Archivo de mayo, 2012

Nuevos seres

Esta es la sexta parte de SereS

 

Apartes de La Revolución Salvaje [Libro de culto pos-guerra]

PARTE I

Nuevos seres

 

Cuando las pastillas de la revolución tocaron las lenguas adolescentes, la fiesta de la selva comenzó y no fue detenida hasta que los dioses mismos se involucraron.

 

Fue en la era de la idiotez y el desamparo. En el culmen de una historia que no iba a ninguna parte sobre una raza que se estaba ahogando en su propio cuerpo. Las ciudades eran criaturas extrañas, para las que habían poblado la Tierra desde hacía siglos o más. No se movían, como plantas de raíces largas que no hacían más que crecer. Sus frutos eran duros y estériles, hechos para ser consumidos solo por los hongos más corrosivos en el interior de la Tierra. Su centro estaba lleno de las criaturas erguidas que se habían convertido en el terror de las vidas a su alrededor. Todas las otras razas suficientemente grandes para ser vistas con un mirada rápida de estas criaturas, sabía que eran de miedo. Tenían cientos de trucos bajo la manga. Todos aprendían la lección. Unos se hicieron sus amigos y sobrevivieron, muchos otros murieron, independientemente de si querían ser amigos, enemigos o solo tuvieron mala suerte.

 

Estas criaturas habían creado las ciudades y las mantenían. Haciéndolas crecer cada vez más. Como un monstruoso panal de abejas extendiéndose más allá de los árboles, con la diferencia que un panal tiene límites y si se cae por su peso y se quiebra, se pierde y a costa de la muerte de muchas abejas, la comunidad se reubica en otro lugar, en donde vuelve a crear un panal, desde cero.

 

Las ciudades estaban ya rotas, desde el principio y se seguían derramando sin ninguna consideración sobre la piel de la Tierra, un Suelo antes repleto de vidas silvestres. Con la llegada de los largos tentáculos de las ciudades, líneas de Nada, suelo estéril y plano para que todo pase y nada se quede, las criaturas erguidas iban tomando el control de las regiones y las vidas silvestres iban retrocediendo hacia la seguridad que dan las plantas y las sombras. Los humanos habían llegado y con ellos el desierto que llamaban hogar.

 

En el centro de las ciudades se decidían las futuras acciones de los humanos sobre el resto de la Tierra, puesto que habían tomado con los siglos, un gusto particular a jugar de la misma forma que Destino a modificar el paisaje, pero en estos casos, solo para la comodidad de su raza. Siempre fueron maestros en el arte de imitar las vidas a su alrededor, en sus inicios como simios aprendieron a repetir los gestos y movimientos de sus iguales y otras criaturas parecidas, luego lograron imitar cuerpos y habilidades imposibles para ellos, en prótesis y herramientas.  Pronto habían agotado su habilidad para copiar lo existente y se dedicaron a soñar, a crear aquello que se movía dentro de sus mentes.

 

El resultado fue la ciudad. Un ser superior, hecho de los sueños de los humanos que viven y se reproducen sin fin en su interior. Derribaron todo, acabando con todas las vidas que allí habitaban, como sacrificios insignificantes al gigante que se estaba formando, construido con roca, tierra y muchos de los cuerpos de otras criaturas. La ciudad le pertenecía solo a quienes podían entenderla y cada humano le pertenecía a ella. Vivos y creciendo entre la muerte y el vacío de un desierto que habían llenado con ilusiones. Oasis pintados sobre muros.

 

Las ciudades se apoderaron del mundo, creciendo hasta el punto de chocarse y unirse en seres cada vez más grandes y amorfos. Gigantescos monstruos estirando sus dedos largos en todas las direcciones, produciendo cantidades descomunales de desechos y devorando las vidas más frágiles y vulnerables a su alrededor. Los humanos en su interior dejaron de entender el papel que esas vidas cumplían en el mundo, se acostumbraron a verse a sí mismos, como reflejos de la Vida y el Destino, poseedores de la Tierra. Herederos de todo lo visible y lo invisible. No había nadie más. Ningún otro ser podía compararse con ellos y eso los hacía sentirse solos.

 

La soledad se convirtió en una sensación muy fuerte con el tiempo. Más fuerte que la sensación de victoria o superioridad frente a los otros seres vivientes, una vez derrotados, sus cuerpos y sus vidas pasaban a ser insignificantes, poseídas y vendidas por cualquier humano que se hiciera cargo de ellos. El sometimiento se hizo normal y el orgullo de verse por encima de aquellos parientes lejanos perdió todo sentido.

