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La eterna batalla

Para los nuevos lectores y para dar un poco de contexto, esta pequeña historia hace parte de la serieEl niño y el Dragón

 

El niño descansaba plácidamente sobre el inmenso hocico del Dragón, ya no tenía miedo de él, incluso se había acostumbrado al calor que brotaba, a su sonrisa a medias que a veces parecía permanente y a veces tan solo una ilusión más, a su mirada penetrante que llegaba a todos los rincones a la vez.

Era un enorme espejo de sí mismo. Lo sabía.
Las nubes azules a su alrededor eran su propios sueños y deseos. El Dragón las creaba sin esfuerzo o intención. Solo respiraba y de su hocico salían ilusiones, nubes algo más sólidas que el aire. Nubes azules, casi con vida propia.

El niño las sentía, lo rodeaban y le daban calor. Incluso parecían observarlo, si es que una nube puede hacer tal cosa.

Luego de revolcarse un poco en el calor del Dragón e intentar volverse a dormir sin abrir los ojos, el niño se apretó los más que pudo contra la piel más suave que había encontrado en ese enorme cuerpo (la gran mayoría consistía de escamas de metal de varios metros, superpuestas en orden, también había otra parte suave y sin escamas allá abajo, pero no daban ganas de quedarse ahí).

Solo entonces decidió despertar y abrir los ojos. Las nubes que lo rodeaban se dispersaron disimuladamente y se hubieran ido silbando si tuvieran la capacidad de hacer tal cosa.
El Dragón debió haber sentido algo porque también abría sus ojos, aunque mucho más lento, como un extraño amanecer, en que las montañas suben y dos soles se quedan quietos en su lugar. Y te apuntan.

El niño sintió una leve brisa y tuvo que apartar la mirada. A su espalda ya empezaba a formarse una parte del mundo con las nubes que el Dragón resoplaba.

Había una puerta. Era la primera que veía en mucho tiempo.
Una puerta. Tenía una forma particular de ser la única puerta. LA puerta. Parecía ser sólida, como si la nube intentara convertirse en madera de arce y lo estuviera logrando. Tenía un marco delgado, decorado con pequeñas nubes que no se decidían a estar en ningún lugar y vibraban alrededor, convirtiendose en flores, animales y a veces incluso se veían figuras humanas haciendo algo que el niño no alcanzaba a descifrar. Iban muy rápido las nubes y no se paraban a pensar.

Hipnotizado por la ilusión más real que había sentido, se levantó y se dirigió hacia la punta del hocico, donde reposaba la puerta. Quería tocarla. Se sentía diferente, como si la nube guardara algo en su interior, un hielo rodeado de vapor, un centro helado en medio de el calor.

El Dragón resopló de nuevo y detrás de la puerta se alzó una nube mucho más alta, que empezaba a tomar formas. Aparecieron los ángeles y los demonios, mirándolo fijamente, revoloteando con sus alas de murciélago y paloma, miles revoloteando dentro de la nube. También parecían sólidos, pero atados, a la nube y entre ellos mismos.
Lo miraban fijamente, parecían decirle algo, pero eran demasiados, cada vez más y más pequeños, pero la nube seguía creciendo y parecía acercarse.

El niño retrocedió unos pasos, hacía mucho no veía algo que lo asustara, algo tan real … aunque seguía siendo una ilusión, no más real que la puerta, y mucho menos real que él.
Así que, ¿porque tenerle miedo?

Se detuvo, miró el Dragón a su espalda, sus ojos parecían sonreír, pero no decía nada por supuesto, “como el Sol” pensó y miró de nuevo hacia adelante. La nube se parecía hecha de roca, miles de ángeles y demonios de mármol se peleaban entre ellos para estar más y más cerca, volaban y se atravezaban y se volvían polvo, pero del polvo salían otros, más duros y fuertes.

El niño se acercó a la puerta y vio que la nube aceleraba su marcha, la puerta en cambio parecía alejarse mientras que en el marco bailaban cuerpos cada vez más definidos, animales que había visto antes, personas que recordaba de una vida anterior. El niño se vio corriendo de repente, persiguiendo una memoria perdida en un mundo de ilusiones.

La puerta se encogía bajo el peso de un marco hecho de recuerdos, “me dan una razón para llegar, pero ellos también me cierran la puerta” pensó mientras corría por un hocico que ahora parecía infinito, mientras la nube crecía justo detrás de la puerta, todos los ángeles y demonios hechos polvo parecían luchar eternamente como pequeños átomos cargados con energías opuestas, mientras que su movimiento formaba un rostro que no encontraba su forma.

