Archivo de 'Los Dioses'

Tierra, Viento y Agua

Esta es la quinta parte de SereS

 

Tierra, Viento y Agua

[Fragmentos de los capítulos 2, 3 y 4, o 2 y 3, o 3, o 2 en la última numeración de la difunta autora, en la que el primero de los capítulos corresponde al número 0,  de la saga Hijos de Nada, mencionada en Una mujer de miedo]

 

En cuanto el gran Ojo del Cambio, Solo, disminuyó su velocidad lo suficiente, el resto de los seres a su alrededor empezaron a comportarse diferente. Su Voz los organizó. Antes habían sido montones de polvo vagando de un lado a otro, en dirección de cualquier otro montón de polvo que fuera capaz de atraerlos. Entonces el Ojo apareció, con un grito poderoso de energía pura que se derramaba a su alrededor, oponiéndose al Vacío, iluminando la oscuridad y moviendo lo inerte.

Tomó su posición, en una danza circular e hizo, por medio del ritmo de su grito perpetuo, que todos los montones de polvo a su alrededor bailaran de la misma forma. Moldeó sus cuerpos en formas redondeadas, girando una y otra vez, cada vez con más gracia. El Ojo logró la esfericidad perfecta, irradiando uniformemente a sus seguidores, mientras que los montones de polvo se estiraban y encogían una y otra vez, acercándose y alejándose de él.

En sus viajes, iban y volvían, girando a su alrededor, algunos logrando círculos casi perfectos, otros con caminos entrelazados, girando y chocándose con otros a otros montones de polvo o directamente al Ojo. Aquellos que se enfrentaron a sus iguales, tuvieron la posibilidad de unirse o desmoronarse y volar en pedazos. Los que se dirigieron directamente hacia el Ojo no tuvieron más opción que ser devorados por las llamas más ardientes.  Aquellos que sobrevivieron a eternidades de danza circular permanente, al mando del imperioso ritmo del Ojo, conservando su lugar y haciendo un camino cada vez más confiable, fueron los más afortunados.

 

Estas grandes masas de polvo, capaces de girar sobre su sombra sin descanso, disminuían lentamente en número sin saberlo. Simplemente se dejaban de encontrar. Porque eran tan pocas, que casi no se veían entre ellas, el gran Vacío lo cubría todo. Solo veían al Ojo, que las envolvía con su Voz, que derramaba energía y calor. Irónicamente, Ojo nunca las vio a ellas, ensordecido por su grito y cegado por su luz, le era, es y será siempre imposible sentir o entender algo más allá de la enorme cantidad de Cambio fluyendo en sus propias entrañas y hacia afuera.

 

-*-

 

El gran Ojo del Cambio, a quién llamamos Solo o Sol, fecundó con su Voz desde el principio a todos los montones de polvo que lo escucharon. La mayoría tuvo su primogénito al terminar de redondear su contorno. De todas esas criaturas de polvo y roca, la más cercana al Ojo, le da vueltas y vueltas, con una rapidez única, empapándose en su calor. La siguiente se acerca lo suficiente para calentarse y baila lento, sin mostrar su piel. La tercera en cercanía, es nuestra Madre, quién tuvo no solo un hijo, como la mayoría de sus hermanas, sino dos. El primero, Viento, era muy similar a todos los otros primogénitos, quienes de inmediato tomaban el mando de la superficie de sus mundos y se encargaban de mover todo de un lado al otro. Pero la segunda, Agua, fue la que hizo posible que todo lo que ahora conocemos.

 

El tamaño de la Tierra hace que sus pensamientos y acciones toman mucho más espacio y tiempo o energía, de lo que nosotros, sus diminutos descendientes podemos entender. Similar a los pensamientos del gran Ojo, pero la Tierra no tiene tal poder, ni puede pronunciarse hacia el resto de una forma parecida, su voz no es más que el reflejo de la Voz del Ojo. Solo puede afectar a quienes estén muy cerca o directamente sobre ella. A sus hijos.

Así que la Tierra bailó por cientos de edades y en sus movimientos estaba el cambio de su cuerpo, hecho de miles de cuerpos de otros seres que vagaron por el mundo, viajando y chocándose, uniéndose en nubes de polvo sin rumbo.

Solo al encontrar su lugar en la Tierra y bailar al ritmo del Ojo, pudieron detenerse y observarse mutuamente. Cuerpos entrelazados en una danza unificadora. Un nuevo ser se estaba formando y ninguno de sus partes era conciente de ello. Cada uno era completamente diferente, de metales ligeros y pesados formados en explosiones al otro lado de la galaxia. Después de nacer, cada montón de polvo cambiaba de dirección muchas veces y la explosión que lo enviaba hacia el Vacío se apagaba rápido. Todos habían chocado millones de veces, perdido pedazos de su forma original y viajado por milenios con partes de otros que iban quedando, haciendo nubes complejas de metales que solo algunas veces lograban soldarse bien.

En la Tierra se encontraron millones de pedazos de metales diferentes y no pudieron separarse más. El baile los volvió uno solo. Se diferenciaban entre sí por densidad, así que los más pesados fueron rápidamente a encontrarse  en el centro, a juntarse y fundirse en el calor de su unión. Sus movimientos crearon el ojo interno de la Tierra, despertándola desde adentro.

 

-*-

 

En la superficie se quedaron las rocas más ligeras fundiéndose en gradaciones de colores y texturas que se hacían cada vez más sencillas. El cuerpo antes desecho en las ruinas de millones de accidentes sin sentido, ahora cobraba una forma cada vez más perfecta.

El Viento es quién se apropió de las regiones superficiales, nacido de los accidentes más grandes, donde el aire podía correr con demasiada facilidad. Presenció la transformación desde que la Tierra aún no tenía un ritmo propio, la tomar todo lo pesado hacia adentro. La mayoría de su tiempo lo invertía en suavizar su piel con su delicada caricia. Se sentía pequeño junto a su Madre, pero podía abarcarla con sus largos brazos y sentir el calor que provenía de ella.

 

-*-

 

Mucho tiempo después, cuando la Tierra estuvo lista y el calor enviado por el gran Ojo en el cielo fue justo el necesario, de su vientre salió Agua. La hija más pura y cristalina que pudiera haber imaginado, en ella la belleza tomó cuerpo.

Agua creció y pasó por cada rincón de la inmensa Tierra, ayudada por su hermano Viento, quién jugaba y correteaba con ella cada vez que podía. Le enseñó el camino hacia arriba, más cerca al Ojo lejano, dejándose llenar de su calor. Ella le mostró como podía crear túneles y pasajes, con una fuerza  que Viento no había visto nunca antes. Juntos, corrieron y volaron, destruyendo y creando a su antojo, en un juego de eras, cuando aún la Madre Tierra era joven y los jóvenes dioses no sabían de su propósito.

Pero algo intuía Viento, quién más adelante sería llamado Destino, pues vivía en las alturas y conocía la forma de su Madre. Era ovalada, no del todo redonda. Por alguna razón, esa forma le daba la sensación que algo más debía salir de ella. Ya habían nacido Viento y Agua, podrían nacer más. Más dioses como ellos,  hermanos en perpetuo juego y baile, imbuido en la naturaleza de todos.