Era una sensación más fuerte que la duda eterna que los atormentó desde que comenzaron a hablar, entender y preguntarse sobre la razón de ser del mundo. Buscaban un dios que estuviera por encima de todo, presente en cada momento y guiándolos de alguna forma con su inmensa sabiduría desde los cielos.

La soledad pudo crecer en su interior porque era lo único que les quedaba,  después de la cada ilusión, cada movimiento pasional o cada revelación de lo desconocido, estaba la ella, esperando en sus conciencias, como una vieja amiga que se rehúsa a desaparecer. Los siguió desde el amanecer del pensamiento hasta su muerte.

 

Los humanos, atormentados por visiones de sí mismos, abandonados por algo antiguo y olvidado, se dedicaron a hablar más fuerte y crear ilusiones más grandes. Fue así como eventualmente llegaron a cubrir la ciudad de imágenes sin más sentido que distraer las mentes de pensamientos tortuosos. También diseñaron máquinas que hablaban con ellos o que los hacían hablar entre ellos. Sitios oscuros donde multitudes se reunían a olvidar la realidad y dejarse llevar por verdades o mentiras de otro humano.

 

Eventualmente, todas las formas de distracción o entretenimiento colapsaron en una sola máquina pequeña. La llamaron AUTO. Hacía todo por sí misma y de manera mucho más rápida y eficaz que cualquier humano. Su información era más precisa, sus deducciones más acertadas. Pronto, cada humano tenía un AUTO en su poder. La producción y el ritmo de vida crecieron instantáneamente, cada persona era capaz de mucho más, potenciados por su máquina. Les ayudó de manera similar a la invención de prótesis de cuerpo completo, muchos años antes. Estas prótesis los hacían capaces de viajar a grandes velocidades o atravesar territorios difíciles o extensos, ayudados por seres-máquina sin voluntad. Cuerpos vacíos que sobrepasaban los límites de los cuerpos humanos, al igual que los AUTO sobrepasaban la capacidad mental humana, sin poder decidir nada nunca.

 

La ciudad se alimentaba de estas máquinas, que la construían, reconstruían y ampliaban constantemente, cada vez con más eficiencia. Con la llegada de los AUTOs, estos seres-máquina obtuvieron una conciencia limitada e intercambiable que los hizo capaces de guiar a los humanos. La soledad parecía esfumarse ante seres de tan grande potencial.

 

Sin embargo, no todos compartían la utopía de la erradicación de la soledad en manos de creaciones humanas. Muchas personas se opusieron a cada paso del proceso, sin obtener mayores efectos. Hasta la Revolución Salvaje será olvidada con el tiempo, pero según muchos de los involucrados, sus efectos fueron irreversibles, mostrándole a la población su propia naturaleza, evolucionada y confusa, pero humana. Ante todo humana.

 

 

Tierra, Viento y Agua

Esta es la quinta parte de SereS

 

Tierra, Viento y Agua

[Fragmentos de los capítulos 2, 3 y 4, o 2 y 3, o 3, o 2 en la última numeración de la difunta autora, en la que el primero de los capítulos corresponde al número 0,  de la saga Hijos de Nada, mencionada en Una mujer de miedo]

 

En cuanto el gran Ojo del Cambio, Solo, disminuyó su velocidad lo suficiente, el resto de los seres a su alrededor empezaron a comportarse diferente. Su Voz los organizó. Antes habían sido montones de polvo vagando de un lado a otro, en dirección de cualquier otro montón de polvo que fuera capaz de atraerlos. Entonces el Ojo apareció, con un grito poderoso de energía pura que se derramaba a su alrededor, oponiéndose al Vacío, iluminando la oscuridad y moviendo lo inerte.

Tomó su posición, en una danza circular e hizo, por medio del ritmo de su grito perpetuo, que todos los montones de polvo a su alrededor bailaran de la misma forma. Moldeó sus cuerpos en formas redondeadas, girando una y otra vez, cada vez con más gracia. El Ojo logró la esfericidad perfecta, irradiando uniformemente a sus seguidores, mientras que los montones de polvo se estiraban y encogían una y otra vez, acercándose y alejándose de él.

