Archivo de abril, 2012

La Sombra

Esta es la segunda entrega de SereS

 

La Sombra
[Fragmento del capítulo La Sombra, el primero en ser escrito, el pen-último en la línea de tiempo de la saga Hijos de Nada mencionado en Una mujer de miedo]

 

-He ahí al Viento- resonó un pensamiento, escondido en algún rincón de la inmensa Madre Tierra. -He ahí el Agua- su voz era profunda y rasgada, cada sílaba agredía y se burlaba de sus interlocutores. -He aquí la perfección, la medida sagrada, el codiciado equilibrio. He aquí lo imposible. Me encanta. Me encanta-.

 

La voz resonó en la Tierra entera, como si saliera de las rocas y las lagunas, de las cavernas y los prados fértiles aún sin florecer por primera vez. La Madre Tierra la escuchó y lo sintió venir de sí misma como todo lo demás. Tenía otro hijo, no lo había sentido venir pero ahí estaba. Y lo acogió, sin saber nada de él, lo acogió como su tercer hijo, a esa gran voz que la hacía estremecerse. Le encantaban esas voces.

El Viento también lo escuchó en medio de su baile eterno en los cielos. No dejó de moverse, como si ya lo supiera y tal vez lo estuviera esperando. Había estado danzando con su hermana por eras enteras, sin sentir que sucediera nada. Madre Tierra los ama de todas formas y su padre Sol sonreía todos los días, pero faltaba algo. Su hermana, Agua sintió la vibración de cada palabra y como si estuviera en un trance, se dejó llevar por las ondas.

 

La voz parecía provenir de todos los lugares a la vez, pero Agua conocía cada escondite y cada hoyo debajo de cada roca. Ella había creado la mayoría. Viento podía decir que causaba erosión y que conocía el mundo desde arriba, pero ella sabía que tan hondo iban los pozos y conocía de cerca el corazón de su Madre, el frío que te congela y el calor intenso que se guarda debajo de su piel. Nadie conocía a su Madre como ella, nadie podría esconderse.

Era verdad. Mientras Agua se dejaba llevar por las vibraciones dejadas por la voz, persiguiéndolas hasta rocas y cavernas inertes, Viento le mandó un mensaje desde las alturas. -Ya lo has encontrado, hazlo salir-, sus palabras hicieron de Agua una tormenta, que se estrelló una y otra vez contra las rocas que estaba examinando. Hacía tiempo había aprendido que su hermano mayor, aunque difícil de entender, generalmente sabía lo que estaba pasando y ofrecía una solución. Agua en cambio, solo tenía curiosidad. Su hermano era demasiado críptico y su Madre amaba sin pensar, Agua necesitaba de alguien más, de otro ser u otros seres con quienes compartir la existencia. La voz la llenaba de excitación. Le parecía que marcaba el comienzo de algo diferente, ese ser extraño, escondido detrás de todo.

 

-Quién eres? Eres nuestro hermano?- exclamó Agua, en medio de una tormenta que no cesaba. En lo alto, Viento movió los labios en un gesto largo de melancolía, como lamentándose y resignándose para siempre.

-Hermano? Sí, lo soy. El último hijo, el que no puede faltar- La voz retumbó de nuevo y la tormenta contuvo su aliento -Soy la encarnación de mi padre que se extiende desde el principio hasta el final de todo. Pueden llamarme Sombra.

-Tu padre? De quién hablas?- Respondió Agua con ingenuidad. Viento que todo lo escucha, quería detener el tiempo mismo, que dejaran de hablar, dejar de estar presente, algo. Pero la tormenta danzaba sobre las rocas y la Sombra se alzaba en la mitad, con un cuerpo casi sólido, erguida como una criatura minúscula, pero con la dignidad de quién no tiene por qué temer.

-Mi padre es el Vacío. Es el padre de todo. Algunos se olvidan y por eso debo recordarlo. Está presente en todas partes, es el único que lo sabe todo, lo que es y no es. Lo que puede ser y lo que nunca será. Yo no soy más que una Sombra de su inmensidad.

 

Agua y Viento se quedaron inmóviles. Sombra parecía estar dispuesto a hacer algo. Ninguno de los dos sabía a qué se refería con eso. Ambos les dieron sus nombres y lo saludaron formalmente, pero se quedaron esperando algo más.