 

 

Infancia desmedida (Antes de la Guerra)

Esta es la cuarta entrega de SereS

 

Infancia desmedida
[Fragmento del diario de Pedro, sobre los días de antes de la Guerra]

 

Cuando era niño, mamá solía invitarme a sus reuniones. De amigos o familiares distantes, algunas veces fui a su trabajo o a eventos elegantes donde tenía que usar un traje de juguete, que a ella le encantaba mostrar. Yo lo usaba orgulloso, porque además era común muchas personas se facinaran de ver a un niño pequeño disfrazado de etiqueta.
Me acostumbré a observar a la gente. Nunca había otros niños en esos lugares, algo que yo no logré entender hasta después de mucho tiempo. No estaba acostumbrado a la compañía de otros niños de mi edad, eran interesantes y divertidos, pero su lugar estaba restringido a las largas horas de colegio. El resto del tiempo, giraba alrededor de las personas que realmente gobernaban el mundo, es decir, los adultos, es decir, mi mamá y sus amigos. Cada uno tenía algo característico. Mamá tenía 2 amigas que siempre estuvieron a su lado, hasta que una murió y otra sucumbió a la locura, mucho antes de aquel día, en que la vi por última vez, ya transformada por el peso de la muerte, en un cuerpo disminuído y enroscado, en una posición fetal tan rígida que no permitió su entierro en un ataúd. El fuego la consumió. Que diferencia hace?

Sus amigas la envidiaron toda la vida, eran una flaca con un lunar sobre el labio y otro bajo el ojo y una gorda de cachetes y labios gruesos y enrojecidos. Parecían hermanas, con sus pelos rizados cambiando de formas y colores permanentemente.
Esas reuniones eran las más comunes y las que primero conocí, pues desde que tengo memoria, la visitaban en casa y duraban horas hablando y tomando café. A mí, la gorda me daba galletas y dulces, a veces sin que mamá viera. O me decía donde podía encontrar más y me escondía chocolates especiales para que yo los descubriera como tesoros enterrados.

Yo hacía piruetas y muecas para conseguir sonrisas y abrazos. Me encantaban los dulces, pero cuando la flaca me tomaba en sus brazos y me sonreía de cerca, yo me paralizaba en un éxtasis absurdo, en que solo podía mirar sus anillos, grandes y aparatosos en esos dedos delgados, ella me apretaba y comentaba de mi cara tierna, como al aire en general, mientras que yo sonreía como un idiota, mirando las pequeñas calaveras y espadas que adornaban esos anillos y las gemas oscuras cubiertas en telas de araña de metal.

Cuando crecí y empecé a salir con mis amigos, ellos ya salían desde años atrás y hasta hacían otras muchas cosas que no podían contarme por mi naturaleza inocente. Yo percibía algo de eso, pero por alguna razón, controlaba mi tímida curiosidad y confiaba en su juicio.
En ese entonces, entendí que había pasado demasiado tiempo con mamá. Solo la conocía a ella. Compartía su visión del mundo por completo porque nunca conocí otra diferente.
Ese pensamiento fue la primera grieta en mi concepción del mundo, en que todo parecía tener sentido perfecto. El sentido que mamá le daba. Aparentemente.

Dejé de aceptar sus invitaciones a visitar viejos amigos o familiares. Pero tampoco salía tanto con mis propios amigos. Siempre tuve la impresión de ser visto como un humano extraño, una mala representación de la especie, alguien que no pertenece a ninguna parte, un extranjero perpetuo. Me sentí un extranjero en mi vida con la primera grieta y el sentimiento se agrando con ella, más y más durante los años. En ese entonces lo que hice, como siempre, fue dirigir mi atención a las máquinas. Ellas entienden exactamente lo que deben y pueden hacer. Puedes confiar en ellas. Así que me sumergí en el mundo virtual, que existe gracias a ellas. En él se encuentra el juego más complejo diseñado por el hombre. Una segunda realidad, capaz de imitarlo todo afuera, por supuesto, pero muchas cosas más. En ella, la segunda realidad, caben Verdad y Mentira por igual, no es necesario hacer la diferencia. Cabe la imaginación y lo inimaginado. Es un juego que contiene infinitos juegos, igual que la Realidad en la que vivo.
O lo era, antes de la Guerra. Ya no parece un juego. La Verdad y la Mentira son partes de la Realidad ahora, no se pueden separar.

Mamá dejó de trabajar un día y creo que desde ese momento empezó a enloquecer. No me importó al principio, acostumbrado a sus desequilibrios e incongruencias, como cualquier humano. Se desesperaba, pasando trabajar en multiples proyectos relámpago a la vez, a no poder hacer nada, en un estado de parálisis deplorable en que solo podía mirar a las paredes y dormir. Creo que nadie más la vio así. Solo yo. pero a mí no me importaba, esa era su forma de funcionar, al menos mientras se adaptaba al cambio. Pero nunca volvió a ser la misma.

Me fui de esa casa cuando pude, como era esperado de cualquier joven. Creo que se sintió especialmente mal en esa época. Yo la visitaba periódicamente, pero tenía una nueva vida que comenzaba a funcionar por sí misma y ella me ponía nervioso, parecía muy angustiada por nada. Todo el tiempo.

Imagino que por eso buscó la calma de las drogas. Por ese tiempo, su amiga flaca estaba muriendo de una enfermedad incurable que no logro recordar. Solo la visité una vez. Un extraño DejaVú se apoderó de mí, mientras me abrazaba sonriendo, mucho más debil ahora, comentandole a mamá lo grande y bello que me veía. Me paralicé por razones diferentes, su olor y tacto me producían repulsión, y por instinto miré de nuevo los anillos.

-Te gustan? escoge uno- me dijo, tal vez hablandome por primera vez. Le respondí con una sonrisa y elegí el de la calavera. No pareció importarle, pero su mano se veía desnuda.

Murió poco después, dejando a mamá y a su otra amiga, la gorda, con unas buenas dosis de morfina que de alguna forma habían sacado del hospital.

Eso no me gustó. Se volvieron un par de desquiciadas, desde incluso antes de irme de la casa ya habían probado otras sustancias más recreativas. Una noche encontré a mamá llorando en el patio, mirando al cielo y balbuceando lo que me imagino que era una charla con su dios, cualquiera que fuese. Le pedía perdón y ayuda, le pedía una explicación, recibiendo a penas la suave caricia de la brisa. Esa noche me enteré de quién era mi padre, tenía una mirada especial al parecer, mamá lo repetía una y otra vez con una sonrisa del pasado que ahora solo era una mueca de nostalgia y rabia. “El Mono” le decían, pero se llamaba igual que yo. Pedro. Eso me hace a mí Pedro II. El pequeño. Buena hora de saberlo. No pude sacarle más información que sus frases sin sentido. Nos quedamos mirando el cielo, en un silencio que me penetraba en los huesos. No solía hablarme de sus cosas, lo más común es que me dijera que hacer y cómo. No le gustaba parecer vulnerable. Pero ese día y esa noche, la encontré pequeña, metida en sí misma como nunca antes, su mirada que siempre estaba atenta a cualquier movimiento y era capaz de paralizar a quién se la devolviera, ahora se encontraba perdida, como buscando algo entre la grandiosidad del cielo. Cuando me habló, lo hizo como hacia sí misma, abriendose a mí como nunca antes. Del todo sincera. Y luego, cuando calló, sentí que no era el silencio tosco y rudo del que se rodeaba cuando quería estar sola, cuando terminaba de decirme lo que debía comunicarme. No. Este silencio me incluía, era algo más que estaba diciendo, esas palabras que no podían ser pronunciadas. Eran dudas, inmensas, de las que nunca quiso reconocer antes. La abracé y la dejé dormir. Algo había cambiado en ella. Nunca volvió a ser la misma, había encontrado la locura dentro de sí.

Tiempo después encontró la forma de sacarla, con su trabajo constante en pequeñas historias sobre sus dioses. Trabajó años, enloqueciendoce paulatinamente sobre las mismas historias que escribía y reescribía hasta el cansancio cada día. Nunca terminó. Su amiga gorda se volvió loca por otras razones, mamá hablaba de la soledad y la falta de cariño. Solo la ví una vez sin su máscara, siempre había pensado que su sonrisa amplia, en esos cachetes rosados y bonachones le salían por naturaleza, pero en el borde de la locura, la vi de nuevo, entrando con pasos tímidos y con una expresión que intentaba levantarse y sonreír sin poder hacerlo, cansada de fingir, derritiéndose en los gestos más melancólicos que he visto. Me miraba con cariño y solo hablaba de hombres. Los que nunca tuvo cuando era tímida y los que la destrozaron cuando logró que entraran en su vida. Su risa se partía, me daban ganas de acompañarla y reírme yo también hasta el llanto, pero solo podía sonreír. Ella no podía más disimular su dolor y yo tampoco podía dejar de sentirlo.

