Hay que ser cínico.

Hay que pararse sobre la historia de guerra, esclavitud y barbaridad humana para vivir.

Hay que aceptarlo y hacerse complice. Y reírse además. Apreciar la ironía de los que bailan sobre las montañas de cadaveres, con humor negro y desinteresado.

 

Ayer soñé de nuevo. Era yo mismo y estaba en cama. Mis ojos abiertos se negaban a moverse. Mi cuerpo permanecía rígido y mi voluntad había desaparecido.

Soñe que estaba muerto ¡Que locura!

Mi cuerpo se hundía bajo el suelo de miradas tan perdidas como la mía, un mar de carne en descomposición.

A lo lejos se oía la fiesta y el baile, la alegría de la vida ignorante que no se percata, o no quiere saber, que ella misma es un error pasajero, un río que corre con furia hacia el mar.

Yo espero, sin afán ni goce, los cuerpos que han de cubrir el mío y destinarlo al olvido eterno. Que vendría aunque no quisiera.

Pero ya no me importa. Soy muerte y no hay nada más.

 

Anoche soñé que estaba despierto y la verdad bailaba sobre mi cuerpo.

 

 

 

(Si a alguien le interesa, este texto es una evolución y/o continuación de uno anterior llamado Soñar es una locura)