Archivo de 'El Comercio'

X. Nueva moneda

. . . este es el final . . . al menos del Comercio de Desechos . . .

 

Pocos notaron que la población estaba creciendo demasiado, a menos les importó. La gratitud se había disuelto casi por completo en el dolor y ya no había forma de separarlas. Fue esa la razón que condujo a los Buenos a considerar volver al resto, el sentido de su causa había muerto y era lógico que sintieran el vacío. Algunos eligieron volver, otros no y otros no eligieron. De todas formas el Pacto continuó. Ya era conciente de sí mismo y de que su sobrevivencia no estaba asegurada.
Ahora que el mundo tenía una sola moneda hecha en su mayoría de dolor, pero con algo de gratitud, los Buenos alteraron la forma de pago, pagando ellos con toda la gratitud posible y dejando el dolor para el resto. Sabían como hacerlo pues habían pagando con gratitud por siempre. Su reconocimiento se los permitía, pero al igual que antes con sus mercancías, al usarlo empezó a disolverse en la multitud, pronto el reconocimiento se dispersó y se convirtió en algo diferente, algo que se mueve, Poder.
La presión que ejercía el reconocimiento para aceptar el balance alterado que ofrecían los Buenos, se convirtió en la presión que cualquiera pudo hacerle a otro en un pago. Los Desechos ya no sugerían diferentes naturalezas (excepto el Desecho de amor), el Poder se volvió la forma de balancear el pago.

Pronto el mundo se cubrió de desechos, todos los olvidaron mientras los consumían. No los veían, solo se veían a sí mismos en sus pagos.
Los pagos ya no eran por los Desechos, eran por ellos.
El dolor y la gratitud que sentían, ahora, era por ellos.

 

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IX. Luego del olvido

Te acuerdas del Comercio? jeje . . . creo que el final se acerca

 

Durante mucho tiempo gozaron los Buenos de su posición, bendecidos por la gratitud del mundo y gratificandolo ellos a su vez con sus Desechos que intentando imitar las formas del amor, lograban mostrar la belleza del orgullo. Eventualmente se olvidaron del motivo que los empujaba, pronto se olvidaron de la dirección y finalmente se olvidaron de su movimiento. Ya no querían devolver al mundo su antiguo esplendor, sabían que lo que ahora producían tambien eran Desechos, ligeramente mejores, diferentes. Se conformaron con el reconocimiento y la gratitud. Se convirtieron en los descendientes de una tradición muerta.
Mientras tanto la población crecía y el dolor seguía siendo la moneda principal. La gratitud se logró mantener al principio como una moneda muy codiciada, pero escasa, pues solo podía usarse agradeciendo y siendo agradecid por los Buenos, y ellos, eran muy pocos.
Pero poco a poco, los Buenos Desechos (como se les llegó a llamar) fueron siendo coleccionados, re-usados o acaparados y pronto hubieron suficientes para quitarle una pequeña parte del mercado al dolor . . . no pareció importarle. No pareció importarle en ningún momento mientras la gratitud se abría camino, era demasiado pequeña e iba terminar disolviendose lentamente. Así lo hizo.
Así que cuando los Buenos por fin despertaron de su trance, se vieron a sí mismos en el mundo de dolor que habían creado debajo suyo, lo entendieron y lo aceptaron, de hecho, conservaron su posición un poco más de tiempo usandolo. Ya no tenían nada que ofrecer más que sus Buenos Desechos y el reconocimiento que los hacía tales, y como ya comerciaban con sus Desechos, decidieron intentar con el reconocimiento.
El reconocimiento había pertenecido a los productos de los miembros originales del Pacto, quienes se enorgullecían por hacer los mejores, ahora le pertenecía tan solo por herencia a los Buenos Desechos que ellos hacían . . . pero nadie parecía notarlo. Parecía pertenecerles a ellos, a los Hacedores, a los Buenos Hacedores.
Por alguna razón, muchos olvidaron lo que diferenciaba a un buen producto de un Desecho, pero no lograron olvidarse de quién los hacía.