No sé que habrá pasado con ella. Mamá dejó de hablarle, sus locuras no se entendían entre sí. Mamá se volvió loca por los animales, a los que mantenía por jaurías alrededor de su casa, mientras que a su amiga le interesaba verse bien arreglada y dispuesta para la vida social.

Mamá murió tiempo después, ahogada en sus palabras y las vidas de sus animales. La recuerdo perfectamente, pero no quiero. No hubo nada que pudiera hacer. Ella estaba ahí, parecía dormida y no había nada que pudiera despertarla. Su partida no era parte de ningún juego, solo un evento, real e inapelable. No había nada que hacer.
Yo me olvidé de todo aquello y me interné en las máquinas. Solo necesitaba jugar. Día tras día, hasta que mi cuerpo lo hacía sin necesidad de mi mente, para que esta divagara. Entonces me dejé llevar. En el olvido encontré la vida que quería. Sin un sentido absoluto, sin un rumbo ni un objetivo. El juego era todo y todo era juego.

Entonces llegó la Guerra y mi infancia terminó.

 

 

Seres Vivientes

Esta es la tercera parte de SereS

 

Seres Vivientes
[Último episodio de la saga Hijos de Nada mencionada en Una mujer de Miedo, el segundo en ser escrito]

 

Nadie antes pudo imaginarse como serían los hijos del Agua. Ni la Madre Tierra que la sostiene desde su nacimiento en su vientre, ni su hermano Viento que danza con ella y la alza sobre el horizonte, dibujándola con su toque ligero, ni su padre el Sol, Ojo de Cambio y fuente de toda la energía, podía imaginar a las pequeñas criaturas que dentro de ellas se formaban, puesto que aunque la poderosa voz del Sol y de todos los Ojos en el cielo atravesaban el eterno Vacío en todas las direcciones, eran ensordecidos por ella misma, enceguecidos por su luz. De modo que el Sol nunca conoció la Vida o el Destino, ni su Madre, preñada por el Cambio que enviaba en su grito interminable.

Nadie pudo imaginarse a los Seres Vivientes, como los llamó la Sombra que surgió de la Nada al principio del mundo, nadie excepto la Nada misma. El Vacío, infinito y eterno como nada más podría serlo. Tal vez lo supo desde el principio, pues se dice que está en todas partes y lo sabe todo, aunque nunca se pronuncie, pues todo sale de él de alguna forma. Eso explicaría el envío de la Sombra y las implicaciones que tuvo después.

Ni Viento ni Agua, o Destino y Vida, como los había bautizado Sombra, sabían exactamente qué había sucedido. Habían crecido y madurado durante eras, en un baile que moldeó la Tierra. Sabían que estaban destinados a algo más y su danza se sentía incompleta, de una forma incierta y borrosa. Hasta que una silueta salida del lado oscuro de todas las cosas se unió a su baile. Sin ceremonia, como una broma de un humor extraño y hueco. Pero fue entonces cuando surgieron las criaturas, Agua las sintió de inmediato. Eran una parte de ella y parecían estarse rebelando.

Durante mucho tiempo, Vida tuvo a sus hijos dentro de sí, cuidándolos incluso de Destino. Nutriéndolos y sintiéndolos crecer. El soplo de Destino los trasladaba de un lugar a otro por un momento y los devolvía a Agua.

 

Sombra no volvió muy a menudo, aunque a veces se le veía hablando con las pequeñas criaturas, las tocaba y las atravesaba con facilidad mientras les susurraba consejos y bromas pesadas diseñadas para cada especie. A las criaturas parecía gustarles el contacto con él y cuando se marchaba, era usual que surgieran cambios fuertes en los pequeños a quienes había tocado.

Así fueron creciendo, poco a poco se fue haciendo claro que Sombra no estaba ausente, sino que trabajaba de forma localizada, puesto que su influencia empezó a sentirse en el desequilibrio de las criaturas, cambiando con más rapidez y de formas extravagantes. Todas las veces, sin equivocación, las criaturas más fuertes y más débiles, habían estado en contacto con él.

 

Eventualmente, la primera de las grandes familias de criaturas, aquellos con Raíces, salieron de Agua, de manera muy lenta, tomándose generaciones enteras para asomarse, guardando vida en su interior y creando conductos. Solo para sentirse bañados en la dulce canción del Sol, pura, sin haber sido distorsionada por Agua.
Muy pronto, los Seres con Raíces poblaron la Gran Madre, succionando la Vida de la Tierra y alimentándose del Sol.

Al igual que la Madre Tierra, Agua amaba a sus hijos de una manera ciega y total, sentirlos moviéndose en su interior le hacía sentirse satisfecha de una manera sencilla pero absoluta. Viento en cambio, parecía no notar la diferencia. Su mirada fija y su ceño fruncido no se habían suavizado y su baile seguía siendo el mismo. Tenía curiosidad, en ver como crecían, los Seres Vivientes, los Hijos de Agua, pero por alguna razón, no les tenía un cariño especial.
Solo Sombra tenía algo que decir, pero no en voz alta. A Viento le decía poco, era con quién más se encontraba, sobre la superficie de la Tierra, puesto que su mirada atenta era capaz de distinguirlo desde las alturas. Pero no se hablaban mucho, Destino parecía saber que había detrás de la Sombra y a Sombra no le gustaba la falta de sentido del humor de Destino.
Con Vida en cambio podía hablar muy fácil, dejaba que dijera lo que quisiera. Agua iba de un lado al otro, diciendo mil cosas a la vez y Sombra podía estar ahí o no, a veces le comentaba sus pensamientos, pero no era necesario. Ella solo hablaba de sus infantes, describiendo la formas que tomaban o los rápidos y ágiles movimientos que hacían, trastornada por completo por cada pequeña cosa, sin importarle quién escuchara. La oía Destino en las alturas y fruncía el ceño, su eternamente benevolente Madre le ponía especial atención y asentía con calma. Sombra, siempre escondido del Sol, esperaba las pausas de sus monólogos y le susurraba su humilde opinión. Esto no lo escuchaba nadie más, solo ella y tal vez algunas de las criaturas, pues eran demasiadas para esconderse de ellas.

La visión de Sombra era muy diferente, para él los Seres Vivientes eran el final de la paz y la tranquilidad sobre la Tierra. A él no le importaba por sí mismo, puesto que nada le afectaba (aparte del Sol, pero nunca pronunciaba ese nombre, ni mucho menos Cambio), pero en el interior de Vida, le profetizó su perdición, en manos de sus hijos. Y por segunda vez, su voz se hizo sólida y se esparció por todo el cuerpo de Agua, en forma de una nube de ceniza. Las criaturas se comieron la mayoría, sin pensarlo.

Fue entonces cuando Sombra se percató de como sobrevivían estas criaturas, ya sabía que eran únicas y separadas del resto, al contrario de los dioses que no se definen fácilmente y se atraviesan unos a otros permanentemente, sin poder diferenciar con claridad ni siquiera las acciones de cada uno. Por eso, estas criaturas no tenían conciencia de quienes eran ellas o quienes las rodeaban, solo debían preocuparse de su necesidad, lo que les faltaba en cada instante.
Ahora veía cómo iban a condenar a los dioses antiguos, mucho tiempo después. Iban a devorarlos. Como desde ahora hacían con Vida. Como se devoraban entre ellos. No les importaba nada. Se lo devorarían a él si pudieran. En las alturas Destino frunció el ceño.

