Un poco de calor
Ya no sentía frío. En el lugar en que se encontraba nunca hacía frío, pero era reconfortante encontrar de nuevo el calor. El vientre del dragón se sentía cálido e incluso a veces parecía brillar a travez de su piel, como un fuego sin llama, escondido tras escamas de metal.
Ahora era allí donde despertaba cada vez y por fin vivía sus sueños en calma. Cada vez se arrepentía menos de despertar. Seguía siendo un niño y el mundo seguía siendo de nubes de nada, de vapor y pensamientos. Ya no le sorprendía.
A lo lejos, muy arriba, entre las nubes, veía la silueta del gigantesco rostro. Aquel ser, en cambio, aún le parecía imposible. Su piel era metal sobre metal, su cuerpo era monstruosamente grande, cabrían millones de niños como él dentro de su vientre, sus piernas eran casi tan gruesas como su tronco y del medio de ellas, salía una inmensa protuberancia que continuaba hacia atrás y arrastraba su delgada punta llena de espinas por el suelo. Lo había visto batir 2, 4 y 6 alas, de diferente tamaño, hechas de una película muy delgada. Los pequeños brazos se movían ridículamente a gran altura, aunque en perspectiva, cualquiera de las pequeñas garras en sus extremidades podría jugar con él, como su mano con un insecto. Su cuello se alargaba y enroscaba a voluntad, permitiéndole cualquier posición a su cabeza, que por ser tan solo un poco más gruesa parecía darle un fin precipitado. Su pronunciado hocico parecía partido y formaba una esquina afilada en la mitad de su cara, sus ojos encendían las nubes y el mundo al abrirse. No había visto a la boca abrirse por completo, pero parecía el agujero más oscuro y aterrador que se podía imaginar. “De una oscuridad así sale la Luz” pensó al recordar el fuego que era capaz de escupir.
Pero lo más interesante, lo que no esperaba ver salir de allí, era esa larga tira de carne dura y carrasposa, con la que se brillaba la piel constantemente. Solo una vez quiso brillarlo a él, a un niño, a un insecto. La cara se acercó, la boca se abrió y de la oscuridad salió lentamente su lengua, presentándose con pausa y ceremonia. No quería asustarlo y se notaba. Aun así, quedó paralizado, tal vez por el miedo, tal vez el instinto de supervivencia, tal vez las dos. Esperó intentando cerrar los ojos, mudo e impotente, sin control de sí mismo. No se le ocurrió apartarse o hacer algún intento de evitar el contacto. No veía otro camino. La carne se meció junto a él y no pudo hacer otra cosa que abalanzarse contra ella y abrazarla. Incluso se atrevió a sacar su propia lengua.
El encuentro duró poco, miles de agujas secas y duras lo alzaron en el aire, lo atraparon cuando el Dragón intentó lamerlo suavemente.
La sangre brotó tímidamente de heridas menores, pero no le importó mientras volaba. Se debatía entre pensamientos de amor y dolor. “Hay mil y una formas de volar y no he probado más que algunas”.