En sus viajes, iban y volvían, girando a su alrededor, algunos logrando círculos casi perfectos, otros con caminos entrelazados, girando y chocándose con otros a otros montones de polvo o directamente al Ojo. Aquellos que se enfrentaron a sus iguales, tuvieron la posibilidad de unirse o desmoronarse y volar en pedazos. Los que se dirigieron directamente hacia el Ojo no tuvieron más opción que ser devorados por las llamas más ardientes.  Aquellos que sobrevivieron a eternidades de danza circular permanente, al mando del imperioso ritmo del Ojo, conservando su lugar y haciendo un camino cada vez más confiable, fueron los más afortunados.

 

Estas grandes masas de polvo, capaces de girar sobre su sombra sin descanso, disminuían lentamente en número sin saberlo. Simplemente se dejaban de encontrar. Porque eran tan pocas, que casi no se veían entre ellas, el gran Vacío lo cubría todo. Solo veían al Ojo, que las envolvía con su Voz, que derramaba energía y calor. Irónicamente, Ojo nunca las vio a ellas, ensordecido por su grito y cegado por su luz, le era, es y será siempre imposible sentir o entender algo más allá de la enorme cantidad de Cambio fluyendo en sus propias entrañas y hacia afuera.

 

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El gran Ojo del Cambio, a quién llamamos Solo o Sol, fecundó con su Voz desde el principio a todos los montones de polvo que lo escucharon. La mayoría tuvo su primogénito al terminar de redondear su contorno. De todas esas criaturas de polvo y roca, la más cercana al Ojo, le da vueltas y vueltas, con una rapidez única, empapándose en su calor. La siguiente se acerca lo suficiente para calentarse y baila lento, sin mostrar su piel. La tercera en cercanía, es nuestra Madre, quién tuvo no solo un hijo, como la mayoría de sus hermanas, sino dos. El primero, Viento, era muy similar a todos los otros primogénitos, quienes de inmediato tomaban el mando de la superficie de sus mundos y se encargaban de mover todo de un lado al otro. Pero la segunda, Agua, fue la que hizo posible que todo lo que ahora conocemos.

 

El tamaño de la Tierra hace que sus pensamientos y acciones toman mucho más espacio y tiempo o energía, de lo que nosotros, sus diminutos descendientes podemos entender. Similar a los pensamientos del gran Ojo, pero la Tierra no tiene tal poder, ni puede pronunciarse hacia el resto de una forma parecida, su voz no es más que el reflejo de la Voz del Ojo. Solo puede afectar a quienes estén muy cerca o directamente sobre ella. A sus hijos.

Así que la Tierra bailó por cientos de edades y en sus movimientos estaba el cambio de su cuerpo, hecho de miles de cuerpos de otros seres que vagaron por el mundo, viajando y chocándose, uniéndose en nubes de polvo sin rumbo.

Solo al encontrar su lugar en la Tierra y bailar al ritmo del Ojo, pudieron detenerse y observarse mutuamente. Cuerpos entrelazados en una danza unificadora. Un nuevo ser se estaba formando y ninguno de sus partes era conciente de ello. Cada uno era completamente diferente, de metales ligeros y pesados formados en explosiones al otro lado de la galaxia. Después de nacer, cada montón de polvo cambiaba de dirección muchas veces y la explosión que lo enviaba hacia el Vacío se apagaba rápido. Todos habían chocado millones de veces, perdido pedazos de su forma original y viajado por milenios con partes de otros que iban quedando, haciendo nubes complejas de metales que solo algunas veces lograban soldarse bien.

En la Tierra se encontraron millones de pedazos de metales diferentes y no pudieron separarse más. El baile los volvió uno solo. Se diferenciaban entre sí por densidad, así que los más pesados fueron rápidamente a encontrarse  en el centro, a juntarse y fundirse en el calor de su unión. Sus movimientos crearon el ojo interno de la Tierra, despertándola desde adentro.

 

-*-

 

En la superficie se quedaron las rocas más ligeras fundiéndose en gradaciones de colores y texturas que se hacían cada vez más sencillas. El cuerpo antes desecho en las ruinas de millones de accidentes sin sentido, ahora cobraba una forma cada vez más perfecta.