 

Después de eso, Sombra volvió a desaparecer por un tiempo. Las criaturas estaban cambiando y reproduciendose por montones. Cada vez habían más y diferentes. Muchos empezaron a asomarse más allá del agua y sentir la fría caricia de Destino.
Los primeros descubrieron que dentro de Vida es mucho más fácil moverse que afuera.
Tendrían que cargar toda la Vida que pudieran adentro y volver a abastecerse permanentemente. El alimento tampoco estaría flotando a la vista, habría que buscarlo. De otras formas, en otros lugares, con otra lógica.

De aquellos pioneros que se arriesgaron a morir, respirando el aire seco y sometiéndose a Destino, surgieron varias familias, de diferentes formas y entenderes, que también viajarían alrededor de la Gran Madre entera y la cubrirían con sus hijos.
Las dos familias más fructíferas lograron salir al recubrir su cuerpo con escudos muy fuertes o organizar sus miembros a partir de un solo tronco en la mitad de su cuerpo.
Eso los dividía, pero el resto del mundo también. Algunos crecieron alas, otros patas, 4, 6, 8. Cada criatura debía encontrar algo en el mundo, un camino sobre la piel de la Gran Madre, que lo conduzca a otra Vida, en el ambiente o en otro cuerpo. Cada una pensó que su forma de Vida era la única que tenía sentido en realidad y al reproducirse, cambiaron a sus hijos con el aprendizaje escrito en su interior.
El Suelo se tragó los cuerpos, pero la Madre Tierra los devolvió en alimento y nutrientes para que cada vez fueran más fuertes.

Sucedió que eras después, cuando ya se habían creado sistemas cíclicos muy definidos para la Vida de las criaturas, algunas de las más longevas de troncos en sus espaldas y ojos abiertos, empezaron a buscar a los dioses. Los habían olvidado.
Empezaron a vagar por la Tierra y a dominar al resto de criaturas, a quienes llamaron Animales.

Agua no dijo nada. En este punto había adoptado una actitud igual a la de su Madre, sonreían benevolamente y asentían a cada movimiento de cualquiera de sus hijos.
Destino frunció el seño una vez más, concentrado en su trabajo. No lo había visto.
Una vez más Sombra había logrado engañarlo y pasar desapercibido. Tal vez estaba viejo y cansado, es verdad que ya no tenía el ímpetu de su juventud, pero sabía con seguridad cuando alguien había sido tocado por Sombra.
Se había escondido por eras enteras, trabajando en alguna parte, algo especial. Era un hijo del Vacío. Le urgía entenderlo, pero le era del todo imposible. Estaba seguro que el Vacío solo quería engullir el Cambio. Cuál era el objetivo de lo que Sombra cambiaba?

Estaba dentro de ellos. Tal vez lo estuvo por eras. No tenía forma de saberlo. Lo veía en sus pequeñas cabezas, deslizándose a travez de sus troncos, en sus pechos, en sus pélvis, a algunos pocos se les podía ver con Sombra en sus manos. Ahora ellos lo buscaban, fuera de sí, para nunca encontrarlo y dirigirse hacia el Vacío. Con el ceño más apretado que nunca sacudió a su hermana una vez más, en el baile más agresivo y descuidado que alcanzaron a conocer estas nuevas criaturas. Murieron muchos, pero no todos y Destino supo que Sombra lo había vencido en un juego que no lograba entender del todo. Él. Decidió entonces ver y escuchar a los Humanos, las criaturas que cargaban a Sombra en su interior. Los siguió y aprendió los nombres que los devotos del Vacío le daban, Suerte, Azar, Caos. También logró escuchar de Sombra, escondido bajo la piel humana, algo sobre el Deseo, pero le pareció que la llamaban Alma.
Destino nunca pudo entenderlos, pero como Viento, sopla, de todas maneras.

 

 

La Sombra

Esta es la segunda entrega de SereS

 

La Sombra
[Fragmento del capítulo La Sombra, el primero en ser escrito, el pen-último en la línea de tiempo de la saga Hijos de Nada mencionado en Una mujer de miedo]

 

-He ahí al Viento- resonó un pensamiento, escondido en algún rincón de la inmensa Madre Tierra. -He ahí el Agua- su voz era profunda y rasgada, cada sílaba agredía y se burlaba de sus interlocutores. -He aquí la perfección, la medida sagrada, el codiciado equilibrio. He aquí lo imposible. Me encanta. Me encanta-.

 

La voz resonó en la Tierra entera, como si saliera de las rocas y las lagunas, de las cavernas y los prados fértiles aún sin florecer por primera vez. La Madre Tierra la escuchó y lo sintió venir de sí misma como todo lo demás. Tenía otro hijo, no lo había sentido venir pero ahí estaba. Y lo acogió, sin saber nada de él, lo acogió como su tercer hijo, a esa gran voz que la hacía estremecerse. Le encantaban esas voces.

El Viento también lo escuchó en medio de su baile eterno en los cielos. No dejó de moverse, como si ya lo supiera y tal vez lo estuviera esperando. Había estado danzando con su hermana por eras enteras, sin sentir que sucediera nada. Madre Tierra los ama de todas formas y su padre Sol sonreía todos los días, pero faltaba algo. Su hermana, Agua sintió la vibración de cada palabra y como si estuviera en un trance, se dejó llevar por las ondas.

 

La voz parecía provenir de todos los lugares a la vez, pero Agua conocía cada escondite y cada hoyo debajo de cada roca. Ella había creado la mayoría. Viento podía decir que causaba erosión y que conocía el mundo desde arriba, pero ella sabía que tan hondo iban los pozos y conocía de cerca el corazón de su Madre, el frío que te congela y el calor intenso que se guarda debajo de su piel. Nadie conocía a su Madre como ella, nadie podría esconderse.

Era verdad. Mientras Agua se dejaba llevar por las vibraciones dejadas por la voz, persiguiéndolas hasta rocas y cavernas inertes, Viento le mandó un mensaje desde las alturas. -Ya lo has encontrado, hazlo salir-, sus palabras hicieron de Agua una tormenta, que se estrelló una y otra vez contra las rocas que estaba examinando. Hacía tiempo había aprendido que su hermano mayor, aunque difícil de entender, generalmente sabía lo que estaba pasando y ofrecía una solución. Agua en cambio, solo tenía curiosidad. Su hermano era demasiado críptico y su Madre amaba sin pensar, Agua necesitaba de alguien más, de otro ser u otros seres con quienes compartir la existencia. La voz la llenaba de excitación. Le parecía que marcaba el comienzo de algo diferente, ese ser extraño, escondido detrás de todo.

 

-Quién eres? Eres nuestro hermano?- exclamó Agua, en medio de una tormenta que no cesaba. En lo alto, Viento movió los labios en un gesto largo de melancolía, como lamentándose y resignándose para siempre.

-Hermano? Sí, lo soy. El último hijo, el que no puede faltar- La voz retumbó de nuevo y la tormenta contuvo su aliento -Soy la encarnación de mi padre que se extiende desde el principio hasta el final de todo. Pueden llamarme Sombra.

-Tu padre? De quién hablas?- Respondió Agua con ingenuidad. Viento que todo lo escucha, quería detener el tiempo mismo, que dejaran de hablar, dejar de estar presente, algo. Pero la tormenta danzaba sobre las rocas y la Sombra se alzaba en la mitad, con un cuerpo casi sólido, erguida como una criatura minúscula, pero con la dignidad de quién no tiene por qué temer.

-Mi padre es el Vacío. Es el padre de todo. Algunos se olvidan y por eso debo recordarlo. Está presente en todas partes, es el único que lo sabe todo, lo que es y no es. Lo que puede ser y lo que nunca será. Yo no soy más que una Sombra de su inmensidad.