Al llegar frente a la puerta, el marco eran enorme, hecho de emociones recordadas, su propio cuerpo sobresalía, cada roce, cada sensación pasada intentaba comunicarse con él. Se veía a sí mismo, viviendo algo que no recordaba, pero sabía real. El marco palpitaba, mientras que la puerta resistía quieta un poco más abajo de su estatura. Parecía estar soportando un peso muy grande solo para que él la cruzara y luego desaparecida feliz de haber cumplido con su deber.

El niño abrió la puerta lentamente mientras los cuerpos palpitantes a su alrededor lo envolvían y empujaban hacia adelante. Al asomarse vio unos ojos enormes y a la vez casi cerrados, hechos de millones de motas de polvo moviéndose furiosamente de un lado a otro.

La nube se escondía en el borde del hocico, meciéndose suavemente con la respiración lenta del Dragón. Incluso parecía hacer un sonido muy apagado, como una r que no se detuviera. Emanaba calor a su alrededor.

El niño se había detenido en la puerta, sosteniéndola fuertemente, en parte para poder cerrarla, en parte para que no se deshiciera sola. Su toque era frío, de cierta forma revitalizante. Sentía la fuerza agrupandose en su cuerpo, miraba atras para ver los ojos del Dragón pero solo eran dos luces a la distancia cubiertas por la niebla.

No había sentido nada tan real desde su llegada a el mundo blanco de ilusiones. Solo el Dragón y tampoco era real, era él mismo, la parte de su mente que no habla.

Los ojos se acercaron y un cuerpo entero surgió poco a poco, mostrándose con elegancia y delicadeza, sin perder de vista el niño en la puerta. La figura felina caminaba con toda la pausa posible, pero con una posición que sugería que podría comenzar a correr en cualquier momento. Ya no parecía hecha de polvo, sino de calor puro, como si cada parte de su cuerpo se hubiese desintegrado con furia y su energía siguiera brotando. El rojo y el negro aparecían y desaparecían como en una eterna disputa sin arreglar.

El niño lo miraba inmóvil mientras se acercaba, era un Tigre sin duda alguna, pero no era real, era una ilusión más. No había razón para asustarse, pero aún así no iba a soltar la puerta por nada.

El Tigre también parecía sonreír, al acercarse y olerlo desinteresadamente. No quería hacerle nada. De hecho, también parecía querer decir algo. “En un mundo de ilusión donde yo soy la única voz” pensó con algo de frustración. Pero estiro la mano suavemente y acarició la cabeza peluda del Tigre, que no puso ninguna resistencia.

Su piel era fría. Algo que no pudo entender de inmediato. Lo veía cálido, pero incluso eso era una ilusión. Siguió consintiéndolo, disfrutando de su placer. La puerta se esfumó y con ella su marco.

De repente estaban solo los dos jugando sobre el hocico del gran Dragón. El Tigre ya no era una nube de nada, era algo más.
“¿Quien eres tu?” preguntó sin esperar respuesta. Otra parte de él tal vez. La parte que siente.

Lo pensó por un momento y le dijo “¿has venido a sacarme de aquí?”

De repente el Tigre lo miró fijamente, “eso si lo entendió” pensó el niño esperando con curiosidad su reacción. Luego el Tigre miró fijamente al Dragón. El niño también se volteó. Por primera vez, el Dragón parecía furioso. El niño presenció como intercambiaban miradas y el Tigre se ponía en posición de ataque. El Dragón empezó a resoplar y las nubes empezaron a rodearlos. Con un movimiento lento, empezó a levantarse y abrir sus enormes alas.

El Tigre miro a su alrededor con una furia desesperada y viendose acorralado se volvió hacia el niño. El piso se movió mientras el Dragón abría la boca y soltaba unas nubes diferentes, negras y tormentosas.

El niño las veía paralizado. Parecía haber desatado una lucha entre los dos al mencionar su salida de este lugar. No entendía muy bien que estaba sucediendo ni en donde estaba realmente. Este mundo blanco parecía ser solo una ilusión, un mundo para olvidar el otro.

“Pero no puedo” pensó.

Mientras tanto el Tigre corrió hacia él y abrió la boca.
Sus colmillos brillaron con su propia luz, pero detrás lo esperaba la oscuridad absoluta.

En otro lugar, en algún momento y con un cuerpo real, un hombre despertó.