El Viento es quién se apropió de las regiones superficiales, nacido de los accidentes más grandes, donde el aire podía correr con demasiada facilidad. Presenció la transformación desde que la Tierra aún no tenía un ritmo propio, la tomar todo lo pesado hacia adentro. La mayoría de su tiempo lo invertía en suavizar su piel con su delicada caricia. Se sentía pequeño junto a su Madre, pero podía abarcarla con sus largos brazos y sentir el calor que provenía de ella.

 

-*-

 

Mucho tiempo después, cuando la Tierra estuvo lista y el calor enviado por el gran Ojo en el cielo fue justo el necesario, de su vientre salió Agua. La hija más pura y cristalina que pudiera haber imaginado, en ella la belleza tomó cuerpo.

Agua creció y pasó por cada rincón de la inmensa Tierra, ayudada por su hermano Viento, quién jugaba y correteaba con ella cada vez que podía. Le enseñó el camino hacia arriba, más cerca al Ojo lejano, dejándose llenar de su calor. Ella le mostró como podía crear túneles y pasajes, con una fuerza  que Viento no había visto nunca antes. Juntos, corrieron y volaron, destruyendo y creando a su antojo, en un juego de eras, cuando aún la Madre Tierra era joven y los jóvenes dioses no sabían de su propósito.

Pero algo intuía Viento, quién más adelante sería llamado Destino, pues vivía en las alturas y conocía la forma de su Madre. Era ovalada, no del todo redonda. Por alguna razón, esa forma le daba la sensación que algo más debía salir de ella. Ya habían nacido Viento y Agua, podrían nacer más. Más dioses como ellos,  hermanos en perpetuo juego y baile, imbuido en la naturaleza de todos.

 

 

Infancia desmedida (Antes de la Guerra)

Esta es la cuarta entrega de SereS

 

Infancia desmedida
[Fragmento del diario de Pedro, sobre los días de antes de la Guerra]

 

Cuando era niño, mamá solía invitarme a sus reuniones. De amigos o familiares distantes, algunas veces fui a su trabajo o a eventos elegantes donde tenía que usar un traje de juguete, que a ella le encantaba mostrar. Yo lo usaba orgulloso, porque además era común muchas personas se facinaran de ver a un niño pequeño disfrazado de etiqueta.
Me acostumbré a observar a la gente. Nunca había otros niños en esos lugares, algo que yo no logré entender hasta después de mucho tiempo. No estaba acostumbrado a la compañía de otros niños de mi edad, eran interesantes y divertidos, pero su lugar estaba restringido a las largas horas de colegio. El resto del tiempo, giraba alrededor de las personas que realmente gobernaban el mundo, es decir, los adultos, es decir, mi mamá y sus amigos. Cada uno tenía algo característico. Mamá tenía 2 amigas que siempre estuvieron a su lado, hasta que una murió y otra sucumbió a la locura, mucho antes de aquel día, en que la vi por última vez, ya transformada por el peso de la muerte, en un cuerpo disminuído y enroscado, en una posición fetal tan rígida que no permitió su entierro en un ataúd. El fuego la consumió. Que diferencia hace?

Sus amigas la envidiaron toda la vida, eran una flaca con un lunar sobre el labio y otro bajo el ojo y una gorda de cachetes y labios gruesos y enrojecidos. Parecían hermanas, con sus pelos rizados cambiando de formas y colores permanentemente.
Esas reuniones eran las más comunes y las que primero conocí, pues desde que tengo memoria, la visitaban en casa y duraban horas hablando y tomando café. A mí, la gorda me daba galletas y dulces, a veces sin que mamá viera. O me decía donde podía encontrar más y me escondía chocolates especiales para que yo los descubriera como tesoros enterrados.

Yo hacía piruetas y muecas para conseguir sonrisas y abrazos. Me encantaban los dulces, pero cuando la flaca me tomaba en sus brazos y me sonreía de cerca, yo me paralizaba en un éxtasis absurdo, en que solo podía mirar sus anillos, grandes y aparatosos en esos dedos delgados, ella me apretaba y comentaba de mi cara tierna, como al aire en general, mientras que yo sonreía como un idiota, mirando las pequeñas calaveras y espadas que adornaban esos anillos y las gemas oscuras cubiertas en telas de araña de metal.

