Archivo de 'Hijos de Nada'

Tierra, Viento y Agua

Esta es la quinta parte de SereS

 

Tierra, Viento y Agua

[Fragmentos de los capítulos 2, 3 y 4, o 2 y 3, o 3, o 2 en la última numeración de la difunta autora, en la que el primero de los capítulos corresponde al número 0,  de la saga Hijos de Nada, mencionada en Una mujer de miedo]

 

En cuanto el gran Ojo del Cambio, Solo, disminuyó su velocidad lo suficiente, el resto de los seres a su alrededor empezaron a comportarse diferente. Su Voz los organizó. Antes habían sido montones de polvo vagando de un lado a otro, en dirección de cualquier otro montón de polvo que fuera capaz de atraerlos. Entonces el Ojo apareció, con un grito poderoso de energía pura que se derramaba a su alrededor, oponiéndose al Vacío, iluminando la oscuridad y moviendo lo inerte.

Tomó su posición, en una danza circular e hizo, por medio del ritmo de su grito perpetuo, que todos los montones de polvo a su alrededor bailaran de la misma forma. Moldeó sus cuerpos en formas redondeadas, girando una y otra vez, cada vez con más gracia. El Ojo logró la esfericidad perfecta, irradiando uniformemente a sus seguidores, mientras que los montones de polvo se estiraban y encogían una y otra vez, acercándose y alejándose de él.

En sus viajes, iban y volvían, girando a su alrededor, algunos logrando círculos casi perfectos, otros con caminos entrelazados, girando y chocándose con otros a otros montones de polvo o directamente al Ojo. Aquellos que se enfrentaron a sus iguales, tuvieron la posibilidad de unirse o desmoronarse y volar en pedazos. Los que se dirigieron directamente hacia el Ojo no tuvieron más opción que ser devorados por las llamas más ardientes.  Aquellos que sobrevivieron a eternidades de danza circular permanente, al mando del imperioso ritmo del Ojo, conservando su lugar y haciendo un camino cada vez más confiable, fueron los más afortunados.

 

Estas grandes masas de polvo, capaces de girar sobre su sombra sin descanso, disminuían lentamente en número sin saberlo. Simplemente se dejaban de encontrar. Porque eran tan pocas, que casi no se veían entre ellas, el gran Vacío lo cubría todo. Solo veían al Ojo, que las envolvía con su Voz, que derramaba energía y calor. Irónicamente, Ojo nunca las vio a ellas, ensordecido por su grito y cegado por su luz, le era, es y será siempre imposible sentir o entender algo más allá de la enorme cantidad de Cambio fluyendo en sus propias entrañas y hacia afuera.

 

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El gran Ojo del Cambio, a quién llamamos Solo o Sol, fecundó con su Voz desde el principio a todos los montones de polvo que lo escucharon. La mayoría tuvo su primogénito al terminar de redondear su contorno. De todas esas criaturas de polvo y roca, la más cercana al Ojo, le da vueltas y vueltas, con una rapidez única, empapándose en su calor. La siguiente se acerca lo suficiente para calentarse y baila lento, sin mostrar su piel. La tercera en cercanía, es nuestra Madre, quién tuvo no solo un hijo, como la mayoría de sus hermanas, sino dos. El primero, Viento, era muy similar a todos los otros primogénitos, quienes de inmediato tomaban el mando de la superficie de sus mundos y se encargaban de mover todo de un lado al otro. Pero la segunda, Agua, fue la que hizo posible que todo lo que ahora conocemos.

 

El tamaño de la Tierra hace que sus pensamientos y acciones toman mucho más espacio y tiempo o energía, de lo que nosotros, sus diminutos descendientes podemos entender. Similar a los pensamientos del gran Ojo, pero la Tierra no tiene tal poder, ni puede pronunciarse hacia el resto de una forma parecida, su voz no es más que el reflejo de la Voz del Ojo. Solo puede afectar a quienes estén muy cerca o directamente sobre ella. A sus hijos.

Así que la Tierra bailó por cientos de edades y en sus movimientos estaba el cambio de su cuerpo, hecho de miles de cuerpos de otros seres que vagaron por el mundo, viajando y chocándose, uniéndose en nubes de polvo sin rumbo.

