Esta es la cuarta entrega de SereS

 

Infancia desmedida
[Fragmento del diario de Pedro, sobre los días de antes de la Guerra]

 

Cuando era niño, mamá solía invitarme a sus reuniones. De amigos o familiares distantes, algunas veces fui a su trabajo o a eventos elegantes donde tenía que usar un traje de juguete, que a ella le encantaba mostrar. Yo lo usaba orgulloso, porque además era común muchas personas se facinaran de ver a un niño pequeño disfrazado de etiqueta.
Me acostumbré a observar a la gente. Nunca había otros niños en esos lugares, algo que yo no logré entender hasta después de mucho tiempo. No estaba acostumbrado a la compañía de otros niños de mi edad, eran interesantes y divertidos, pero su lugar estaba restringido a las largas horas de colegio. El resto del tiempo, giraba alrededor de las personas que realmente gobernaban el mundo, es decir, los adultos, es decir, mi mamá y sus amigos. Cada uno tenía algo característico. Mamá tenía 2 amigas que siempre estuvieron a su lado, hasta que una murió y otra sucumbió a la locura, mucho antes de aquel día, en que la vi por última vez, ya transformada por el peso de la muerte, en un cuerpo disminuído y enroscado, en una posición fetal tan rígida que no permitió su entierro en un ataúd. El fuego la consumió. Que diferencia hace?

Sus amigas la envidiaron toda la vida, eran una flaca con un lunar sobre el labio y otro bajo el ojo y una gorda de cachetes y labios gruesos y enrojecidos. Parecían hermanas, con sus pelos rizados cambiando de formas y colores permanentemente.
Esas reuniones eran las más comunes y las que primero conocí, pues desde que tengo memoria, la visitaban en casa y duraban horas hablando y tomando café. A mí, la gorda me daba galletas y dulces, a veces sin que mamá viera. O me decía donde podía encontrar más y me escondía chocolates especiales para que yo los descubriera como tesoros enterrados.

Yo hacía piruetas y muecas para conseguir sonrisas y abrazos. Me encantaban los dulces, pero cuando la flaca me tomaba en sus brazos y me sonreía de cerca, yo me paralizaba en un éxtasis absurdo, en que solo podía mirar sus anillos, grandes y aparatosos en esos dedos delgados, ella me apretaba y comentaba de mi cara tierna, como al aire en general, mientras que yo sonreía como un idiota, mirando las pequeñas calaveras y espadas que adornaban esos anillos y las gemas oscuras cubiertas en telas de araña de metal.

Cuando crecí y empecé a salir con mis amigos, ellos ya salían desde años atrás y hasta hacían otras muchas cosas que no podían contarme por mi naturaleza inocente. Yo percibía algo de eso, pero por alguna razón, controlaba mi tímida curiosidad y confiaba en su juicio.
En ese entonces, entendí que había pasado demasiado tiempo con mamá. Solo la conocía a ella. Compartía su visión del mundo por completo porque nunca conocí otra diferente.
Ese pensamiento fue la primera grieta en mi concepción del mundo, en que todo parecía tener sentido perfecto. El sentido que mamá le daba. Aparentemente.

Dejé de aceptar sus invitaciones a visitar viejos amigos o familiares. Pero tampoco salía tanto con mis propios amigos. Siempre tuve la impresión de ser visto como un humano extraño, una mala representación de la especie, alguien que no pertenece a ninguna parte, un extranjero perpetuo. Me sentí un extranjero en mi vida con la primera grieta y el sentimiento se agrando con ella, más y más durante los años. En ese entonces lo que hice, como siempre, fue dirigir mi atención a las máquinas. Ellas entienden exactamente lo que deben y pueden hacer. Puedes confiar en ellas. Así que me sumergí en el mundo virtual, que existe gracias a ellas. En él se encuentra el juego más complejo diseñado por el hombre. Una segunda realidad, capaz de imitarlo todo afuera, por supuesto, pero muchas cosas más. En ella, la segunda realidad, caben Verdad y Mentira por igual, no es necesario hacer la diferencia. Cabe la imaginación y lo inimaginado. Es un juego que contiene infinitos juegos, igual que la Realidad en la que vivo.
O lo era, antes de la Guerra. Ya no parece un juego. La Verdad y la Mentira son partes de la Realidad ahora, no se pueden separar.

Mamá dejó de trabajar un día y creo que desde ese momento empezó a enloquecer. No me importó al principio, acostumbrado a sus desequilibrios e incongruencias, como cualquier humano. Se desesperaba, pasando trabajar en multiples proyectos relámpago a la vez, a no poder hacer nada, en un estado de parálisis deplorable en que solo podía mirar a las paredes y dormir. Creo que nadie más la vio así. Solo yo. pero a mí no me importaba, esa era su forma de funcionar, al menos mientras se adaptaba al cambio. Pero nunca volvió a ser la misma.