Cuando crecí y empecé a salir con mis amigos, ellos ya salían desde años atrás y hasta hacían otras muchas cosas que no podían contarme por mi naturaleza inocente. Yo percibía algo de eso, pero por alguna razón, controlaba mi tímida curiosidad y confiaba en su juicio.
En ese entonces, entendí que había pasado demasiado tiempo con mamá. Solo la conocía a ella. Compartía su visión del mundo por completo porque nunca conocí otra diferente.
Ese pensamiento fue la primera grieta en mi concepción del mundo, en que todo parecía tener sentido perfecto. El sentido que mamá le daba. Aparentemente.

Dejé de aceptar sus invitaciones a visitar viejos amigos o familiares. Pero tampoco salía tanto con mis propios amigos. Siempre tuve la impresión de ser visto como un humano extraño, una mala representación de la especie, alguien que no pertenece a ninguna parte, un extranjero perpetuo. Me sentí un extranjero en mi vida con la primera grieta y el sentimiento se agrando con ella, más y más durante los años. En ese entonces lo que hice, como siempre, fue dirigir mi atención a las máquinas. Ellas entienden exactamente lo que deben y pueden hacer. Puedes confiar en ellas. Así que me sumergí en el mundo virtual, que existe gracias a ellas. En él se encuentra el juego más complejo diseñado por el hombre. Una segunda realidad, capaz de imitarlo todo afuera, por supuesto, pero muchas cosas más. En ella, la segunda realidad, caben Verdad y Mentira por igual, no es necesario hacer la diferencia. Cabe la imaginación y lo inimaginado. Es un juego que contiene infinitos juegos, igual que la Realidad en la que vivo.
O lo era, antes de la Guerra. Ya no parece un juego. La Verdad y la Mentira son partes de la Realidad ahora, no se pueden separar.

Mamá dejó de trabajar un día y creo que desde ese momento empezó a enloquecer. No me importó al principio, acostumbrado a sus desequilibrios e incongruencias, como cualquier humano. Se desesperaba, pasando trabajar en multiples proyectos relámpago a la vez, a no poder hacer nada, en un estado de parálisis deplorable en que solo podía mirar a las paredes y dormir. Creo que nadie más la vio así. Solo yo. pero a mí no me importaba, esa era su forma de funcionar, al menos mientras se adaptaba al cambio. Pero nunca volvió a ser la misma.

Me fui de esa casa cuando pude, como era esperado de cualquier joven. Creo que se sintió especialmente mal en esa época. Yo la visitaba periódicamente, pero tenía una nueva vida que comenzaba a funcionar por sí misma y ella me ponía nervioso, parecía muy angustiada por nada. Todo el tiempo.

Imagino que por eso buscó la calma de las drogas. Por ese tiempo, su amiga flaca estaba muriendo de una enfermedad incurable que no logro recordar. Solo la visité una vez. Un extraño DejaVú se apoderó de mí, mientras me abrazaba sonriendo, mucho más debil ahora, comentandole a mamá lo grande y bello que me veía. Me paralicé por razones diferentes, su olor y tacto me producían repulsión, y por instinto miré de nuevo los anillos.

-Te gustan? escoge uno- me dijo, tal vez hablandome por primera vez. Le respondí con una sonrisa y elegí el de la calavera. No pareció importarle, pero su mano se veía desnuda.

Murió poco después, dejando a mamá y a su otra amiga, la gorda, con unas buenas dosis de morfina que de alguna forma habían sacado del hospital.

Eso no me gustó. Se volvieron un par de desquiciadas, desde incluso antes de irme de la casa ya habían probado otras sustancias más recreativas. Una noche encontré a mamá llorando en el patio, mirando al cielo y balbuceando lo que me imagino que era una charla con su dios, cualquiera que fuese. Le pedía perdón y ayuda, le pedía una explicación, recibiendo a penas la suave caricia de la brisa. Esa noche me enteré de quién era mi padre, tenía una mirada especial al parecer, mamá lo repetía una y otra vez con una sonrisa del pasado que ahora solo era una mueca de nostalgia y rabia. “El Mono” le decían, pero se llamaba igual que yo. Pedro. Eso me hace a mí Pedro II. El pequeño. Buena hora de saberlo. No pude sacarle más información que sus frases sin sentido. Nos quedamos mirando el cielo, en un silencio que me penetraba en los huesos. No solía hablarme de sus cosas, lo más común es que me dijera que hacer y cómo. No le gustaba parecer vulnerable. Pero ese día y esa noche, la encontré pequeña, metida en sí misma como nunca antes, su mirada que siempre estaba atenta a cualquier movimiento y era capaz de paralizar a quién se la devolviera, ahora se encontraba perdida, como buscando algo entre la grandiosidad del cielo. Cuando me habló, lo hizo como hacia sí misma, abriendose a mí como nunca antes. Del todo sincera. Y luego, cuando calló, sentí que no era el silencio tosco y rudo del que se rodeaba cuando quería estar sola, cuando terminaba de decirme lo que debía comunicarme. No. Este silencio me incluía, era algo más que estaba diciendo, esas palabras que no podían ser pronunciadas. Eran dudas, inmensas, de las que nunca quiso reconocer antes. La abracé y la dejé dormir. Algo había cambiado en ella. Nunca volvió a ser la misma, había encontrado la locura dentro de sí.