 

Corrientes de Humo

En la más lejano rincón inexistente  de un paisaje completamente blanco, neblinoso y desprovisto de horizonte, un niño y un Dragón jugaban a hacer nubes. Respirar, le llamaba el Dragón, pero para el niño claramente era hacer nubes.

El Mundo que le rodeaba solo tenía nubes, era lo más real que podían crear, incluso eran bastante sólidas, como lo pudo comprobar al intentar atravezar la mano y encontrarse con una textura mezcla de almohada suave y potentes paredes electromagnéticas, parecidas al caucho. La mano se devolvió ligeramente refrescada y con los pelos de punta, mientras que la nube se limitó a cambiar de forma y alejarse lentamente, murmurando lo que podrían haber sido insultos de nube.

-Lo siento- dijo el niño, pero ya se había ido y otras reemplazaban su lugar rápidamente.

Una ligera corriente sopló contra su cara pero no la sintió, luego recibió una inmensa corriente de viento espeso a sus espaldas que logró levantarlo un poco del suelo y le levantó la camisa hasta ponersela alrevez. Se sintió supremamente ridículo y con algo de fuerza, rompió la camisa en pedazos. Estaba hecha de aire espeso. Humo de algún tipo. Era una ilusión.

Volteó su cuerpo y vió el hocico del Dragón que le saludaba como un par de geisers apuntando directamente hacia él. Mucho más allá dos luces encendidas como pequeños soles tras la niebla.

Sintió como el aire volvía lentamente y lo atravezaba y sin pensarlo, su cuerpo comenzó a correr alrededor de la cabeza del Dragón. En ningún momentó alcanzó a analizar el hecho de que el Dragón le seguía con la mirada y la nariz. La siguiente estampida de nubes concentradas de humo lo levantaron en la mitad de la carrera.

“Creo que no se da cuenta que no puedo sostenerle la mirada” pensó mientras lo recibía una nube cualquiera que pasaba por ahí “creo que no entiende mis acciones o mi incomodidad”, intentaba mirarlo a los ojos fijamente mientras la nube lo atravezaba, parecía sonreir “creo que incluso, se ríe de mí”.

Cayó al suelo aparatosamente dando vueltas hasta lograr agarrarse firmemente. Cuando lo soltó y se levantó, los pedazos se esfumaron volando. El suelo era una nube. No había nada tan solido como el Dragón. “Y yo” pensó. Nada más parecía real y aun así podía ser usado. Las ilusiones tambien servían de apoyo. Era solo aire caliente.

Miro al Dragón, se había demorado mucho? acaso el Dragón sostenía su aliento a proposito? parecía haber alzado su cabeza un poco, haciendo una mueca con los bordes de su boca. “Va a soplar”.
Con algo de pánico el niño miro a ambos lados y una vez más no vio nada de que aferrarse. Solo que esta vez se quedó quieto. No corrió, no se sorprendió. Observó y cuando el aire caliente golpeó su cuerpo, solo le hizo apretar las piernas y bajar el pecho. También lo calentó, le sugirió un olor dulce y al fuego, le ofreció algo bello, un pensamiento, una sensación, una promesa. Todo era una ilusión. Nubes y aire caliente, nada era real.

“Excepto el Dragón y yo” pensó y levantó un pie tras otro, lentamente. Directo a la boca de la bestia que jugaba con él.
“Hacia lo real, sea lo que sea. No hay nada mas”.

Un poco de calor

Ya no sentía frío. En el lugar en que se encontraba nunca hacía frío, pero era reconfortante encontrar de nuevo el calor. El vientre del dragón se sentía cálido e incluso a veces parecía brillar a travez de su piel, como un fuego sin llama, escondido tras escamas de metal.
Ahora era allí donde despertaba cada vez y por fin vivía sus sueños en calma. Cada vez se arrepentía menos de despertar. Seguía siendo un niño y el mundo seguía siendo de nubes de nada, de vapor y pensamientos. Ya no le sorprendía.