 

Agua y Viento se quedaron inmóviles. Sombra parecía estar dispuesto a hacer algo. Ninguno de los dos sabía a qué se refería con eso. Ambos les dieron sus nombres y lo saludaron formalmente, pero se quedaron esperando algo más.

Sombra se encogió de hombros, ya sabía sus nombres. Eran jóvenes aún, podía seducirlos fácilmente. Con una risa especial, elevó su figura y bailó con la tormenta.

Tomados por sorpresa, Agua y Viento se detuvieron y vieron a la Sombra describir perfectamente las formas de la tormenta en un reflejo amenazador de su baile. La Sombra rió un poco más y se disolvió en millones de puntos negros que volaron con la más delicada brisa de Viento y se hundieron en Agua o en Tierra al caer.

En algún punto de ese baile, surgieron los primeros seres vivientes. Se alojaron en Agua por mucho tiempo. Sombra apareció de nuevo muchas veces, en momentos decisivos y logró una gran amistad con Agua a quién llamaba Vida, y una relación de rivalidad algo problemática con Viento, a quién luego llamaría Destino. Sabía algo más, algo invisible e intocable, algo que estaba en todos ellos, escondido en lo más profundo de sus seres.

 

 

Una mujer de miedo

Este es el inicio de la serie SereS

 

Una mujer de miedo

 

No era una mujer normal, ella. Era una señorita de miedo. En sus ojos azules se podía distinguir la fría crudeza de la verdad misma, la justicia y el futuro. Sus palabras ardían en los oídos. Su belleza era salvaje, hacía que las mujeres la odiaran o amaran de inmediato y que los hombres dudaran de todo lo antes conocido ante su presencia.

No muchas personas la conocían. Era en realidad una persona reservada, pero muy poca gente se dio cuenta, por su gran habilidad para hacerse notar en público. No es que fuera extravagante, solo que su presencia, su voz y sus palabras eran capaces de atravezar todas las barreras y hacerse escuchar.

Vivía en un pueblo pequeño, desde poco antes del nacimiento de su hijo. Pedro le parecía un niño simpático y bonito, pero le faltaba algo de fuego, algo de emoción, pasión por la vida. El niño era sumamente inteligente y tenía algunos amigos, aunque no salía con todos los niños del barrio. Lo que a su madre le preocupaba algo por su salud mental, pero le alivaba mucho por las influencias a las que podría ser expuesto. El caso es que Pedro casi no necesitaba o pedía compañía. Se sentaba por horas en el pasto, mirando hacía el cielo, viendo los pájaros y las mariposas. Hablaba con las vacas y  había comenzado a conversar con los árboles frutales. No le gustaba hacer nada, ni comer, ni bañarse, ni dormir, ni hablar con personas.

Su madre era capaz de dar múltiples explicaciones a los demás, pero no encontraba la forma de hacer que su hijo despertara y se volviera un niño normal, lo máximo que había podido crear era un sistema de juegos. A Pedro le encantan los juegos, así que por medio de puntos y victorias, era capaz de lograr que Pedro hiciera ciertas cosas, como arreglar su cuarto, hacer las tareas o ir de visita a la casa de un amigo, pero al hacerlo se sentía un poco rara, el hecho de darle objetivos para cumplir en estas visitas (como jugar algo nuevo o preguntar sobre la opinión de alguien o descubrir que hace feliz a alguien y hacerlo, etc), podía modificar seriamente las interacciones de su hijo con el resto del mundo, pero de alguna forma pensaba que era mejor que dejarlo ahí solo, hablando con cosas inertes.

Así se fueron creando juegos y juegos, que se volvieron más y más complejos a travez de los años. Eventualmente Pedro empezó a crearlos para sí mismo y su madre dejó de entenderlos. Ya era suficiente con dialogar de cualquier tema o situación por resolver, para que Pedro diseñara, con muy poco esfuerzo, un juego que guiara sus pasos o los de cualquier jugador hipotético, al logro de sus objetivos, mientras se divertía.
Lo extraño es que estos juegos no divertían a nadie más que a Pedro, quién disfrutaba más la planeación y el resultado final que del juego en sí.

Su madre intentó olvidar todo el asunto tan pronto como pareció razonable. Había tenido que masticarselo todo por años, estaba feliz de tener algo de paz mental. Se había vuelto una mujer más rígida y cruda, y a diferencia antes, en su juventud, las personas a su alrededor eran capaz de verlo y no se sentían naturalmente inclinadas a acercarse.
Sus trabajos habituales, en relacionar hombres de poder que se odian entre ellos porque odian al mundo entero y a ellos mismos en particular, se estaban acabando, había nuevas caras bonitas, capaces de sonreír, hablar múltiples idiomas y vender la dignidad propia y ajena a buenos precios, le estaban robando de su modo de vida, cómodo y feliz.

Así que mientras Pedro, en su juventud, estudiaba a las máquinas y les enseñaba juegos a la vez, para que ellas pudieran reproducirlos para cualquiera, su madre saldó todas sus cuentas y engañó a la mayoría de sus clientes, con historias sobre su hijo, enfermedades y aflicciones que nunca mencionó directamente, pero insinuó con delicadeza suficiente para incomodar a la gente de dinero y hacer que soltaran algo sin hacer más preguntas. Era una excelente vendedora.
Pedro no se dio cuenta del tamaño del golpe hasta mucho tiempo después, cuando entendió que su madre había dejado de trabajar ese día. Por completo. La época de frustración y desespero que la siguieron, nunca fue por falta de dinero, sino por no saber que hacer con una libertad sospechosa, que la invitaba a la holgura.

Por meses la vio armando negocios e intentando hacer publicidad que no llegaban a ninguna parte. Hasta que una noche, la vio sentada afuera, mirando las estrellas, con solo la pijama puesta. Era obvio que estaba bajo la influencia de sustancias psicoactivas, hablaba del cielo, la tierra y la hierba como si fueran preciosos. Pedro se sentó a su lado y la escuchó. Le habló de su padre, le decían el Mono y era el hombre más gentil y servicial del mundo. Le habló de su pasado, de sus miedos. Le habló con el silencio y luego se durmió. Pedro la acomodó en su cama y por primera vez pensó en quién sería realmente su padre, qué parte de él compartía.

Poco tiempo después, Pedro tuvo que marcharse de la casa de su madre, le parecía que había enloquecido. La ingestión de diversas sustancias, en busca de algo especial, la habían llevado a un estado diferente de percepción. Todo le parecía reprochable y sucio. Empezó a odiar a las personas por las más mínimas faltas. En cambio, empezó a adorar a los animales, a quienes les perdonaba todas sus porquerías.
Se encerró en su casa que parecía atraer animales que la rodeaban y pedían día y noche con disciplina para ser alimentados. Muy pocas veces y a muy pocos animales dejó entrar.

El resto de su vida se empleó a escribir cuentos crípticos sobre la historia de todas las cosas. Le tomó años escribir cada capítulo de una saga muy corta que no logró terminar nunca llamada Hijos de Nada. Al morir, años después, encontraron su cuerpo inmerso en una casa ocupada por animales y hojas a medio escribir. La mayoría eran garabatos, frases sin sentido o con significados absurdos u ominosos. “No hay salvación” decían muchos, otros hablaban del Vacío como un ente absoluto y aterrador. “Hay un abismo en mis entrañas y quema”.