Tiempo después encontró la forma de sacarla, con su trabajo constante en pequeñas historias sobre sus dioses. Trabajó años, enloqueciendoce paulatinamente sobre las mismas historias que escribía y reescribía hasta el cansancio cada día. Nunca terminó. Su amiga gorda se volvió loca por otras razones, mamá hablaba de la soledad y la falta de cariño. Solo la ví una vez sin su máscara, siempre había pensado que su sonrisa amplia, en esos cachetes rosados y bonachones le salían por naturaleza, pero en el borde de la locura, la vi de nuevo, entrando con pasos tímidos y con una expresión que intentaba levantarse y sonreír sin poder hacerlo, cansada de fingir, derritiéndose en los gestos más melancólicos que he visto. Me miraba con cariño y solo hablaba de hombres. Los que nunca tuvo cuando era tímida y los que la destrozaron cuando logró que entraran en su vida. Su risa se partía, me daban ganas de acompañarla y reírme yo también hasta el llanto, pero solo podía sonreír. Ella no podía más disimular su dolor y yo tampoco podía dejar de sentirlo.

No sé que habrá pasado con ella. Mamá dejó de hablarle, sus locuras no se entendían entre sí. Mamá se volvió loca por los animales, a los que mantenía por jaurías alrededor de su casa, mientras que a su amiga le interesaba verse bien arreglada y dispuesta para la vida social.

Mamá murió tiempo después, ahogada en sus palabras y las vidas de sus animales. La recuerdo perfectamente, pero no quiero. No hubo nada que pudiera hacer. Ella estaba ahí, parecía dormida y no había nada que pudiera despertarla. Su partida no era parte de ningún juego, solo un evento, real e inapelable. No había nada que hacer.
Yo me olvidé de todo aquello y me interné en las máquinas. Solo necesitaba jugar. Día tras día, hasta que mi cuerpo lo hacía sin necesidad de mi mente, para que esta divagara. Entonces me dejé llevar. En el olvido encontré la vida que quería. Sin un sentido absoluto, sin un rumbo ni un objetivo. El juego era todo y todo era juego.

Entonces llegó la Guerra y mi infancia terminó.

 

 

Seres Vivientes

Esta es la tercera parte de SereS

 

Seres Vivientes
[Último episodio de la saga Hijos de Nada mencionada en Una mujer de Miedo, el segundo en ser escrito]

 

Nadie antes pudo imaginarse como serían los hijos del Agua. Ni la Madre Tierra que la sostiene desde su nacimiento en su vientre, ni su hermano Viento que danza con ella y la alza sobre el horizonte, dibujándola con su toque ligero, ni su padre el Sol, Ojo de Cambio y fuente de toda la energía, podía imaginar a las pequeñas criaturas que dentro de ellas se formaban, puesto que aunque la poderosa voz del Sol y de todos los Ojos en el cielo atravesaban el eterno Vacío en todas las direcciones, eran ensordecidos por ella misma, enceguecidos por su luz. De modo que el Sol nunca conoció la Vida o el Destino, ni su Madre, preñada por el Cambio que enviaba en su grito interminable.

Nadie pudo imaginarse a los Seres Vivientes, como los llamó la Sombra que surgió de la Nada al principio del mundo, nadie excepto la Nada misma. El Vacío, infinito y eterno como nada más podría serlo. Tal vez lo supo desde el principio, pues se dice que está en todas partes y lo sabe todo, aunque nunca se pronuncie, pues todo sale de él de alguna forma. Eso explicaría el envío de la Sombra y las implicaciones que tuvo después.