Solo al encontrar su lugar en la Tierra y bailar al ritmo del Ojo, pudieron detenerse y observarse mutuamente. Cuerpos entrelazados en una danza unificadora. Un nuevo ser se estaba formando y ninguno de sus partes era conciente de ello. Cada uno era completamente diferente, de metales ligeros y pesados formados en explosiones al otro lado de la galaxia. Después de nacer, cada montón de polvo cambiaba de dirección muchas veces y la explosión que lo enviaba hacia el Vacío se apagaba rápido. Todos habían chocado millones de veces, perdido pedazos de su forma original y viajado por milenios con partes de otros que iban quedando, haciendo nubes complejas de metales que solo algunas veces lograban soldarse bien.

En la Tierra se encontraron millones de pedazos de metales diferentes y no pudieron separarse más. El baile los volvió uno solo. Se diferenciaban entre sí por densidad, así que los más pesados fueron rápidamente a encontrarse  en el centro, a juntarse y fundirse en el calor de su unión. Sus movimientos crearon el ojo interno de la Tierra, despertándola desde adentro.

 

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En la superficie se quedaron las rocas más ligeras fundiéndose en gradaciones de colores y texturas que se hacían cada vez más sencillas. El cuerpo antes desecho en las ruinas de millones de accidentes sin sentido, ahora cobraba una forma cada vez más perfecta.

El Viento es quién se apropió de las regiones superficiales, nacido de los accidentes más grandes, donde el aire podía correr con demasiada facilidad. Presenció la transformación desde que la Tierra aún no tenía un ritmo propio, la tomar todo lo pesado hacia adentro. La mayoría de su tiempo lo invertía en suavizar su piel con su delicada caricia. Se sentía pequeño junto a su Madre, pero podía abarcarla con sus largos brazos y sentir el calor que provenía de ella.

 

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Mucho tiempo después, cuando la Tierra estuvo lista y el calor enviado por el gran Ojo en el cielo fue justo el necesario, de su vientre salió Agua. La hija más pura y cristalina que pudiera haber imaginado, en ella la belleza tomó cuerpo.

Agua creció y pasó por cada rincón de la inmensa Tierra, ayudada por su hermano Viento, quién jugaba y correteaba con ella cada vez que podía. Le enseñó el camino hacia arriba, más cerca al Ojo lejano, dejándose llenar de su calor. Ella le mostró como podía crear túneles y pasajes, con una fuerza  que Viento no había visto nunca antes. Juntos, corrieron y volaron, destruyendo y creando a su antojo, en un juego de eras, cuando aún la Madre Tierra era joven y los jóvenes dioses no sabían de su propósito.

Pero algo intuía Viento, quién más adelante sería llamado Destino, pues vivía en las alturas y conocía la forma de su Madre. Era ovalada, no del todo redonda. Por alguna razón, esa forma le daba la sensación que algo más debía salir de ella. Ya habían nacido Viento y Agua, podrían nacer más. Más dioses como ellos,  hermanos en perpetuo juego y baile, imbuido en la naturaleza de todos.

 

 

Seres Vivientes

Esta es la tercera parte de SereS

 

Seres Vivientes
[Último episodio de la saga Hijos de Nada mencionada en Una mujer de Miedo, el segundo en ser escrito]

 

Nadie antes pudo imaginarse como serían los hijos del Agua. Ni la Madre Tierra que la sostiene desde su nacimiento en su vientre, ni su hermano Viento que danza con ella y la alza sobre el horizonte, dibujándola con su toque ligero, ni su padre el Sol, Ojo de Cambio y fuente de toda la energía, podía imaginar a las pequeñas criaturas que dentro de ellas se formaban, puesto que aunque la poderosa voz del Sol y de todos los Ojos en el cielo atravesaban el eterno Vacío en todas las direcciones, eran ensordecidos por ella misma, enceguecidos por su luz. De modo que el Sol nunca conoció la Vida o el Destino, ni su Madre, preñada por el Cambio que enviaba en su grito interminable.

Nadie pudo imaginarse a los Seres Vivientes, como los llamó la Sombra que surgió de la Nada al principio del mundo, nadie excepto la Nada misma. El Vacío, infinito y eterno como nada más podría serlo. Tal vez lo supo desde el principio, pues se dice que está en todas partes y lo sabe todo, aunque nunca se pronuncie, pues todo sale de él de alguna forma. Eso explicaría el envío de la Sombra y las implicaciones que tuvo después.

Ni Viento ni Agua, o Destino y Vida, como los había bautizado Sombra, sabían exactamente qué había sucedido. Habían crecido y madurado durante eras, en un baile que moldeó la Tierra. Sabían que estaban destinados a algo más y su danza se sentía incompleta, de una forma incierta y borrosa. Hasta que una silueta salida del lado oscuro de todas las cosas se unió a su baile. Sin ceremonia, como una broma de un humor extraño y hueco. Pero fue entonces cuando surgieron las criaturas, Agua las sintió de inmediato. Eran una parte de ella y parecían estarse rebelando.