 

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VIII. El Reconocimiento . . . después de un tiempo

Era apenas lógico que después de un tiempo todos los miembros originales del pacto murieran a causa de su cerrado círculo y que los herederos empezaran a ser (y fueran para siempre) hacedores de desechos reformados, generaciones y generaciones de ellos; y eventualmente lo que producían dejó de ser muy diferente a los desechos, aunque conservaran un brillo que demostrara su identidad histórica.
Fue de esa forma que la mercancía de alta calidad logró ser relativamente equivalente a aquellos primeros magníficos desechos, a quienes había despreciado y envidiado tanto siempre. Su similitud era innegable, desechos hermosos y gastados (aunque mucho más el creado por amor que los creados por orgullo).
También fue esa la forma de asegurar el valor de reconocimiento que siempre pensaron que les correspondía.
La forma de desasegurarlo fue sencilla, a pesar de ser un grupo “élite” de hacedores, cada uno de sus miembros venía del mercado de desechos, no sentían la cortante separación de sus predecesores, sino que les debían tanto a ellos como al lugar de donde habían salido. Así que aunque no se abrieron al mercado, introdujeron en él una pequeña cantidad de productos; claro que al estar el reconocimiento implícito en el objeto, no servía como valor de cambio, así que usaron la gratitud: de esta forma el hacedor agradece al mundo y al pasado, y el usador de desechos agradece por algo que cree mejor de lo que merece.

 

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VII. El Pacto

Los miembros de la sociedad no se reproducían, de hecho hicieron un par de reglas al respecto; si la razón del caos era la increíblemente rápida proliferación de desechos, no bastaba con mantenerse distantes, sino actuar en contra, no se arriesgaban a reproducirse y crear a más hacedores de desechos, debían sacarlos de la población general y reformarlos, para demostrar en ellos, lo que todos podrían hacer.
Nunca se supo que tanto pudieron demostrar, lo cierto es que lograron permanecer por mucho tiempo en la periferia del mundo, como un grupo de seres considerados superiores (en ciertos sentidos), que decidieron alejarse para permanecer (de cierta forma) inmaculados.
Algunos hacedores se unieron por gusto, otros por experimentar, otros en busqueda de grandeza, otros de diferenciarse.
La sociedad creció, siempre demasiado sigilosa e inofensiva como para atentar contra ella. El mercado de dolor (voluntaria o involuntariamente) le permitió sobrevivir.

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VI. Los Buenos

Esta historia no termina . . .

 

Poco alboroto causó el movimiento de los buenos hacedores, pero sí sentó precedente (pronto imperceptible, pero siempre presente): la buena mercancía ya no tenía lugar en el mercado y todo era ocupado ahora por los desechos.
Nadie sabe, porque es imposible hacerlo, si la oscura previsión del fin de los buenos hacedores, habría llegado sin su intervención, pero lo que ocurrió después fue, en cierto sentido, muy diferente (sin tomar en cuenta el hecho de su desaparición real del mercado libre), ya que por mucho tiempo, el valor del reconocimiento solo llegó a pertenecer a unos desechos de los que ya sabemos suficiente, pero nunca se propagó, porque no podía hacerlo.

La abundancia de desechos fue capaz de cubrir sin problema cualquier interés o malestar por la pérdida de buenos hacedores y mercancía, pero no sofocó los sentimientos conflictivos que esa pequeña sociedad empezó a generar en la población, un poco de desprecio, un poco de envidia, un poco de lástima y un poco de glorificación.
Tras un corto periodo de asimilación, se concluyó erroneamente que no podía hacerse mucho con las tres primeras, pero que al aprovechar la cuarta, podrían, no solo mantenerse vivos y así mismo al pacto, sino incluso fortalecerse y fortalecer su posición.
Una cosa llevó a la otra y más por el flujo de eventos que por las torpes acciones de los miembros del pacto, su apartada sociedad obtuvo reconocimiento como tal y ahora que a pesar de ser muchos miembros, su cerrado círculo de producción y consumo les empezó a quitar años de vida, su posición les sirvió para conseguir jovenes que continuaran su tarea.

 