Ni Viento ni Agua, o Destino y Vida, como los había bautizado Sombra, sabían exactamente qué había sucedido. Habían crecido y madurado durante eras, en un baile que moldeó la Tierra. Sabían que estaban destinados a algo más y su danza se sentía incompleta, de una forma incierta y borrosa. Hasta que una silueta salida del lado oscuro de todas las cosas se unió a su baile. Sin ceremonia, como una broma de un humor extraño y hueco. Pero fue entonces cuando surgieron las criaturas, Agua las sintió de inmediato. Eran una parte de ella y parecían estarse rebelando.

Durante mucho tiempo, Vida tuvo a sus hijos dentro de sí, cuidándolos incluso de Destino. Nutriéndolos y sintiéndolos crecer. El soplo de Destino los trasladaba de un lugar a otro por un momento y los devolvía a Agua.

 

Sombra no volvió muy a menudo, aunque a veces se le veía hablando con las pequeñas criaturas, las tocaba y las atravesaba con facilidad mientras les susurraba consejos y bromas pesadas diseñadas para cada especie. A las criaturas parecía gustarles el contacto con él y cuando se marchaba, era usual que surgieran cambios fuertes en los pequeños a quienes había tocado.

Así fueron creciendo, poco a poco se fue haciendo claro que Sombra no estaba ausente, sino que trabajaba de forma localizada, puesto que su influencia empezó a sentirse en el desequilibrio de las criaturas, cambiando con más rapidez y de formas extravagantes. Todas las veces, sin equivocación, las criaturas más fuertes y más débiles, habían estado en contacto con él.

 

Eventualmente, la primera de las grandes familias de criaturas, aquellos con Raíces, salieron de Agua, de manera muy lenta, tomándose generaciones enteras para asomarse, guardando vida en su interior y creando conductos. Solo para sentirse bañados en la dulce canción del Sol, pura, sin haber sido distorsionada por Agua.
Muy pronto, los Seres con Raíces poblaron la Gran Madre, succionando la Vida de la Tierra y alimentándose del Sol.

Al igual que la Madre Tierra, Agua amaba a sus hijos de una manera ciega y total, sentirlos moviéndose en su interior le hacía sentirse satisfecha de una manera sencilla pero absoluta. Viento en cambio, parecía no notar la diferencia. Su mirada fija y su ceño fruncido no se habían suavizado y su baile seguía siendo el mismo. Tenía curiosidad, en ver como crecían, los Seres Vivientes, los Hijos de Agua, pero por alguna razón, no les tenía un cariño especial.
Solo Sombra tenía algo que decir, pero no en voz alta. A Viento le decía poco, era con quién más se encontraba, sobre la superficie de la Tierra, puesto que su mirada atenta era capaz de distinguirlo desde las alturas. Pero no se hablaban mucho, Destino parecía saber que había detrás de la Sombra y a Sombra no le gustaba la falta de sentido del humor de Destino.
Con Vida en cambio podía hablar muy fácil, dejaba que dijera lo que quisiera. Agua iba de un lado al otro, diciendo mil cosas a la vez y Sombra podía estar ahí o no, a veces le comentaba sus pensamientos, pero no era necesario. Ella solo hablaba de sus infantes, describiendo la formas que tomaban o los rápidos y ágiles movimientos que hacían, trastornada por completo por cada pequeña cosa, sin importarle quién escuchara. La oía Destino en las alturas y fruncía el ceño, su eternamente benevolente Madre le ponía especial atención y asentía con calma. Sombra, siempre escondido del Sol, esperaba las pausas de sus monólogos y le susurraba su humilde opinión. Esto no lo escuchaba nadie más, solo ella y tal vez algunas de las criaturas, pues eran demasiadas para esconderse de ellas.

La visión de Sombra era muy diferente, para él los Seres Vivientes eran el final de la paz y la tranquilidad sobre la Tierra. A él no le importaba por sí mismo, puesto que nada le afectaba (aparte del Sol, pero nunca pronunciaba ese nombre, ni mucho menos Cambio), pero en el interior de Vida, le profetizó su perdición, en manos de sus hijos. Y por segunda vez, su voz se hizo sólida y se esparció por todo el cuerpo de Agua, en forma de una nube de ceniza. Las criaturas se comieron la mayoría, sin pensarlo.