Durante mucho tiempo, Vida tuvo a sus hijos dentro de sí, cuidándolos incluso de Destino. Nutriéndolos y sintiéndolos crecer. El soplo de Destino los trasladaba de un lugar a otro por un momento y los devolvía a Agua.

 

Sombra no volvió muy a menudo, aunque a veces se le veía hablando con las pequeñas criaturas, las tocaba y las atravesaba con facilidad mientras les susurraba consejos y bromas pesadas diseñadas para cada especie. A las criaturas parecía gustarles el contacto con él y cuando se marchaba, era usual que surgieran cambios fuertes en los pequeños a quienes había tocado.

Así fueron creciendo, poco a poco se fue haciendo claro que Sombra no estaba ausente, sino que trabajaba de forma localizada, puesto que su influencia empezó a sentirse en el desequilibrio de las criaturas, cambiando con más rapidez y de formas extravagantes. Todas las veces, sin equivocación, las criaturas más fuertes y más débiles, habían estado en contacto con él.

 

Eventualmente, la primera de las grandes familias de criaturas, aquellos con Raíces, salieron de Agua, de manera muy lenta, tomándose generaciones enteras para asomarse, guardando vida en su interior y creando conductos. Solo para sentirse bañados en la dulce canción del Sol, pura, sin haber sido distorsionada por Agua.
Muy pronto, los Seres con Raíces poblaron la Gran Madre, succionando la Vida de la Tierra y alimentándose del Sol.

Al igual que la Madre Tierra, Agua amaba a sus hijos de una manera ciega y total, sentirlos moviéndose en su interior le hacía sentirse satisfecha de una manera sencilla pero absoluta. Viento en cambio, parecía no notar la diferencia. Su mirada fija y su ceño fruncido no se habían suavizado y su baile seguía siendo el mismo. Tenía curiosidad, en ver como crecían, los Seres Vivientes, los Hijos de Agua, pero por alguna razón, no les tenía un cariño especial.
Solo Sombra tenía algo que decir, pero no en voz alta. A Viento le decía poco, era con quién más se encontraba, sobre la superficie de la Tierra, puesto que su mirada atenta era capaz de distinguirlo desde las alturas. Pero no se hablaban mucho, Destino parecía saber que había detrás de la Sombra y a Sombra no le gustaba la falta de sentido del humor de Destino.
Con Vida en cambio podía hablar muy fácil, dejaba que dijera lo que quisiera. Agua iba de un lado al otro, diciendo mil cosas a la vez y Sombra podía estar ahí o no, a veces le comentaba sus pensamientos, pero no era necesario. Ella solo hablaba de sus infantes, describiendo la formas que tomaban o los rápidos y ágiles movimientos que hacían, trastornada por completo por cada pequeña cosa, sin importarle quién escuchara. La oía Destino en las alturas y fruncía el ceño, su eternamente benevolente Madre le ponía especial atención y asentía con calma. Sombra, siempre escondido del Sol, esperaba las pausas de sus monólogos y le susurraba su humilde opinión. Esto no lo escuchaba nadie más, solo ella y tal vez algunas de las criaturas, pues eran demasiadas para esconderse de ellas.

La visión de Sombra era muy diferente, para él los Seres Vivientes eran el final de la paz y la tranquilidad sobre la Tierra. A él no le importaba por sí mismo, puesto que nada le afectaba (aparte del Sol, pero nunca pronunciaba ese nombre, ni mucho menos Cambio), pero en el interior de Vida, le profetizó su perdición, en manos de sus hijos. Y por segunda vez, su voz se hizo sólida y se esparció por todo el cuerpo de Agua, en forma de una nube de ceniza. Las criaturas se comieron la mayoría, sin pensarlo.

Fue entonces cuando Sombra se percató de como sobrevivían estas criaturas, ya sabía que eran únicas y separadas del resto, al contrario de los dioses que no se definen fácilmente y se atraviesan unos a otros permanentemente, sin poder diferenciar con claridad ni siquiera las acciones de cada uno. Por eso, estas criaturas no tenían conciencia de quienes eran ellas o quienes las rodeaban, solo debían preocuparse de su necesidad, lo que les faltaba en cada instante.
Ahora veía cómo iban a condenar a los dioses antiguos, mucho tiempo después. Iban a devorarlos. Como desde ahora hacían con Vida. Como se devoraban entre ellos. No les importaba nada. Se lo devorarían a él si pudieran. En las alturas Destino frunció el ceño.

