Hay alguien más

La Diosa había esperado una o varias eternidades para el momento en que decidió ocuparse en algo más, los primeros hijos de la Voz que fecundó su Cuerpo nacerían eventualmente, separándose de ella y formando una vida por su cuenta, pero Ella se sentía caer en el aburrimiento e internarse en el Vacío.
Solo la Voz la confortaba y la sentía afuera y dentro de sí, creciendo, un grito de furia y millones de susurros como respuesta, cada vez más.

Aún así, su impaciencia la dominó pronto y sin pensarlo demasiado, creó una pareja de seres, los nuevos primeros hijos, los inesperados, los hijos Grandes. Pensando en el grandioso ser del que debería provenir la Voz creó a FeiT, pensó en ella misma y creó a Vaia. Desde el principio los supo poderosos pero incompletos, seres sin conflicto y sin energía, atados para siempre a la voluntad de la Diosa. Nunca serían algo aparte, nunca se revelarían, nunca la sorprenderían. De cierta forma, no eran más que ella misma, hablándose y recorriendo su propio Cuerpo.

Los dioses menores (o los hijos Grandes) aguardaron la venida de sus medio-hermanos con paciencia, cuidando de ellos y su madre en todo momento, aprendieron a vivir juntos y disfrutaron su tiempo solos. Sentían la falta de vida, pero luego al despertar, entenderían la felicidad del tiempo sin conflicto, reposando cómodamente sobre la piel de Todo.
Nunca entendieron por completo el aullido de NoT en la lejanía, pero FeiT sintió desde el principio el llamado a obedecerlo.

Todo esperó, los gritos pasaron uno tras otro, los Grandes alistaron la bienvenida para que sus hermanos no sucumbieran con cada grito y los pequeños creciendo en el vientre de la Diosa comenzaron a moverse y a salir.
Eran extraños por supuesto, pero no esperaban reconocerlos.

Vaia y FeiT se encargaron de hacer posible su vida, Vaia recorría el inmenso cuerpo y por donde pasaba dejaba su aroma flotando en el aire, era Vida, los que flotaran o saltaran eran capaces de sentirla antes de que cayera al piso, pero la piel entera se rejuvenecía y las creaturas la mordisqueaban con gusto.
FeiT en cambio, se sentaba a mirar hacia arriba y hacia el horizonte, planeando. Luego soplaba y las pequeñas creaturas volaban incontrolablemente por los aires y se chocaban unas con otras, algunas se pegaban, otras saltaban más alto o esperaban a otra ráfaga para ir a un lugar aun más lejano. Todas caían en algún momento, algunas se destrozaban, otras sobrevivían y se concentraban en su Suelo, alimentándose de él.

Se podría pensar que ninguno de los Dioses mayores era realmente consciente de estos sucesos, tomando en cuenta que la Diosa, más que saber que ocurría, lo sentía en su Cuerpo y lo disfrutaba plenamente. Su observación siempre fue superficial y los mensajes que susurraba a sus hijos eran simplemente indescifrables. Por ello, más tarde sus hijos sentirían la soledad, la incertidumbre de no tener Nada realmente claro y la necesidad (y posterior determinación) de cumplir un objetivo difuso.
Por otro lado, se piensa que NoT nunca sería capaz de ver los detalles de la Diosa, él solo ve el Vacío. Solo la hipótesis o leyenda del nacimiento de su vergüenza al verla, ha dicho que alguna vez la ha visto, pero también sostiene que fue al momento de crearla, y que después de hacerlo no pudo soportar su propia monstruosidad y se cubrió para siempre bajo un inmenso manto de gritos.
Y el Vacío . . . es difícil decir lo que podría querer o necesitar, podríamos decir que no tenía la necesidad de aparecerse o tomar parte en las vidas de los pequeños. Pero lo hizo. Tal vez se sintió abuelo, tal vez se sintió insultado, cualquier cosa es posible. Lo cierto es que mientras Vaia recorría el Cuerpo sin descanso y FeiT cambiaba todo de lugar, había alguien más observándolos, había estado ahí por varios gritos, pero no los escuchaba, parecía ver todo como si ya hubiera ocurrido. Estaba y no era. Nadie lo vio. Nunca.
Un hijo del Vacío, una silueta dibujada en el aire, tan oscura como Nada. Una Sombra.

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