Fue entonces cuando Sombra se percató de como sobrevivían estas criaturas, ya sabía que eran únicas y separadas del resto, al contrario de los dioses que no se definen fácilmente y se atraviesan unos a otros permanentemente, sin poder diferenciar con claridad ni siquiera las acciones de cada uno. Por eso, estas criaturas no tenían conciencia de quienes eran ellas o quienes las rodeaban, solo debían preocuparse de su necesidad, lo que les faltaba en cada instante.
Ahora veía cómo iban a condenar a los dioses antiguos, mucho tiempo después. Iban a devorarlos. Como desde ahora hacían con Vida. Como se devoraban entre ellos. No les importaba nada. Se lo devorarían a él si pudieran. En las alturas Destino frunció el ceño.

 

Después de eso, Sombra volvió a desaparecer por un tiempo. Las criaturas estaban cambiando y reproduciendose por montones. Cada vez habían más y diferentes. Muchos empezaron a asomarse más allá del agua y sentir la fría caricia de Destino.
Los primeros descubrieron que dentro de Vida es mucho más fácil moverse que afuera.
Tendrían que cargar toda la Vida que pudieran adentro y volver a abastecerse permanentemente. El alimento tampoco estaría flotando a la vista, habría que buscarlo. De otras formas, en otros lugares, con otra lógica.

De aquellos pioneros que se arriesgaron a morir, respirando el aire seco y sometiéndose a Destino, surgieron varias familias, de diferentes formas y entenderes, que también viajarían alrededor de la Gran Madre entera y la cubrirían con sus hijos.
Las dos familias más fructíferas lograron salir al recubrir su cuerpo con escudos muy fuertes o organizar sus miembros a partir de un solo tronco en la mitad de su cuerpo.
Eso los dividía, pero el resto del mundo también. Algunos crecieron alas, otros patas, 4, 6, 8. Cada criatura debía encontrar algo en el mundo, un camino sobre la piel de la Gran Madre, que lo conduzca a otra Vida, en el ambiente o en otro cuerpo. Cada una pensó que su forma de Vida era la única que tenía sentido en realidad y al reproducirse, cambiaron a sus hijos con el aprendizaje escrito en su interior.
El Suelo se tragó los cuerpos, pero la Madre Tierra los devolvió en alimento y nutrientes para que cada vez fueran más fuertes.

Sucedió que eras después, cuando ya se habían creado sistemas cíclicos muy definidos para la Vida de las criaturas, algunas de las más longevas de troncos en sus espaldas y ojos abiertos, empezaron a buscar a los dioses. Los habían olvidado.
Empezaron a vagar por la Tierra y a dominar al resto de criaturas, a quienes llamaron Animales.

Agua no dijo nada. En este punto había adoptado una actitud igual a la de su Madre, sonreían benevolamente y asentían a cada movimiento de cualquiera de sus hijos.
Destino frunció el seño una vez más, concentrado en su trabajo. No lo había visto.
Una vez más Sombra había logrado engañarlo y pasar desapercibido. Tal vez estaba viejo y cansado, es verdad que ya no tenía el ímpetu de su juventud, pero sabía con seguridad cuando alguien había sido tocado por Sombra.
Se había escondido por eras enteras, trabajando en alguna parte, algo especial. Era un hijo del Vacío. Le urgía entenderlo, pero le era del todo imposible. Estaba seguro que el Vacío solo quería engullir el Cambio. Cuál era el objetivo de lo que Sombra cambiaba?

Estaba dentro de ellos. Tal vez lo estuvo por eras. No tenía forma de saberlo. Lo veía en sus pequeñas cabezas, deslizándose a travez de sus troncos, en sus pechos, en sus pélvis, a algunos pocos se les podía ver con Sombra en sus manos. Ahora ellos lo buscaban, fuera de sí, para nunca encontrarlo y dirigirse hacia el Vacío. Con el ceño más apretado que nunca sacudió a su hermana una vez más, en el baile más agresivo y descuidado que alcanzaron a conocer estas nuevas criaturas. Murieron muchos, pero no todos y Destino supo que Sombra lo había vencido en un juego que no lograba entender del todo. Él. Decidió entonces ver y escuchar a los Humanos, las criaturas que cargaban a Sombra en su interior. Los siguió y aprendió los nombres que los devotos del Vacío le daban, Suerte, Azar, Caos. También logró escuchar de Sombra, escondido bajo la piel humana, algo sobre el Deseo, pero le pareció que la llamaban Alma.
Destino nunca pudo entenderlos, pero como Viento, sopla, de todas maneras.

 

 

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