Sombra se encogió de hombros, ya sabía sus nombres. Eran jóvenes aún, podía seducirlos fácilmente. Con una risa especial, elevó su figura y bailó con la tormenta.

Tomados por sorpresa, Agua y Viento se detuvieron y vieron a la Sombra describir perfectamente las formas de la tormenta en un reflejo amenazador de su baile. La Sombra rió un poco más y se disolvió en millones de puntos negros que volaron con la más delicada brisa de Viento y se hundieron en Agua o en Tierra al caer.

En algún punto de ese baile, surgieron los primeros seres vivientes. Se alojaron en Agua por mucho tiempo. Sombra apareció de nuevo muchas veces, en momentos decisivos y logró una gran amistad con Agua a quién llamaba Vida, y una relación de rivalidad algo problemática con Viento, a quién luego llamaría Destino. Sabía algo más, algo invisible e intocable, algo que estaba en todos ellos, escondido en lo más profundo de sus seres.

 

 

Una mujer de miedo

Este es el inicio de la serie SereS

 

Una mujer de miedo

 

No era una mujer normal, ella. Era una señorita de miedo. En sus ojos azules se podía distinguir la fría crudeza de la verdad misma, la justicia y el futuro. Sus palabras ardían en los oídos. Su belleza era salvaje, hacía que las mujeres la odiaran o amaran de inmediato y que los hombres dudaran de todo lo antes conocido ante su presencia.

No muchas personas la conocían. Era en realidad una persona reservada, pero muy poca gente se dio cuenta, por su gran habilidad para hacerse notar en público. No es que fuera extravagante, solo que su presencia, su voz y sus palabras eran capaces de atravezar todas las barreras y hacerse escuchar.

Vivía en un pueblo pequeño, desde poco antes del nacimiento de su hijo. Pedro le parecía un niño simpático y bonito, pero le faltaba algo de fuego, algo de emoción, pasión por la vida. El niño era sumamente inteligente y tenía algunos amigos, aunque no salía con todos los niños del barrio. Lo que a su madre le preocupaba algo por su salud mental, pero le alivaba mucho por las influencias a las que podría ser expuesto. El caso es que Pedro casi no necesitaba o pedía compañía. Se sentaba por horas en el pasto, mirando hacía el cielo, viendo los pájaros y las mariposas. Hablaba con las vacas y  había comenzado a conversar con los árboles frutales. No le gustaba hacer nada, ni comer, ni bañarse, ni dormir, ni hablar con personas.

Su madre era capaz de dar múltiples explicaciones a los demás, pero no encontraba la forma de hacer que su hijo despertara y se volviera un niño normal, lo máximo que había podido crear era un sistema de juegos. A Pedro le encantan los juegos, así que por medio de puntos y victorias, era capaz de lograr que Pedro hiciera ciertas cosas, como arreglar su cuarto, hacer las tareas o ir de visita a la casa de un amigo, pero al hacerlo se sentía un poco rara, el hecho de darle objetivos para cumplir en estas visitas (como jugar algo nuevo o preguntar sobre la opinión de alguien o descubrir que hace feliz a alguien y hacerlo, etc), podía modificar seriamente las interacciones de su hijo con el resto del mundo, pero de alguna forma pensaba que era mejor que dejarlo ahí solo, hablando con cosas inertes.

Así se fueron creando juegos y juegos, que se volvieron más y más complejos a travez de los años. Eventualmente Pedro empezó a crearlos para sí mismo y su madre dejó de entenderlos. Ya era suficiente con dialogar de cualquier tema o situación por resolver, para que Pedro diseñara, con muy poco esfuerzo, un juego que guiara sus pasos o los de cualquier jugador hipotético, al logro de sus objetivos, mientras se divertía.
Lo extraño es que estos juegos no divertían a nadie más que a Pedro, quién disfrutaba más la planeación y el resultado final que del juego en sí.

Su madre intentó olvidar todo el asunto tan pronto como pareció razonable. Había tenido que masticarselo todo por años, estaba feliz de tener algo de paz mental. Se había vuelto una mujer más rígida y cruda, y a diferencia antes, en su juventud, las personas a su alrededor eran capaz de verlo y no se sentían naturalmente inclinadas a acercarse.
Sus trabajos habituales, en relacionar hombres de poder que se odian entre ellos porque odian al mundo entero y a ellos mismos en particular, se estaban acabando, había nuevas caras bonitas, capaces de sonreír, hablar múltiples idiomas y vender la dignidad propia y ajena a buenos precios, le estaban robando de su modo de vida, cómodo y feliz.

