Unos se suben, otros se bajan. De un avión o de un bus.
Se suben y se bajan en el mismo paradero.
Cada uno en una ciudad distinta. Están lejos todos.

Yo me subo y me bajo del bus y miro los aviones que pasan.
Ya se vieron dos aviones que se pasaban de largo.
Saludándose a través del cielo.

Porque los aviones vuelan solos. Solo vuelan.

Le dan vueltas a la Tierra y no paran, solo hacen pausas.
Si hay que subirse, hay que bajarse.
En una ciudad. En todas las ciudades.

Y los aviones siguen su camino infinito,
pero ellos no entienden que transportan humanos
y cada humano lleva un hilo amarrado.

El hilo lo conduce al lugar de donde vino,
los momentos que vivió y la gente que estuvo presente,
porque cada uno lleva un hilo que se enreda de manera inevitable.

Así, los aviones solo hacen que los enredos se expandan,
hacen líneas de nosotros por los cielos,
para que podamos señalar al infinito y decir “ahí están”.

Me subo y me bajo del bus. Una vez más.
No estamos tan lejos.
Solo estamos detrás de las montañas.