Para los nuevos lectores y para dar un poco de contexto, esta pequeña historia hace parte de la serieEl niño y el Dragón

 

El niño descansaba plácidamente sobre el inmenso hocico del Dragón, ya no tenía miedo de él, incluso se había acostumbrado al calor que brotaba, a su sonrisa a medias que a veces parecía permanente y a veces tan solo una ilusión más, a su mirada penetrante que llegaba a todos los rincones a la vez.

Era un enorme espejo de sí mismo. Lo sabía.
Las nubes azules a su alrededor eran su propios sueños y deseos. El Dragón las creaba sin esfuerzo o intención. Solo respiraba y de su hocico salían ilusiones, nubes algo más sólidas que el aire. Nubes azules, casi con vida propia.

El niño las sentía, lo rodeaban y le daban calor. Incluso parecían observarlo, si es que una nube puede hacer tal cosa.

Luego de revolcarse un poco en el calor del Dragón e intentar volverse a dormir sin abrir los ojos, el niño se apretó los más que pudo contra la piel más suave que había encontrado en ese enorme cuerpo (la gran mayoría consistía de escamas de metal de varios metros, superpuestas en orden, también había otra parte suave y sin escamas allá abajo, pero no daban ganas de quedarse ahí).

Solo entonces decidió despertar y abrir los ojos. Las nubes que lo rodeaban se dispersaron disimuladamente y se hubieran ido silbando si tuvieran la capacidad de hacer tal cosa.
El Dragón debió haber sentido algo porque también abría sus ojos, aunque mucho más lento, como un extraño amanecer, en que las montañas suben y dos soles se quedan quietos en su lugar. Y te apuntan.

El niño sintió una leve brisa y tuvo que apartar la mirada. A su espalda ya empezaba a formarse una parte del mundo con las nubes que el Dragón resoplaba.

Había una puerta. Era la primera que veía en mucho tiempo.
Una puerta. Tenía una forma particular de ser la única puerta. LA puerta. Parecía ser sólida, como si la nube intentara convertirse en madera de arce y lo estuviera logrando. Tenía un marco delgado, decorado con pequeñas nubes que no se decidían a estar en ningún lugar y vibraban alrededor, convirtiendose en flores, animales y a veces incluso se veían figuras humanas haciendo algo que el niño no alcanzaba a descifrar. Iban muy rápido las nubes y no se paraban a pensar.

Hipnotizado por la ilusión más real que había sentido, se levantó y se dirigió hacia la punta del hocico, donde reposaba la puerta. Quería tocarla. Se sentía diferente, como si la nube guardara algo en su interior, un hielo rodeado de vapor, un centro helado en medio de el calor.

El Dragón resopló de nuevo y detrás de la puerta se alzó una nube mucho más alta, que empezaba a tomar formas. Aparecieron los ángeles y los demonios, mirándolo fijamente, revoloteando con sus alas de murciélago y paloma, miles revoloteando dentro de la nube. También parecían sólidos, pero atados, a la nube y entre ellos mismos.
Lo miraban fijamente, parecían decirle algo, pero eran demasiados, cada vez más y más pequeños, pero la nube seguía creciendo y parecía acercarse.

El niño retrocedió unos pasos, hacía mucho no veía algo que lo asustara, algo tan real … aunque seguía siendo una ilusión, no más real que la puerta, y mucho menos real que él.
Así que, ¿porque tenerle miedo?

Se detuvo, miró el Dragón a su espalda, sus ojos parecían sonreír, pero no decía nada por supuesto, “como el Sol” pensó y miró de nuevo hacia adelante. La nube se parecía hecha de roca, miles de ángeles y demonios de mármol se peleaban entre ellos para estar más y más cerca, volaban y se atravezaban y se volvían polvo, pero del polvo salían otros, más duros y fuertes.