Así que mientras Pedro, en su juventud, estudiaba a las máquinas y les enseñaba juegos a la vez, para que ellas pudieran reproducirlos para cualquiera, su madre saldó todas sus cuentas y engañó a la mayoría de sus clientes, con historias sobre su hijo, enfermedades y aflicciones que nunca mencionó directamente, pero insinuó con delicadeza suficiente para incomodar a la gente de dinero y hacer que soltaran algo sin hacer más preguntas. Era una excelente vendedora.
Pedro no se dio cuenta del tamaño del golpe hasta mucho tiempo después, cuando entendió que su madre había dejado de trabajar ese día. Por completo. La época de frustración y desespero que la siguieron, nunca fue por falta de dinero, sino por no saber que hacer con una libertad sospechosa, que la invitaba a la holgura.

Por meses la vio armando negocios e intentando hacer publicidad que no llegaban a ninguna parte. Hasta que una noche, la vio sentada afuera, mirando las estrellas, con solo la pijama puesta. Era obvio que estaba bajo la influencia de sustancias psicoactivas, hablaba del cielo, la tierra y la hierba como si fueran preciosos. Pedro se sentó a su lado y la escuchó. Le habló de su padre, le decían el Mono y era el hombre más gentil y servicial del mundo. Le habló de su pasado, de sus miedos. Le habló con el silencio y luego se durmió. Pedro la acomodó en su cama y por primera vez pensó en quién sería realmente su padre, qué parte de él compartía.

Poco tiempo después, Pedro tuvo que marcharse de la casa de su madre, le parecía que había enloquecido. La ingestión de diversas sustancias, en busca de algo especial, la habían llevado a un estado diferente de percepción. Todo le parecía reprochable y sucio. Empezó a odiar a las personas por las más mínimas faltas. En cambio, empezó a adorar a los animales, a quienes les perdonaba todas sus porquerías.
Se encerró en su casa que parecía atraer animales que la rodeaban y pedían día y noche con disciplina para ser alimentados. Muy pocas veces y a muy pocos animales dejó entrar.

El resto de su vida se empleó a escribir cuentos crípticos sobre la historia de todas las cosas. Le tomó años escribir cada capítulo de una saga muy corta que no logró terminar nunca llamada Hijos de Nada. Al morir, años después, encontraron su cuerpo inmerso en una casa ocupada por animales y hojas a medio escribir. La mayoría eran garabatos, frases sin sentido o con significados absurdos u ominosos. “No hay salvación” decían muchos, otros hablaban del Vacío como un ente absoluto y aterrador. “Hay un abismo en mis entrañas y quema”.

El cuerpo estaba malnutrido, rígido en una posición cómoda para dormir, pero no para ser enterrada. Fue cremada. Pedro solo la vio un momento, cuando llegó a la casa y entró después de años de haberla olvidado. Estaba cubierta de papeles y polvo y rastros de animales, pero debajo se encontraban los detalles de su niñez. El reloj del que salía un Rey a saludar cada hora. Las marcas en la mesa, de los primeros juegos y los primeros puntajes. Los viejos tableros de ajedrez, con los relojes que marcaban los turnos para moverse o descansar. La vieja silla donde se sentaba ella, a mirar, con esos ojos azules que preguntaban algo que no podía responder.

Su madre estaba ahí. Esperando a ser transportada. Hacía meses que no la veía. O años, sí, un par de años. Se veía más delgada, mucho más, pero en paz. Hacía décadas que no la veía así de relajada. No sonreía, porque nunca le gustó demasiado, decía que la gente se tomaba confianzas con las sonrisas, pero en sus ojos se sentía la placidez del sueño de los inocentes.

En el escritorio estaba una historia sin terminar. Se llamaba “El Vacío”. Como una referencia a su padre y a su muerte y a lo que nunca pudo entender de su hijo. Pedro se sentó a leer. Su madre sería cremada. Los preparativos para su entierro los había dejado hacía mucho tiempo. Antes de su locura. Todo sería igual, con el mismo espacio para mantener su cuerpo para siempre, como ella lo había deseado, con la placa hermosa que diseñó hace años y debajo de ese árbol bonito del cementerio. Lo tenía todo muy bien planeado desde el principio. Pero sería cremada, al igual que sus páginas y sus animales, si no le interesaban a nadie.