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V. No todos son Desechos

Simultaneamente a los sucesos que dieron lugar a la efímera popularidad del amor-odio, los primeros magníficos desechos habían logrado convertirse poco a poco en una especie de leyenda, y aun más con los constantes fracasos de todos aquellos que intentaban imitar su exclusivo valor.
De modo que aquellos grandiosos desechos tomaron pronto otro tipo de valor, el reconocimiento.
En ese momento, luego de permanecer por un tiempo en la oscuridad, se hizo notar lo que ahora parecía ser apenas un pequeño grupo de personas: los hacedores que aun se preciaban de la alta calidad de su mercancía.
Desde el inicio habían permanecido silenciosos ante los hechos, en parte por sentirse intocables en su posición, en parte por temor de no serlo. Lo cierto es que se sintieron realmente amenazados cuando, despues de perder mucho territorio en la utilización de sus productos, lograron ver la posibilidad aun más grave de perder terreno en la apreciación del producto.
En cuanto eso no ocurriera, podían de alguna forma asegurarse el apoyo de aquellos que, gracias a su alta posición, no se conformaban con el uso de desechos por considerarlos repugnantes o indignos. Pero si se le llegara a dar el valor de reconocimiento, no solo a aquellos primeros magníficos, sino a una gama amplia de desechos, su única forma de cambio les habría sido arrebatada y con ello, su forma de existir.
Así que estos buenos hacedores, al preveer tan funesta cadena de eventos, decidieron adelantarse a ella cambiando rápidamente su modo de actuar e hicieron un pacto. A pesar de quedar pocos, muchos menos que antes de la oleada de desechos, aun eran suficientes como para mantenerse a sí mismos, así que se propusieron solo intercambiar mercancía entre si, separando para siempre el libre comercio de su producción.

 

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IV. Intentos

Por otro lado, aunque no volvieron a ser usados, esos primeros desechos sí fueron promotores de una nueva forma de producción; por ellos, muchos otros hacedores resolvieron rapidamente dejar de producir los mismos desechos de antes e intentar hacer algo hermoso con uno solo,sin tomar en cuenta siquiera que seguiría siendo solo un desecho.
Algunos se enfrascaron en ello de tal manera que lograron hacer algo similar a lo que se proponían, pero movidos más por obdtinación que por resignación, ninguno hizo algo equivalente a esos primeros magníficos desechos. En ciertos casos los hacedores-usadores llegaban a tomar cariño por sus desechos y les daban ese valor que deseaban, pero debido al desgaste que provocaban en ellos mismos (el desgaste propio de los desechos pronto dejó de ser preocupante e incluso se empezó a confundir como una especie de prueba de amor, ya que era la marca clara del uso repetitivo que le daba un hacedor-usador), lo que realmente lograron hacer la mayoría de aquellos nuevos hacedores-usadores fue odiar sus desechos y desgastarlos con la misma rapidez que aquel gran innovador, pero considerandolos cada vez más repugnantes.
De esta forma, los efectos del amor fueron mezclados irremediablemente con aquellos propios del odio y tomados por iguales, no porque los usadores, a quienes eventualmente llegarían esos desechos, no reconocieran el odio, sino porque no concebían la diferencia en el producto.
D e todas maneras, eEl amor-odio, debido a su falta de practicidad, no logró ser más que un estallido pasajero y pronto llegó a ser un valor de cambio posible, pero de uso sumamente restringido a aquellos pocos dispuestos a usarlo.

 

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III. El nuevo Valor

Por decisión unánime, el titulo será El Comercio

 

El homenaje no afectó tan solo la imágen icónica del Innovador, volviendola estática e inmutable, sino que también tuvo el poder de sacar a relucir un nuevo valor escondido en aquellos desechos gastados que había dejado tras de sí, el amor.
Seguían siendo desechos, sin duda, pero esa ya había dejado de ser su más clara característica, la constante destrucción a la que habían sido sometidos daba indicios de intimidad y los hacía únicos, ya que aunque alguién más llevase a cabo el mismo procedimiento, no sería exactamente el mismo y la naturaleza del hacedor-usador marcaría de forma diferente sus propios desechos.
Por ello, estos magníficos desechos fueron recibiendo más y más atención con el homenaje de su creador, hasta eventualmente opacarlo, dejandolo como un ícono histórico menor.
Claro que todos eran concientes que ese valor extraño e inconcebible hasta el momento, no era de ninguna forma un valor real de cambio, porque nadie podría amar aquellos desechos de la misma forma que su creador y por lo tanto nadie podría pagar su precio, ni ser suficientemente digno como para permitirse usarlos, así que tomaron una posición de reliquia y se dedicaron a permanecer quietos, recogiendo polvo, sin ser usados nunca más.

 

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II. El Innovador

Segunda entrega de esta metáfora sin nombre . . . pronto lo tendrá.