A lo lejos, muy arriba, entre las nubes, veía la silueta del gigantesco rostro. Aquel ser, en cambio, aún le parecía imposible. Su piel era metal sobre metal, su cuerpo era monstruosamente grande, cabrían millones de niños como él dentro de su vientre, sus piernas eran casi tan gruesas como su tronco y del medio de ellas, salía una inmensa protuberancia que continuaba hacia atrás y arrastraba su delgada punta llena de espinas por el suelo. Lo había visto batir 2, 4 y 6 alas, de diferente tamaño, hechas de una película muy delgada. Los pequeños brazos se movían ridículamente a gran altura, aunque en perspectiva, cualquiera de las pequeñas garras en sus extremidades podría jugar con él, como su mano con un insecto. Su cuello se alargaba y enroscaba a voluntad, permitiéndole cualquier posición a su cabeza, que por ser tan solo un poco más gruesa parecía darle un fin precipitado. Su pronunciado hocico parecía partido y formaba una esquina afilada en la mitad de su cara, sus ojos encendían las nubes y el mundo al abrirse. No había visto a la boca abrirse por completo, pero parecía el agujero más oscuro y aterrador que se podía imaginar. “De una oscuridad así sale la Luz” pensó al recordar el fuego que era capaz de escupir.

Pero lo más interesante, lo que no esperaba ver salir de allí, era esa larga tira de carne dura y carrasposa, con la que se brillaba la piel constantemente. Solo una vez quiso brillarlo a él, a un niño, a un insecto. La cara se acercó, la boca se abrió y de la oscuridad salió lentamente su lengua, presentándose con pausa y ceremonia. No quería asustarlo y se notaba. Aun así, quedó paralizado, tal vez por el miedo, tal vez el instinto de supervivencia, tal vez las dos. Esperó intentando cerrar los ojos, mudo e impotente, sin control de sí mismo. No se le ocurrió apartarse o hacer algún intento de evitar el contacto. No veía otro camino. La carne se meció junto a él y no pudo hacer otra cosa que abalanzarse contra ella y abrazarla. Incluso se atrevió a sacar su propia lengua.
El encuentro duró poco, miles de agujas secas y duras lo alzaron en el aire, lo atraparon cuando el Dragón intentó lamerlo suavemente.

La sangre brotó tímidamente de heridas menores, pero no le importó mientras volaba. Se debatía entre pensamientos de amor y dolor. “Hay mil y una formas de volar y no he probado más que algunas”.

Cae

De la nada aparece nuevamente, no esta acostado como antes, sino de pie y de frente a un lagarto inmenso que lo mira y parece sonreírle. Se quedan así por un momento, los dos esperan algo.

“. . .”
“. . .”

No entienden lo que acaba de suceder.

“De que estábamos hablando?”
“No sé”

Y de vuelta a lo mismo. Solo las nubes se mueven a su alrededor. Solo se escuchan respiraciones.
El niño se rinde, encoge los hombros y mira a su alrededor. Sus pensamientos vagan. Piensa en la Muerte, el momento y el personaje. La ve deslizandose suavemente hasta su cama, tiene los pies fríos. Le susurra algo al oído, le cierra los ojos y lo cubre con su Sombra. Se va y se queda. Me quedo yo que solo soy ella. Soy oscuro como la Nada y todo lo veo claro.

Un sentimiento conocido le recorre el cuerpo y lo obliga a dar un paso hacia atras. Todo sigue oscuro. Da otro paso y otro y otro. Y otro y otro y ahora esta corriendo hacia atras que ahora es adelante, siente que la nube lo persigue, el viento esta en su contra y está empapado. Ya no siente las piernas, ya no siente los brazos y toda su cara parece haberse tensado hacia adentro.
Cae.
No va a parar hasta encontrar el suelo, pero no está ahí. Solo sigue cayendo hacia un infinito que no comprende, apunta ahora hacia arriba con su cara desenvuelta y adolorida, y ve la nube negra. Cada vez es más pequeña.
“Lo mismo puede decir ella de mi” piensa.

Se rie. No es tan grave caer, probablemente el Dragón lo recogerá o él mismo podría inventar la forma de parar en algún momento. Por ahora disfruta no sentirse apoyado en nada. Está en el espacio. Se deja llevar.

Piensa en la Muerte. Solo el personaje. Lo ve ahora flotar delante de sí. Esta hecho de Nada, Sombra de Nada. La intenta detallar, pero es lo mismo que detallar el Sol. Todo lo que ve es una sola cosa y entre más la mira, más esfuerzo tiene que hacer para apartar la vista.
La aparta. La vuelve a mirar. Todavía esta ahí. En frente suyo con los brazos estirados. Son dos fantasmas cayendo. Uno detrás del otro. Ahora lo entiende, ella aún lo persigue. No parará nunca.

“Vete” le dijo, intentando gritar “no quiero verte más”

La Muerte no se hace rogar y se esfuma rápidamente. El niño pensó ver una sonrisa dibujada en la oscuridad, tal vez escuchó una risita. Ya no lo recuerda bien. Ha llegado al suelo o al menos está acostado en algo.
Lo primero que ve es la cabezota del Dragón que se asomaba por su espalda y lo miraba con atención. Parece estar esperando algo todavía. Se quedaron en silencio por un momento. El niño se encogió de hombros.