Me fui de esa casa cuando pude, como era esperado de cualquier joven. Creo que se sintió especialmente mal en esa época. Yo la visitaba periódicamente, pero tenía una nueva vida que comenzaba a funcionar por sí misma y ella me ponía nervioso, parecía muy angustiada por nada. Todo el tiempo.

Imagino que por eso buscó la calma de las drogas. Por ese tiempo, su amiga flaca estaba muriendo de una enfermedad incurable que no logro recordar. Solo la visité una vez. Un extraño DejaVú se apoderó de mí, mientras me abrazaba sonriendo, mucho más debil ahora, comentandole a mamá lo grande y bello que me veía. Me paralicé por razones diferentes, su olor y tacto me producían repulsión, y por instinto miré de nuevo los anillos.

-Te gustan? escoge uno- me dijo, tal vez hablandome por primera vez. Le respondí con una sonrisa y elegí el de la calavera. No pareció importarle, pero su mano se veía desnuda.

Murió poco después, dejando a mamá y a su otra amiga, la gorda, con unas buenas dosis de morfina que de alguna forma habían sacado del hospital.

Eso no me gustó. Se volvieron un par de desquiciadas, desde incluso antes de irme de la casa ya habían probado otras sustancias más recreativas. Una noche encontré a mamá llorando en el patio, mirando al cielo y balbuceando lo que me imagino que era una charla con su dios, cualquiera que fuese. Le pedía perdón y ayuda, le pedía una explicación, recibiendo a penas la suave caricia de la brisa. Esa noche me enteré de quién era mi padre, tenía una mirada especial al parecer, mamá lo repetía una y otra vez con una sonrisa del pasado que ahora solo era una mueca de nostalgia y rabia. “El Mono” le decían, pero se llamaba igual que yo. Pedro. Eso me hace a mí Pedro II. El pequeño. Buena hora de saberlo. No pude sacarle más información que sus frases sin sentido. Nos quedamos mirando el cielo, en un silencio que me penetraba en los huesos. No solía hablarme de sus cosas, lo más común es que me dijera que hacer y cómo. No le gustaba parecer vulnerable. Pero ese día y esa noche, la encontré pequeña, metida en sí misma como nunca antes, su mirada que siempre estaba atenta a cualquier movimiento y era capaz de paralizar a quién se la devolviera, ahora se encontraba perdida, como buscando algo entre la grandiosidad del cielo. Cuando me habló, lo hizo como hacia sí misma, abriendose a mí como nunca antes. Del todo sincera. Y luego, cuando calló, sentí que no era el silencio tosco y rudo del que se rodeaba cuando quería estar sola, cuando terminaba de decirme lo que debía comunicarme. No. Este silencio me incluía, era algo más que estaba diciendo, esas palabras que no podían ser pronunciadas. Eran dudas, inmensas, de las que nunca quiso reconocer antes. La abracé y la dejé dormir. Algo había cambiado en ella. Nunca volvió a ser la misma, había encontrado la locura dentro de sí.

Tiempo después encontró la forma de sacarla, con su trabajo constante en pequeñas historias sobre sus dioses. Trabajó años, enloqueciendoce paulatinamente sobre las mismas historias que escribía y reescribía hasta el cansancio cada día. Nunca terminó. Su amiga gorda se volvió loca por otras razones, mamá hablaba de la soledad y la falta de cariño. Solo la ví una vez sin su máscara, siempre había pensado que su sonrisa amplia, en esos cachetes rosados y bonachones le salían por naturaleza, pero en el borde de la locura, la vi de nuevo, entrando con pasos tímidos y con una expresión que intentaba levantarse y sonreír sin poder hacerlo, cansada de fingir, derritiéndose en los gestos más melancólicos que he visto. Me miraba con cariño y solo hablaba de hombres. Los que nunca tuvo cuando era tímida y los que la destrozaron cuando logró que entraran en su vida. Su risa se partía, me daban ganas de acompañarla y reírme yo también hasta el llanto, pero solo podía sonreír. Ella no podía más disimular su dolor y yo tampoco podía dejar de sentirlo.

No sé que habrá pasado con ella. Mamá dejó de hablarle, sus locuras no se entendían entre sí. Mamá se volvió loca por los animales, a los que mantenía por jaurías alrededor de su casa, mientras que a su amiga le interesaba verse bien arreglada y dispuesta para la vida social.

Mamá murió tiempo después, ahogada en sus palabras y las vidas de sus animales. La recuerdo perfectamente, pero no quiero. No hubo nada que pudiera hacer. Ella estaba ahí, parecía dormida y no había nada que pudiera despertarla. Su partida no era parte de ningún juego, solo un evento, real e inapelable. No había nada que hacer.
Yo me olvidé de todo aquello y me interné en las máquinas. Solo necesitaba jugar. Día tras día, hasta que mi cuerpo lo hacía sin necesidad de mi mente, para que esta divagara. Entonces me dejé llevar. En el olvido encontré la vida que quería. Sin un sentido absoluto, sin un rumbo ni un objetivo. El juego era todo y todo era juego.

Entonces llegó la Guerra y mi infancia terminó.