 

Cuando el sistema de dolor se popularizó, él, el primero, que ya había entendido hacía mucho tiempo la dinámica de los desechos, empezó a ser considerado un icono y tal vez el más representativo de lo que ahora ocurría, el fundador. Él era la imágen de un nuevo giro que, aunque nadie adoraba, parecía crecer cada vez más, en un ritmo lento y apagado.
Pero a diferencia de la sensación popular, a él no le agradaba tanto ese papel que le había tocado jugar, lo sentía como una cruel burla del destino quién no solo se regodeaba dándole pruebas de su incompetencia, sino que incluso lo hacía usar títulos, que él no consideraba mejor que estigmas.
Sintiéndose humillado por el mundo entero y frustrado por no poder enojarse con nadie, excepto consigo mismo, dejó de intentar producir algo mejor y se dedicó a usar sus propios desechos. No podía pasarle ese dolor a nadie más, lo sentía propio y la extraña sensación de culpable liberación al momento de pensar en ponerlos en venta, estaba siempre acompañada de un gran temor con aires de prudencia. Y a medida que el tiempo pasaba, y el gastaba sus desechos, las dos sensaciones se hacían cada vez más fuertes y él cada vez más débil.

Era de conocimiento popular que todos los productos debían circular y que tanto los desechos como la mercancía de alta categoría debían servir a otro diferente al hacedor, de lo contrario este se transformaria en un hacedor-usador y se desgastaría junto con sus desechos. Por lo tanto él no se sorprendió al ver que se desgastaba muy rápidamente y que al contrario de la forma usual en que se terminaban las vidas, la suya acabaría prematuramente. Aún así continuó, lo extraño es que el dolor que fue aumentando y termino por apoderarse de él, se fue convirtiendo a su vez, en amor por sus desechos, que poco a poco se gastaban y lo iban gastando a él. Y el amor creció y creció mientras el mundo parecía relucir a su alrededor, lo resentía y extrañaba, como si estuviera seguro de no poder encontrar allí lo que deseaba, no por el lugar sino por haber pasado ya, el momento preciso.
Eventualmente todo el dolor y todo el amor y todo el resto, lo hicieron estallar en un suave suspiro final que no existió, ni entonces, ni nunca, pues no fue escuchado. Sin embargo, luego de un relativamente corto periodo de tiempo, él fue encontrado y postumamente homenajeado como aquel antiguo gran innovador que renegó de ello hasta el final de sus días.

 

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I. Producto y Moneda

Este es el comienzo de una metáfora sin sentido oculto, un intento de un escrito que requiera una interpretación ajena para convertirse en algo real.
He intentado forzar un poco el dictado y él, hasta el momento, me lo ha consedido, así que parece que al menos por un rato habrá material.
Sin nada más que decir, esperamos que alguien lo disfrute.

 

Su mente estaba seca al igual que su boca, sus ojos cansados y sus muñecas torpes, “o este no es un buen momento, o es el mejor de todos” pensó, tal vez para darle un aire más interesante, la verdad es que nada fluía por él, estaba morado por dentro y eso lo exasperaba y distraía al mismo tiempo y en intermitencias. “No” pensó. Y aún así, todo lo que salía de él eran desechos, y su valor solo podía ser traducido en dolor. “¿Quién pagaría por dolor?”. Lo sorprendió lo extraño de la respuesta antes que de la pregunta y siguió haciendo los mismos desechos, intentando que fuesen algo mejor, pero solo logrando hacer muchos más de ellos.

Los desechos comenzaron a abundar. Sin embargo solo eran utilizados por aquellos dispuestos a conformarse, que tampoco eran pocos y alcanzarían para sostenerlo a él y a algunos otros iguales, rivales, colegas.
Contrario a lo que muchos esperarían, estos desechos no fueron obstruídos (a pesar de ellos mismos haber sido obstrucciones) por nada. Ni por aquellos que los recibían, ni por los que no, ni por nigún otro tercer miembro o intermedio. De hecho los desechos fueron empezando, poco a poco, a ser una parte activa del lugar y a pesar de no ser los preferidos de nadie fueron cobrando importancia, no solo gracias a tener tan amplias existencias, sino también, por la facilidad de comercio con su moneda, el dolor.
El sistema del dolor es muy sencillo y permitía limpieza y eficacia al pagar todo aquello engendrado por el dolor, simplemente ofreciendose a recibirlo. De esa forma el hacedor se libra del dolor causado por sus desechos dandoselos a otro para que los use y el usador ahorra el precio de lo que necesita, en cualquier otra forma de pago más difícil de conseguir, por tan solo aceptar el dolor.

 

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