Paloma

El niño pensó en despertar, imaginó a las personas que lo recibirían, no los recordaba pero los veía a los dos sobre su cabeza, ninguno decía nada, lo miraban.
“No tengo nada que cantarles, que tal si me cantan algo uds? que tal si mencionan mi nombre? Soy nada, mis palabras son robadas.”
De las nubes no salió ningún sonido, se limitaron a desbaratarse. Estaba solo de nuevo. Entonces se permitió cantar.

Su voz era cálida pero sentía falsas cada una de sus palabras, no estaban escritas para él, ni él tenía a nadie a quién regalarselas. Solo necesitaba algo que gritar.
El Dragón lo miraba desde abajo. No entendía su intenso dolor, disfrutaba el sonido, lo arrullaba. Pero maldecía esa parte del niño que impedía que él lo disfrutara, cada uno de sus pasos eran tan pesados como si estuviera arrancando montañas, cada una de sus palabras eran heridas que se hacía a sí mismo y no sabía como parar.
Él tampoco, solo lo miraba.
Un inmenso muro transparente atravesaba el mundo ahora, el Dragón miraba volar a una paloma del otro lado, no lo hacía con gran estilo ni hacia piruetas de ninguna clase, de hecho, lo que más hacía era intentar levantarse del suelo luego de haberse estrellado a máxima velocidad contra la barrera, lo lograba despues de un rato y volaba solo lo necesario para repetir el ritual.
“Se dirige hacia mi” pensó el Dragón, “porque no viaja hacia otra dirección? porque quiere romper el muro? o no entiende que realmente existe?”
BAM!
Cada vez más debil es el golpe, cada vez se demora más en levantarse, cada vez tiene menos ganas.
Ahora ya no se levanta, se queda ahí un momento, tirado en el suelo, con el pecho subiendo y bajando agitadamente.
Parece estar pensando algo . . . tal vez esperando algo. Se escucha su grito. Se intenta levantar y lo hace pero solo hasta cierto punto, esta cantando, la melodía es conocida y dulce, pero se siente dolorosa y entrecortada. La música para. Se ha caído de nuevo. Se acomoda cada vez más al duro suelo de cristal.
Al otro lado, un inmenso reptil se lamenta por un dolor que no entiende y se pregunta sobre el niño que hasta hace solo un momento sentía sobre su barriga.
Está ahí, durmiendo al parecer.

Nubes de nada

El vuelo de un dragón es bastante diferente de lo que hubiera esperado el niño en su lomo, para comenzar, no es una buena idea permanecer en su lomo, de hecho es muy difícil. Las inmensas alas a cada lado se mueven con una lentitud y una fuerza indescriptibles, en medio de ellas todo lo que se siente son las ráfagas de viento que llegan de ambos lados y hacen una especie de remolino, y un vacío de estar cayendo de gran altura. Luego, al caer de las alas, el vacío se siente con la misma intensidad pero en sentido contrario, sumado a la aplastante fuerza de el lomo del lagarto apretándose contra las piernas, el pecho y la cabeza.

Lo único manteniendo al mareado niño en el lomo eran los gruesos pelos posados comodamente entre sus manos, eran gruesos y ásperos, bruscamente comodos. Uno tras otro, en medio de la confusión, los fue agarrando con toda la fuerza con la que podía, no pensaba en nada, su cuerpo había tomado el tipo de vida propia que despierta cuando hay una posibilidad inminente de muerte o al menos un buen totazo. La mente regresó en el momento en que llegó a la cabeza del dragón y se encontró con el par de enroscados cuernos que le servirían de soporte, pensó en treparlos, pero el cuerpo le ordenó rápidamente que se callara, la mente puede llegar a ser muy tonta.

Se sentó en el medio y recordó el intenso movimiento como algo en el lejano pasado, el cuello hacia las veces de amortiguador de forma que la cabeza apenas se movía, parecía arrullarlo.

“Adonde vamosss?” preguntó el dragón.

“No sé, todo es lo mismo, no?” respondió el niño sin ganas, que ya se había acostado e intentaba descansar

“Mmm . . . ssi”

“Entonces da igual” y cerró los ojos.

El dragón paró casi en seco.

