecía esfumarse ante seres de tan grande potencial.

 

Sin embargo, no todos compartían la utopía de la erradicación de la soledad en manos de creaciones humanas. Muchas personas se opusieron a cada paso del proceso, sin obtener mayores efectos. Hasta la Revolución Salvaje será olvidada con el tiempo, pero según muchos de los involucrados, sus efectos fueron irreversibles, mostrándole a la población su propia naturaleza, evolucionada y confusa, pero humana. Ante todo humana.