El cuerpo estaba malnutrido, rígido en una posición cómoda para dormir, pero no para ser enterrada. Fue cremada. Pedro solo la vio un momento, cuando llegó a la casa y entró después de años de haberla olvidado. Estaba cubierta de papeles y polvo y rastros de animales, pero debajo se encontraban los detalles de su niñez. El reloj del que salía un Rey a saludar cada hora. Las marcas en la mesa, de los primeros juegos y los primeros puntajes. Los viejos tableros de ajedrez, con los relojes que marcaban los turnos para moverse o descansar. La vieja silla donde se sentaba ella, a mirar, con esos ojos azules que preguntaban algo que no podía responder.

Su madre estaba ahí. Esperando a ser transportada. Hacía meses que no la veía. O años, sí, un par de años. Se veía más delgada, mucho más, pero en paz. Hacía décadas que no la veía así de relajada. No sonreía, porque nunca le gustó demasiado, decía que la gente se tomaba confianzas con las sonrisas, pero en sus ojos se sentía la placidez del sueño de los inocentes.

En el escritorio estaba una historia sin terminar. Se llamaba “El Vacío”. Como una referencia a su padre y a su muerte y a lo que nunca pudo entender de su hijo. Pedro se sentó a leer. Su madre sería cremada. Los preparativos para su entierro los había dejado hacía mucho tiempo. Antes de su locura. Todo sería igual, con el mismo espacio para mantener su cuerpo para siempre, como ella lo había deseado, con la placa hermosa que diseñó hace años y debajo de ese árbol bonito del cementerio. Lo tenía todo muy bien planeado desde el principio. Pero sería cremada, al igual que sus páginas y sus animales, si no le interesaban a nadie.

Sin sentidos

Este es el preludio de la serie SereS

 

Sin sentidos

 

Era tarde. La ciudad estaba cubierta por una gruesa capa de nubes que se derramaba sin descanso sobre las calles. La humedad se metía por la nariz hasta los huesos. La gente caminaba con pereza. No había forma de huir. Los días se fundían en una sola lluvia interminable.
Sobre la calle bailaban galones de agua, dispersos en charcos grandes, chicos e inmensos. Solo los más previsivos podían chapotear en el agua, con sus botas de caucho hasta la rodilla. Y los carros, que con la velocidad de sus llantas podían incluso lavar a las personas alrededor al pasar. A la mayoría no podía importarle. El agua los cubría por todas partes, estaban sumergidos en ella. No podían escapar y lo sabían. Solo podían esperar por un pequeño trago de aire, después de la tormenta.

En ese clima todos usaban chaquetas, sacos y abrigos, bufandas, gorros y sombreros, incluso guantes y lentes oscuros. No había nieve en ninguna parte, pero todos estaban preparados para una avalancha de frío.
El Mono también usaba orejeras, con audífonos de mala calidad conectados, lo hacía ver bien. Tenía un gorro a la medida de su cabeza y lentes que se oscurecían con la luz.
Sus pantalones a la medida y chaqueta ajustada parecían demasiado perfectos en medio de la lluvia. Pero seguía caminando con ritmo, en medio de la multitud. En su cabeza retumbaban los bajos de un corazón electrónico que movía su cuerpo. Solo tenía que llegar a casa, el resto lo solucionaría luego. Solo tenía que llegar a un lugar seco y quitarse toda el agua de encima. Envenenarse un poco con las imágenes de las pantallas y dormir. Consultar con la almohada lo necesario. “La almohada es una buena consejera” solía decirle su madre.

En medio de su dialogo mental, el Mono había llegado a hacer la fila para tomar el próximo bus. estaba mojado, pero ya no se estaba mojando más. La estación olía a moho, tierra y algo de óxido que cortaba el ambiente. La señora que se puso delante de todos en la fila se parecía a su madre. Firme, con esa mirada que indicaba a todos que ella sabía que hacía y estaba en control absoluto de la situación. Nadie le dijo nada y ella esperó el bus como todos, pero delante de la línea. El Mono se quedó mirándola, tiempo después de que la atención de todos se disipara y volviese a centrarse en un nebuloso, “donde está el bus? cuanto se demorará?”, preguntas sin respuesta que flotaban de cabeza en cabeza, al ritmo del zapateo nervioso de un hombre de negocios y los ritmos desordenados que varias personas con audifonos intercambiaban sin ningún tipo de orden, a veces palmadas en las piernas, zapateo repentino, algunas frases medio cantadas medio susurradas y muchos movimientos que simulaban instrumentos musicales o una abundante melena. Era normal que el Mono hiciera parte del concierto a la espera en cualquier fila, pero esta vez se vio perdido en la imagen de su madre, escondido en ese rostro, ese gesto, delante de él, delante de todos.

La señora se hizo la desentendida. No le importaba en absoluto la mirada penetrante de ese joven. La sentía, clavada en su espalda todo el tiempo y en su cara cuando, como por descuido, volteaba a mirar. No le quitaba los ojos de encima. Con una cara casi del todo inexpresiva, la primera vez que lo miró parecía sonreir ligeramente, la segunda fruncir el ceño. No podría describir la expresión que vio la tercera vez que se volteó, con una pregunta furiosa sin formarse del todo en su mente. De esa misma cara, plana y algo ausente, le vino una sensación que la llenó de repente, desde su boca, por donde iba a salir su pregunta, hasta su cabeza y luego a todo el cuerpo, de manera repentina.
Se sintió invadida por el espíritu de la futilidad y el esfuerzo en vano. De alguna forma era claro que este hombre no entendería su enfado ni su reclamo. Y aún así, la señora sentía que él le reclamaba algo a ella. Algo que había hecho. Algo que no podía dejar pasar, aunque no supiera de que se trataba.

El bus no llegó por varios minutos y el Mono, ya consciente de su actitud poco educada, cerró sus ojos. Inmediatamente vinieron pensamientos indeseados, pero los empujó hacia adentro y abrió los ojos en otra dirección. Había mucha gente esperando al bus, todos muy diferentes, hijos de la ciudad, van todos juntos sin conocerse. Se miran unos a otros por primera y última vez cada día, pero no se ven porque no hay necesidad.

-No nos vemos- susurró para sí mismo, con algo del ritmo de la canción que escuchaba.

Solo llegaron a escucharlo las personas cercanas a él y a la mayoría les pareció que era un aporte más a la ambientación musical. La señora que estaba adelante de la fila en cambio, se puso roja y se fue encorvando lentamente mientras pensaba en algo que decirle. Se lo había dicho a ella, por supuesto, sentía que por fin le había reclamado de frente algo y ella podía ponerse furiosa y demandar sus derechos, pero no sabía como hacerlo, le molestaba que se lo hubiera dicho cantando, nadie más había entendido que era para ella, que era una queja.
De todos modos se volteó con la cara roja, mirandolo directamente a la cara, para sentirse decepcionada de inmediato. El joven no la miraba, sino que observaba a las otras personas a su alrededor. Se quedó un momento paralizada intentando recoger sus pensamientos, tal vez no se estaba quejando y su mirada no estaba realmente dirigida a ella, tal vez no había hecho nada malo o digno de reproche, tal vez no tenía porqué sentirse así. Entonces se dio cuenta que el joven la miraba de nuevo.

El Mono había empezado a pensar en lo que veía de las personas. Los estereotipos que tenía en su mente. Todos parecían recortados de algún molde. Solo las personas que más conocía parecían únicas y de cierta forma, de ellas salían gran parte de los moldes de todo el resto. Su familia. Pero no podía pensar en ellos. No ahora. Debía llegar a la casa primero. Quitarse la ropa húmeda. Relajarse.

Se dio cuenta entonces, que la señora de adelante lo miraba distraídamente con la cara enrojecida. Ya no se parecía a su madre. Era solo una mujer de mediana edad, parecía furiosa pero incapaz de articular sus pensamientos.

En ese momento se asomó el bus que entraba a la estación, en muy poco tiempo estaba frente a ellos, pero la fila se había demorado menos en desintegrarse. Ahora eran solo dos estatuas en medio de una multitud dispuesta a todo por un asiento en la ventana.