Sin sentidos

Este es el preludio de la serie SereS

 

Sin sentidos

 

Era tarde. La ciudad estaba cubierta por una gruesa capa de nubes que se derramaba sin descanso sobre las calles. La humedad se metía por la nariz hasta los huesos. La gente caminaba con pereza. No había forma de huir. Los días se fundían en una sola lluvia interminable.
Sobre la calle bailaban galones de agua, dispersos en charcos grandes, chicos e inmensos. Solo los más previsivos podían chapotear en el agua, con sus botas de caucho hasta la rodilla. Y los carros, que con la velocidad de sus llantas podían incluso lavar a las personas alrededor al pasar. A la mayoría no podía importarle. El agua los cubría por todas partes, estaban sumergidos en ella. No podían escapar y lo sabían. Solo podían esperar por un pequeño trago de aire, después de la tormenta.

En ese clima todos usaban chaquetas, sacos y abrigos, bufandas, gorros y sombreros, incluso guantes y lentes oscuros. No había nieve en ninguna parte, pero todos estaban preparados para una avalancha de frío.
El Mono también usaba orejeras, con audífonos de mala calidad conectados, lo hacía ver bien. Tenía un gorro a la medida de su cabeza y lentes que se oscurecían con la luz.
Sus pantalones a la medida y chaqueta ajustada parecían demasiado perfectos en medio de la lluvia. Pero seguía caminando con ritmo, en medio de la multitud. En su cabeza retumbaban los bajos de un corazón electrónico que movía su cuerpo. Solo tenía que llegar a casa, el resto lo solucionaría luego. Solo tenía que llegar a un lugar seco y quitarse toda el agua de encima. Envenenarse un poco con las imágenes de las pantallas y dormir. Consultar con la almohada lo necesario. “La almohada es una buena consejera” solía decirle su madre.

En medio de su dialogo mental, el Mono había llegado a hacer la fila para tomar el próximo bus. estaba mojado, pero ya no se estaba mojando más. La estación olía a moho, tierra y algo de óxido que cortaba el ambiente. La señora que se puso delante de todos en la fila se parecía a su madre. Firme, con esa mirada que indicaba a todos que ella sabía que hacía y estaba en control absoluto de la situación. Nadie le dijo nada y ella esperó el bus como todos, pero delante de la línea. El Mono se quedó mirándola, tiempo después de que la atención de todos se disipara y volviese a centrarse en un nebuloso, “donde está el bus? cuanto se demorará?”, preguntas sin respuesta que flotaban de cabeza en cabeza, al ritmo del zapateo nervioso de un hombre de negocios y los ritmos desordenados que varias personas con audifonos intercambiaban sin ningún tipo de orden, a veces palmadas en las piernas, zapateo repentino, algunas frases medio cantadas medio susurradas y muchos movimientos que simulaban instrumentos musicales o una abundante melena. Era normal que el Mono hiciera parte del concierto a la espera en cualquier fila, pero esta vez se vio perdido en la imagen de su madre, escondido en ese rostro, ese gesto, delante de él, delante de todos.

La señora se hizo la desentendida. No le importaba en absoluto la mirada penetrante de ese joven. La sentía, clavada en su espalda todo el tiempo y en su cara cuando, como por descuido, volteaba a mirar. No le quitaba los ojos de encima. Con una cara casi del todo inexpresiva, la primera vez que lo miró parecía sonreir ligeramente, la segunda fruncir el ceño. No podría describir la expresión que vio la tercera vez que se volteó, con una pregunta furiosa sin formarse del todo en su mente. De esa misma cara, plana y algo ausente, le vino una sensación que la llenó de repente, desde su boca, por donde iba a salir su pregunta, hasta su cabeza y luego a todo el cuerpo, de manera repentina.
Se sintió invadida por el espíritu de la futilidad y el esfuerzo en vano. De alguna forma era claro que este hombre no entendería su enfado ni su reclamo. Y aún así, la señora sentía que él le reclamaba algo a ella. Algo que había hecho. Algo que no podía dejar pasar, aunque no supiera de que se trataba.