“Entonces este lugar esta bien, bájate” dijo sacudiendo la cabeza. El niño definitivamente no esperaba algo así, mientras volaba por los aires apenas abría los ojos y sentía el vacío, en el momento en que la garra lo atrapó sintió pánico y cuando estaba en el piso solo desconcierto y confusión. Tardó un par de minutos en recuperarse, el dragón ni lo notó.

Pensó en reprocharle algo, pero se arrepintió, era obvio que no le importaba, tal vez ni siquiera había sido peligroso, el mundo estaba hecho de nubes, estaba hecho de nada, estaba hecho de él.
Así que en lugar de intentar discutir con el lagarto, lo miró, miró a su alrededor y se dispuso a intentar entender el mundo en el que estaba.
Notó que las nubes salían del hocico del dragón y que tenían la forma de sus pensamientos. Se sorprendió. Allí estaba el vacío, la garra y el pánico deshaciendose poco a poco. Vio un lagarto discutiendo y nubes con formas de nubes de nada saliendo de un hocico de nube.
Se sintió extrañamente violado, el mundo a su alrededor no estaba hecho de él, era él. Tendría que concentrarse para que fuera algo más que siluetas de pensamientos sobre el vacío.

Un mundo en blanco

“Me gusta pensar en lo que no existe, básicamente por eso . . . todo es básicamente por eso, incluso mi sincero desprecio por todo lo que sí. Tal vez me sentiría más a gusto si no existiera, si estuviera hecho de esa luz extraña que no ilumina sino que delinea la oscuridad, quisiera serlo. Quisiera ver a la Diosa y entender sus palabras, no ver al Vacío sino sentirlo y conocer al innombrable sin que me tome de la mano y me lleve a donde nadie va, quisiera solo estar ahí y escuchar los silencios que tiene para compartir, yo le podría decir otros tantos, tengo de sobra pero es difícil encontrar alguien que los sepa escuchar.”

Le dijo al dragón que estaba acostado a su lado. El inmenso blanco del mundo en el que se encontraban empezaba a transformarse con cada una de sus palabras, se sentía profundo y en un horizonte hecho de nubes de nada, se vieron las siluetas de montañas cambiantes como el pensamiento, se veían enormes de frente y muy pequeñas desde arriba. De la boca del dragón salió el humo de su respuesta. El mundo empezaba a tomar forma con él.

“En este lugar desierto solo existimos tu y yo . . . tal vez también el Vacío, no existe otra voz, no existe nadie más, no existe nada más. No puedo imaginar lo que no existe, pero puedo ver que nada existe. Como puedes desear silencio aquí? Silencio y Nada abundan en mi hogar, lo eran todo antes de tu llegada.”

“Pero no es real, ya me explicaste que este lugar es mío y creo que esta dentro de mi mente, tu eres quien yo no soy y todo lo que nos rodea es mi sueño. Solo espero despertar y volver al lugar donde la Nada es sutil y la Diosa me habla en un hermoso idioma que me atropella y me dirige por un camino que no logro ver con claridad. No me gusta mi mundo, pero es donde realmente existo, aquí soy solo una ilusión, aquí soy una proyección como tu.”

El Silencio aprovechó el momento para extenderse a sus anchas de nuevo, le gustan los momentos en que un universo comienza. Se posa sobre él y lo abraza con todo lo que tiene, como si no fuera a soltarlo nunca, se engaña porque sabe que los seres que los crean seguirán y seguirán creando y hablando, y chocandose unos contra otros, conduciendolo lentamente a un olvido extraño, en el que lo seguirán nombrando sin que realmente esté presente. Y así como así, se desvaneció o al menos en parte.

“Es extraño, no me siento del todo bien aquí, a pesar de la tranquilidad y la distancia que me separa del mundo que quiero tanto detestar. A este lugar le falta algo que no logro descifrar, como si algo pequeño que me trajera del otro mundo, pudiera hacer de este lugar, mi hogar perfecto.”

Las nubes ya estaban por todas partes, las veían en todas las direcciones, las respiraban y estaban acostados sobre ellas, incluso pudo haber ocurrido que los levantaran del suelo si pudieramos estar seguros que en algún momento hubo uno que no estuviera hecho del mismo material que las mismas nubes de nada.

“Ven, cuando necesito despejarme, vuelo”.

Dijo el dragón mientras ayudaba al niño a subirse a su lomo. Con un batir de sus alas apartó las nubes que se formaban a su alrededor y enseguida estuvieron por encima de ellas, viendolas pequeñísimas y tal vez lejanas.

“Todo se ve insignificante si te alejas lo suficiente” dijo con tono melancólico.

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