Al reaccionar, la señora se montó rápidamente en el bus, sin poder ver cuál era. “Que bus es este? Cuál es este bus? Para donde va? Este es el 55?” Preguntaba frenéticamente mientras las puertas se cerraban.
El Mono se quedó quieto y la vio irse. Ese era su bus, (no el 55 de la señora), pero en el último momento había decidido quedarse. Ya no había nadie esperando. De repente estaba solo al frente de la fila. Se sentía libre. Cerró los ojos y respiró profundo. La música se había vuelto repetitiva. Se quitó los audífonos y disfrutó del silencio relativo, un breve momento de paz. Sintió el Sol sobre su piel, un breve momento de calor. Y recordó a su mujer. Ahora no había duda. Cuando la conoció no sabía quién era, el día anterior pensaba conocerla mejor que nadie, pero ahora de nuevo parecía una desconocida, iluminada en una nueva luz. Una luz que le viene de adentro. Un fuego que él encendió. Había jugado con ella y lo recordaba como probar el sabor más dulce de todos.
Ahora sentía que el juego tenía un precio demasiado alto y ese fuego que crecía en el vientre de su amada lo iba a consumir. La noticia le llegó de sorpresa y sin solución, él no tenía ninguna voz y no sería escuchado. No importaba lo mal que podía sentirse llevando su vida y el profundo miedo de encargarse de otra. Debía hacerse cargo. Debía hacerse cargo.
Con ese pensamiento en la mente, vio llegar otro bus. El 55.
Caminó lentamente, ya había varias personas más en la fila, pero él era el primero y podía escoger el puesto con ventana que quisiera. Se sintió libre, respirando con facilidad, le vienen pensamientos de miedo y culpa pero los empuja hacia atrás. Le gusta el bus, está vacío y en silencio.
Sonríe sin saber porqué exactamente, pero no puede evitar repetir una frase entre sus pensamientos más profundos. De repente, en medio de la meditación sobre la comódidad y el necesario reajuste de horarios del sistema de buses, sale una duda como de la nada. “Este no es mi bus. Para donde va este bus?”

Pueblos y Habladores

The shadow lies peaceful over the earth, la cubre por completo y todo el mundo se vuelve el inmenso Vacío. NoT ! The Void is gone. Goddess comes alive and blooms. Pronto el grito se extingue y la sombra vuelve a cubrir a la Diosa en un abrazo helado.

Somewhere there I am. Just another Idiot. En un mundo tiranizado por nosotros. Transformado por nosotros. Broken for us.
I shout a song without meaning. Una canción contra el sentido. Contra nuestro gobierno sobre la verdad y el futuro. Odio a los Idiotas. Es un sentimiento confuso. Prefiero rodearme de salvajes. Incluso intento parecerme a ellos. Es un poco Idiota.

La Diosa ha sido cubierta poco a poco con nuestros deshechos, haciendo cuerpos externos de comunidades de Idiotas, nuevos seres enormes con necesidades y desHechos propios. Es nuestra remodelación de las montañas, valles y paisajes antiguos. Somos nosotros, juntos, como uno. Un Pueblo.
Cada Pueblo tiene una voz, a veces ahogada, a veces sedienta de sangre, a veces apática, a veces confundida.
Cada Pueblo hace parte de uno más grande, que pertenece a uno más grande, que pertenece a uno más grande. Pronto la Diosa entera será un solo pueblo de Idiotas y todos los salvajes les pertenecerán de alguna forma. Esa es la idea.
Y cuando seamos un solo Pueblo, seremos iguales, cada uno con la necesaria disposición de brindarse a sí mismo, entregarse en beneficio del inmenso ser, como pequeñas células en un inmenso órgano que tiene que descubrir por sí mismo su función.

Seremos tratados de la misma forma que aquellas células, como un cáncer si vas contra el sistema, como miembro de un órgano obsoleto si no te mueves mucho, como si no existieras si solo haces lo que debes, con amor y odio si el sistema te maltrata por sus razones propias.

Es posible que no sea así, es solo la idea. Una idea de un futurismo que se está volviendo obsoleto. La idea de la total unidad entre Idiotas, la verdad es que nos odiamos bastante entre nosotros y también existen algunos que no son tan Idiotas. Es muy difícil lograr un acuerdo entre todos. Somos demasiados. Los Pueblos dejan de ser seres sencillos y tranquilos entre más Idiotas los conformen, cuando están hechos de millones o más, son muy difíciles de entender, sus voces suenan como un incesante murmullo. Es entonces cuando se pone a cargo de darle voz al Pueblo a un Hablador, un puesto muy importante, porque es quien habla con otros Pueblos por medio de sus Habladores e incluso les traduce a los millones de Idiotas que no logran entenderse como Pueblo, lo que ellos realmente están diciendo.
Esta práctica tiene mucho que ver con la fe, ya que la mayoría de Idiotas solo esperan que el Hablador a quién le prestan, regalan o venden su palabra, tenga algún tipo de don magnífico que le permita darle lo que quiere o necesita, sin escucharlo jamás.

Ya no nos escuchan. Miles de Idiotas suben la voz y se dicen Habladores, otros compran el título y otros, los más importantes, los elegimos los del Pueblo. No importa. Todos se desentienden de lo importante, de la Realidad. No escuchan al Pueblo, así como el Idiota no escucha a lo Salvaje. Se apresuran a decir que hacer y a que alguién lo realice. Les parece que el Tiempo corre, que el Cambio no para, y tienen razón. Al menos en eso. Pero no se detienen a escuchar. La Diosa grita con nuestras voces y las voces de nuestros hermanos. En vano si nadie la escucha.

“Produce!” grita el Idiota “Crece!” y luego se dedica a devorar. Más por placer que por necesidad. Ese placer en lo prohibido y la libertad. En lo perverso y el perdón. En la muerte innecesaria y la venganza.
El placer de sentir la balanza cediendo hacia tu lado.

El Equilibrio o el Poder?
Solo un Idiota es capaz de plantearse la pregunta . . . y hay tantos . . .

Sang tu NoT

If mi to do anything,
a’ll leave it to the foolest.
i cant seem to stop it
i cant seem to want
i cant seem to care

The world arounde me seems to vanish
In front of my eyes
every move is downwards
every step a fall
mi paralysed in terrorr
about to sacrifae myself
At every moment
At every breath

I dont!
Just let it past me
And then realize
Nothing happend

Still seem NoT to react
Panic takes over me
I feel thru his skin
See thru his eyes

Ant as that,
I get to receive
every gift of time
as a Nightmare or Curse

Sink in time
life in sinK

Every minute
Lived, Lost
To come
And NoT be welcome

The Curse, of course
is as strong as my belifs
It is cast by my God

But my God has become
How should I put it,
Really unstable

He has gone Mad
He gas gone Soft
Ha has gone Wrong

I dont listen to him anymore
But mi doom by FeiT.
He keeps getting in my way

YosoY OthrO
He’s NoT

This is all i have to give now
It is all he has given me
It is all he will take

Let the Void have the rest.

FIN DE CITA

El texto parecía destrozarse,
tal vez escrito por un Loco pasado,
algún torpe profeta,
algún desilusionado,

pero el Idiota lo entendía por completo,

era una cuchilla atravezando las venas,
era la saliva que se lleva el veneno,
era unas muelas apretadas,
era un viernes en la madrugada.
Y tenía personajes.
Eso era lo importante,
y él los conocía a todos.

Not, el Dios temible,
Diablo y Condenado.

FeiT, el primer hijo del Cuerpo,
Hermano y Verdugo de todos.

Void (o Vacío), el primer Dios,
Lejano, Inmenso e indetenible.

Y YosoY OthrO,
Un nombre usado por radicales anónimos.
“YosoY OthrO, esto es lo que tengo”
Decían antes de botarlo a la hoguera.