 

Después de eso, Sombra volvió a desaparecer por un tiempo. Las criaturas estaban cambiando y reproduciendose por montones. Cada vez habían más y diferentes. Muchos empezaron a asomarse más allá del agua y sentir la fría caricia de Destino.
Los primeros descubrieron que dentro de Vida es mucho más fácil moverse que afuera.
Tendrían que cargar toda la Vida que pudieran adentro y volver a abastecerse permanentemente. El alimento tampoco estaría flotando a la vista, habría que buscarlo. De otras formas, en otros lugares, con otra lógica.

De aquellos pioneros que se arriesgaron a morir, respirando el aire seco y sometiéndose a Destino, surgieron varias familias, de diferentes formas y entenderes, que también viajarían alrededor de la Gran Madre entera y la cubrirían con sus hijos.
Las dos familias más fructíferas lograron salir al recubrir su cuerpo con escudos muy fuertes o organizar sus miembros a partir de un solo tronco en la mitad de su cuerpo.
Eso los dividía, pero el resto del mundo también. Algunos crecieron alas, otros patas, 4, 6, 8. Cada criatura debía encontrar algo en el mundo, un camino sobre la piel de la Gran Madre, que lo conduzca a otra Vida, en el ambiente o en otro cuerpo. Cada una pensó que su forma de Vida era la única que tenía sentido en realidad y al reproducirse, cambiaron a sus hijos con el aprendizaje escrito en su interior.
El Suelo se tragó los cuerpos, pero la Madre Tierra los devolvió en alimento y nutrientes para que cada vez fueran más fuertes.

Sucedió que eras después, cuando ya se habían creado sistemas cíclicos muy definidos para la Vida de las criaturas, algunas de las más longevas de troncos en sus espaldas y ojos abiertos, empezaron a buscar a los dioses. Los habían olvidado.
Empezaron a vagar por la Tierra y a dominar al resto de criaturas, a quienes llamaron Animales.

Agua no dijo nada. En este punto había adoptado una actitud igual a la de su Madre, sonreían benevolamente y asentían a cada movimiento de cualquiera de sus hijos.
Destino frunció el seño una vez más, concentrado en su trabajo. No lo había visto.
Una vez más Sombra había logrado engañarlo y pasar desapercibido. Tal vez estaba viejo y cansado, es verdad que ya no tenía el ímpetu de su juventud, pero sabía con seguridad cuando alguien había sido tocado por Sombra.
Se había escondido por eras enteras, trabajando en alguna parte, algo especial. Era un hijo del Vacío. Le urgía entenderlo, pero le era del todo imposible. Estaba seguro que el Vacío solo quería engullir el Cambio. Cuál era el objetivo de lo que Sombra cambiaba?

Estaba dentro de ellos. Tal vez lo estuvo por eras. No tenía forma de saberlo. Lo veía en sus pequeñas cabezas, deslizándose a travez de sus troncos, en sus pechos, en sus pélvis, a algunos pocos se les podía ver con Sombra en sus manos. Ahora ellos lo buscaban, fuera de sí, para nunca encontrarlo y dirigirse hacia el Vacío. Con el ceño más apretado que nunca sacudió a su hermana una vez más, en el baile más agresivo y descuidado que alcanzaron a conocer estas nuevas criaturas. Murieron muchos, pero no todos y Destino supo que Sombra lo había vencido en un juego que no lograba entender del todo. Él. Decidió entonces ver y escuchar a los Humanos, las criaturas que cargaban a Sombra en su interior. Los siguió y aprendió los nombres que los devotos del Vacío le daban, Suerte, Azar, Caos. También logró escuchar de Sombra, escondido bajo la piel humana, algo sobre el Deseo, pero le pareció que la llamaban Alma.
Destino nunca pudo entenderlos, pero como Viento, sopla, de todas maneras.

 

 

La Sombra

Esta es la segunda entrega de SereS

 

La Sombra
[Fragmento del capítulo La Sombra, el primero en ser escrito, el pen-último en la línea de tiempo de la saga Hijos de Nada mencionado en Una mujer de miedo]

 

-He ahí al Viento- resonó un pensamiento, escondido en algún rincón de la inmensa Madre Tierra. -He ahí el Agua- su voz era profunda y rasgada, cada sílaba agredía y se burlaba de sus interlocutores. -He aquí la perfección, la medida sagrada, el codiciado equilibrio. He aquí lo imposible. Me encanta. Me encanta-.