El bus no llegó por varios minutos y el Mono, ya consciente de su actitud poco educada, cerró sus ojos. Inmediatamente vinieron pensamientos indeseados, pero los empujó hacia adentro y abrió los ojos en otra dirección. Había mucha gente esperando al bus, todos muy diferentes, hijos de la ciudad, van todos juntos sin conocerse. Se miran unos a otros por primera y última vez cada día, pero no se ven porque no hay necesidad.

-No nos vemos- susurró para sí mismo, con algo del ritmo de la canción que escuchaba.

Solo llegaron a escucharlo las personas cercanas a él y a la mayoría les pareció que era un aporte más a la ambientación musical. La señora que estaba adelante de la fila en cambio, se puso roja y se fue encorvando lentamente mientras pensaba en algo que decirle. Se lo había dicho a ella, por supuesto, sentía que por fin le había reclamado de frente algo y ella podía ponerse furiosa y demandar sus derechos, pero no sabía como hacerlo, le molestaba que se lo hubiera dicho cantando, nadie más había entendido que era para ella, que era una queja.
De todos modos se volteó con la cara roja, mirandolo directamente a la cara, para sentirse decepcionada de inmediato. El joven no la miraba, sino que observaba a las otras personas a su alrededor. Se quedó un momento paralizada intentando recoger sus pensamientos, tal vez no se estaba quejando y su mirada no estaba realmente dirigida a ella, tal vez no había hecho nada malo o digno de reproche, tal vez no tenía porqué sentirse así. Entonces se dio cuenta que el joven la miraba de nuevo.

El Mono había empezado a pensar en lo que veía de las personas. Los estereotipos que tenía en su mente. Todos parecían recortados de algún molde. Solo las personas que más conocía parecían únicas y de cierta forma, de ellas salían gran parte de los moldes de todo el resto. Su familia. Pero no podía pensar en ellos. No ahora. Debía llegar a la casa primero. Quitarse la ropa húmeda. Relajarse.

Se dio cuenta entonces, que la señora de adelante lo miraba distraídamente con la cara enrojecida. Ya no se parecía a su madre. Era solo una mujer de mediana edad, parecía furiosa pero incapaz de articular sus pensamientos.

En ese momento se asomó el bus que entraba a la estación, en muy poco tiempo estaba frente a ellos, pero la fila se había demorado menos en desintegrarse. Ahora eran solo dos estatuas en medio de una multitud dispuesta a todo por un asiento en la ventana.

Al reaccionar, la señora se montó rápidamente en el bus, sin poder ver cuál era. “Que bus es este? Cuál es este bus? Para donde va? Este es el 55?” Preguntaba frenéticamente mientras las puertas se cerraban.
El Mono se quedó quieto y la vio irse. Ese era su bus, (no el 55 de la señora), pero en el último momento había decidido quedarse. Ya no había nadie esperando. De repente estaba solo al frente de la fila. Se sentía libre. Cerró los ojos y respiró profundo. La música se había vuelto repetitiva. Se quitó los audífonos y disfrutó del silencio relativo, un breve momento de paz. Sintió el Sol sobre su piel, un breve momento de calor. Y recordó a su mujer. Ahora no había duda. Cuando la conoció no sabía quién era, el día anterior pensaba conocerla mejor que nadie, pero ahora de nuevo parecía una desconocida, iluminada en una nueva luz. Una luz que le viene de adentro. Un fuego que él encendió. Había jugado con ella y lo recordaba como probar el sabor más dulce de todos.
Ahora sentía que el juego tenía un precio demasiado alto y ese fuego que crecía en el vientre de su amada lo iba a consumir. La noticia le llegó de sorpresa y sin solución, él no tenía ninguna voz y no sería escuchado. No importaba lo mal que podía sentirse llevando su vida y el profundo miedo de encargarse de otra. Debía hacerse cargo. Debía hacerse cargo.
Con ese pensamiento en la mente, vio llegar otro bus. El 55.
Caminó lentamente, ya había varias personas más en la fila, pero él era el primero y podía escoger el puesto con ventana que quisiera. Se sintió libre, respirando con facilidad, le vienen pensamientos de miedo y culpa pero los empuja hacia atrás. Le gusta el bus, está vacío y en silencio.
Sonríe sin saber porqué exactamente, pero no puede evitar repetir una frase entre sus pensamientos más profundos. De repente, en medio de la meditación sobre la comódidad y el necesario reajuste de horarios del sistema de buses, sale una duda como de la nada. “Este no es mi bus. Para donde va este bus?”

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