Sufrían de culpa profunda.
Todo lo que poseían era una necesidad maldita,
un alivio pasajero a un dolor paciente,
una desilusión.

“Extraño” pensó el Idiota,
mostrando una sonrisa larga.
“Es un poema, es una canción.
Himno trágico a lo perdido e imposible”.

Hay alguien más

La Diosa había esperado una o varias eternidades para el momento en que decidió ocuparse en algo más, los primeros hijos de la Voz que fecundó su Cuerpo nacerían eventualmente, separándose de ella y formando una vida por su cuenta, pero Ella se sentía caer en el aburrimiento e internarse en el Vacío.
Solo la Voz la confortaba y la sentía afuera y dentro de sí, creciendo, un grito de furia y millones de susurros como respuesta, cada vez más.

Aún así, su impaciencia la dominó pronto y sin pensarlo demasiado, creó una pareja de seres, los nuevos primeros hijos, los inesperados, los hijos Grandes. Pensando en el grandioso ser del que debería provenir la Voz creó a FeiT, pensó en ella misma y creó a Vaia. Desde el principio los supo poderosos pero incompletos, seres sin conflicto y sin energía, atados para siempre a la voluntad de la Diosa. Nunca serían algo aparte, nunca se revelarían, nunca la sorprenderían. De cierta forma, no eran más que ella misma, hablándose y recorriendo su propio Cuerpo.

Los dioses menores (o los hijos Grandes) aguardaron la venida de sus medio-hermanos con paciencia, cuidando de ellos y su madre en todo momento, aprendieron a vivir juntos y disfrutaron su tiempo solos. Sentían la falta de vida, pero luego al despertar, entenderían la felicidad del tiempo sin conflicto, reposando cómodamente sobre la piel de Todo.
Nunca entendieron por completo el aullido de NoT en la lejanía, pero FeiT sintió desde el principio el llamado a obedecerlo.

Todo esperó, los gritos pasaron uno tras otro, los Grandes alistaron la bienvenida para que sus hermanos no sucumbieran con cada grito y los pequeños creciendo en el vientre de la Diosa comenzaron a moverse y a salir.
Eran extraños por supuesto, pero no esperaban reconocerlos.

Vaia y FeiT se encargaron de hacer posible su vida, Vaia recorría el inmenso cuerpo y por donde pasaba dejaba su aroma flotando en el aire, era Vida, los que flotaran o saltaran eran capaces de sentirla antes de que cayera al piso, pero la piel entera se rejuvenecía y las creaturas la mordisqueaban con gusto.
FeiT en cambio, se sentaba a mirar hacia arriba y hacia el horizonte, planeando. Luego soplaba y las pequeñas creaturas volaban incontrolablemente por los aires y se chocaban unas con otras, algunas se pegaban, otras saltaban más alto o esperaban a otra ráfaga para ir a un lugar aun más lejano. Todas caían en algún momento, algunas se destrozaban, otras sobrevivían y se concentraban en su Suelo, alimentándose de él.

Se podría pensar que ninguno de los Dioses mayores era realmente consciente de estos sucesos, tomando en cuenta que la Diosa, más que saber que ocurría, lo sentía en su Cuerpo y lo disfrutaba plenamente. Su observación siempre fue superficial y los mensajes que susurraba a sus hijos eran simplemente indescifrables. Por ello, más tarde sus hijos sentirían la soledad, la incertidumbre de no tener Nada realmente claro y la necesidad (y posterior determinación) de cumplir un objetivo difuso.
Por otro lado, se piensa que NoT nunca sería capaz de ver los detalles de la Diosa, él solo ve el Vacío. Solo la hipótesis o leyenda del nacimiento de su vergüenza al verla, ha dicho que alguna vez la ha visto, pero también sostiene que fue al momento de crearla, y que después de hacerlo no pudo soportar su propia monstruosidad y se cubrió para siempre bajo un inmenso manto de gritos.
Y el Vacío . . . es difícil decir lo que podría querer o necesitar, podríamos decir que no tenía la necesidad de aparecerse o tomar parte en las vidas de los pequeños. Pero lo hizo. Tal vez se sintió abuelo, tal vez se sintió insultado, cualquier cosa es posible. Lo cierto es que mientras Vaia recorría el Cuerpo sin descanso y FeiT cambiaba todo de lugar, había alguien más observándolos, había estado ahí por varios gritos, pero no los escuchaba, parecía ver todo como si ya hubiera ocurrido. Estaba y no era. Nadie lo vio. Nunca.
Un hijo del Vacío, una silueta dibujada en el aire, tan oscura como Nada. Una Sombra.

Eres Humano

El centro del hombre es una contradicción que se propone resolver a lo largo de su vida y no lo logra. Solo se acerca y en eso consiste el cambio en el orden general que causa al existir.

Su mente no está constituida con un objetivo claro, como en la persecusión de un deseo inalcanzable, sino en espera de la respuesta a una pregunta olvidada que no se resuelve nunca. Una contradicción que se pasó por alto al principio de todo y nunca logra explicarse a sí misma.

Es el Bien. Eres un humano. Solo a tus pies se descubre el poder de la tierra y todo sobre ella. Eres uno de nosotros. Eres bueno. Tienes que serlo. Haz lo que sea necesario. Tal vez puedas hacer cambios más grandes de lo que te imaginas. Hazlo.

Somos una gran familia, danos lo que tienes. Y cada uno juega. Creces y cambias y quieres y mueres. Te dejas llevar y si tienes suficiente suerte, no te revuelcas constantemente en busca de la respuesta que no existe, flotas y corres y vuelas y esquivas los obstáculos que te aparecen y te diviertes, bailas con la suerte y le robas algo, que se yo.

Si tienes suerte, porque yo? si no, porque yo? o tal vez te conoces, sabes que has hecho y te imaginas lo que harás, entiendes el escenario y tienes una apuesta fija a la respuesta que algún día olvidaras para siempre. O no. Simplemente intentas transformar tu alrededor o seguir algunos pasos para llegar a un lugar lejano. Porque haces la cosas que haces? lo sabes, casi por completo. Es el principio el que falta, la mirada de Dios, las palabras que no te dijo. Nunca estuvo ahí.

Pero le creíste y corriste tras él, o delante. No importa que no lo recuerdes, que no lo puedas explicar, si haces las cosas bien . . . claro, todo saldrá bien. Solo tienes que hacer lo necesario para estar bien . . . bien, bien . . . o muy bien, mucho mucho mucho mejor, etc. Algunos no piensan que se puede estar tan bien, algunos piensan que solo ellos no pueden estar tan bien, otros piensan que ellos sí y otros que todos podrían. Nadie lo entiende bien. Pero todos asumen que sí, o buscan la respuesta, o se sumen en la desesperación.

Muchos simplemente se dan a sí mismos respuestas pasajeras esperando que lleguen cada vez mejores y tal vez alguna increíble, no son conscientes del proceso interno. Juegan. Eso dice la leyenda. Sus vidas son poesía del destino. Por supuesto no lo entienden nunca. Algo que no logran o intentan comprender, palpita en ellos, los guía, no los abandona.

Que los diferencia de nosotros? De mí? La fe.
Nada más preciado que el favor divino inexistente, nadie te lo puede dar, siempre estuvo ahí, con tu nombre. Él te encuentra a ti. Como a todos. Derepente te rodea el sentido de verdad escondida en cada gota de agua o silbido de viento, la ves, la belleza, lo sublime, lo único, el universo atrapado en tus manos. Delante de tus ojos. Y un deber inquebrantable, para protegerlo.

Es Él, el Bien. Lo importante, lo que te diferencia a ti del resto del mundo. Eres humano, eres especial. Solo a tus ojos se develan los secretos de la Infinita creación. Tienes que sentirlo.

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