 

La voz resonó en la Tierra entera, como si saliera de las rocas y las lagunas, de las cavernas y los prados fértiles aún sin florecer por primera vez. La Madre Tierra la escuchó y lo sintió venir de sí misma como todo lo demás. Tenía otro hijo, no lo había sentido venir pero ahí estaba. Y lo acogió, sin saber nada de él, lo acogió como su tercer hijo, a esa gran voz que la hacía estremecerse. Le encantaban esas voces.

El Viento también lo escuchó en medio de su baile eterno en los cielos. No dejó de moverse, como si ya lo supiera y tal vez lo estuviera esperando. Había estado danzando con su hermana por eras enteras, sin sentir que sucediera nada. Madre Tierra los ama de todas formas y su padre Sol sonreía todos los días, pero faltaba algo. Su hermana, Agua sintió la vibración de cada palabra y como si estuviera en un trance, se dejó llevar por las ondas.

 

La voz parecía provenir de todos los lugares a la vez, pero Agua conocía cada escondite y cada hoyo debajo de cada roca. Ella había creado la mayoría. Viento podía decir que causaba erosión y que conocía el mundo desde arriba, pero ella sabía que tan hondo iban los pozos y conocía de cerca el corazón de su Madre, el frío que te congela y el calor intenso que se guarda debajo de su piel. Nadie conocía a su Madre como ella, nadie podría esconderse.

Era verdad. Mientras Agua se dejaba llevar por las vibraciones dejadas por la voz, persiguiéndolas hasta rocas y cavernas inertes, Viento le mandó un mensaje desde las alturas. -Ya lo has encontrado, hazlo salir-, sus palabras hicieron de Agua una tormenta, que se estrelló una y otra vez contra las rocas que estaba examinando. Hacía tiempo había aprendido que su hermano mayor, aunque difícil de entender, generalmente sabía lo que estaba pasando y ofrecía una solución. Agua en cambio, solo tenía curiosidad. Su hermano era demasiado críptico y su Madre amaba sin pensar, Agua necesitaba de alguien más, de otro ser u otros seres con quienes compartir la existencia. La voz la llenaba de excitación. Le parecía que marcaba el comienzo de algo diferente, ese ser extraño, escondido detrás de todo.

 

-Quién eres? Eres nuestro hermano?- exclamó Agua, en medio de una tormenta que no cesaba. En lo alto, Viento movió los labios en un gesto largo de melancolía, como lamentándose y resignándose para siempre.

-Hermano? Sí, lo soy. El último hijo, el que no puede faltar- La voz retumbó de nuevo y la tormenta contuvo su aliento -Soy la encarnación de mi padre que se extiende desde el principio hasta el final de todo. Pueden llamarme Sombra.

-Tu padre? De quién hablas?- Respondió Agua con ingenuidad. Viento que todo lo escucha, quería detener el tiempo mismo, que dejaran de hablar, dejar de estar presente, algo. Pero la tormenta danzaba sobre las rocas y la Sombra se alzaba en la mitad, con un cuerpo casi sólido, erguida como una criatura minúscula, pero con la dignidad de quién no tiene por qué temer.

-Mi padre es el Vacío. Es el padre de todo. Algunos se olvidan y por eso debo recordarlo. Está presente en todas partes, es el único que lo sabe todo, lo que es y no es. Lo que puede ser y lo que nunca será. Yo no soy más que una Sombra de su inmensidad.

 

Agua y Viento se quedaron inmóviles. Sombra parecía estar dispuesto a hacer algo. Ninguno de los dos sabía a qué se refería con eso. Ambos les dieron sus nombres y lo saludaron formalmente, pero se quedaron esperando algo más.

Sombra se encogió de hombros, ya sabía sus nombres. Eran jóvenes aún, podía seducirlos fácilmente. Con una risa especial, elevó su figura y bailó con la tormenta.

Tomados por sorpresa, Agua y Viento se detuvieron y vieron a la Sombra describir perfectamente las formas de la tormenta en un reflejo amenazador de su baile. La Sombra rió un poco más y se disolvió en millones de puntos negros que volaron con la más delicada brisa de Viento y se hundieron en Agua o en Tierra al caer.

En algún punto de ese baile, surgieron los primeros seres vivientes. Se alojaron en Agua por mucho tiempo. Sombra apareció de nuevo muchas veces, en momentos decisivos y logró una gran amistad con Agua a quién llamaba Vida, y una relación de rivalidad algo problemática con Viento, a quién luego llamaría Destino. Sabía algo más, algo invisible e intocable, algo que estaba en todos ellos, escondido en lo más profundo de sus seres.

 

 

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