El niño se acercó a la puerta y vio que la nube aceleraba su marcha, la puerta en cambio parecía alejarse mientras que en el marco bailaban cuerpos cada vez más definidos, animales que había visto antes, personas que recordaba de una vida anterior. El niño se vio corriendo de repente, persiguiendo una memoria perdida en un mundo de ilusiones.

La puerta se encogía bajo el peso de un marco hecho de recuerdos, “me dan una razón para llegar, pero ellos también me cierran la puerta” pensó mientras corría por un hocico que ahora parecía infinito, mientras la nube crecía justo detrás de la puerta, todos los ángeles y demonios hechos polvo parecían luchar eternamente como pequeños átomos cargados con energías opuestas, mientras que su movimiento formaba un rostro que no encontraba su forma.

Al llegar frente a la puerta, el marco eran enorme, hecho de emociones recordadas, su propio cuerpo sobresalía, cada roce, cada sensación pasada intentaba comunicarse con él. Se veía a sí mismo, viviendo algo que no recordaba, pero sabía real. El marco palpitaba, mientras que la puerta resistía quieta un poco más abajo de su estatura. Parecía estar soportando un peso muy grande solo para que él la cruzara y luego desaparecida feliz de haber cumplido con su deber.

El niño abrió la puerta lentamente mientras los cuerpos palpitantes a su alrededor lo envolvían y empujaban hacia adelante. Al asomarse vio unos ojos enormes y a la vez casi cerrados, hechos de millones de motas de polvo moviéndose furiosamente de un lado a otro.

La nube se escondía en el borde del hocico, meciéndose suavemente con la respiración lenta del Dragón. Incluso parecía hacer un sonido muy apagado, como una r que no se detuviera. Emanaba calor a su alrededor.

El niño se había detenido en la puerta, sosteniéndola fuertemente, en parte para poder cerrarla, en parte para que no se deshiciera sola. Su toque era frío, de cierta forma revitalizante. Sentía la fuerza agrupandose en su cuerpo, miraba atras para ver los ojos del Dragón pero solo eran dos luces a la distancia cubiertas por la niebla.

No había sentido nada tan real desde su llegada a el mundo blanco de ilusiones. Solo el Dragón y tampoco era real, era él mismo, la parte de su mente que no habla.

Los ojos se acercaron y un cuerpo entero surgió poco a poco, mostrándose con elegancia y delicadeza, sin perder de vista el niño en la puerta. La figura felina caminaba con toda la pausa posible, pero con una posición que sugería que podría comenzar a correr en cualquier momento. Ya no parecía hecha de polvo, sino de calor puro, como si cada parte de su cuerpo se hubiese desintegrado con furia y su energía siguiera brotando. El rojo y el negro aparecían y desaparecían como en una eterna disputa sin arreglar.

El niño lo miraba inmóvil mientras se acercaba, era un Tigre sin duda alguna, pero no era real, era una ilusión más. No había razón para asustarse, pero aún así no iba a soltar la puerta por nada.

El Tigre también parecía sonreír, al acercarse y olerlo desinteresadamente. No quería hacerle nada. De hecho, también parecía querer decir algo. “En un mundo de ilusión donde yo soy la única voz” pensó con algo de frustración. Pero estiro la mano suavemente y acarició la cabeza peluda del Tigre, que no puso ninguna resistencia.

Su piel era fría. Algo que no pudo entender de inmediato. Lo veía cálido, pero incluso eso era una ilusión. Siguió consintiéndolo, disfrutando de su placer. La puerta se esfumó y con ella su marco.

De repente estaban solo los dos jugando sobre el hocico del gran Dragón. El Tigre ya no era una nube de nada, era algo más.
“¿Quien eres tu?” preguntó sin esperar respuesta. Otra parte de él tal vez. La parte que siente.

Lo pensó por un momento y le dijo “¿has venido a sacarme de aquí?”

De repente el Tigre lo miró fijamente, “eso si lo entendió” pensó el niño esperando con curiosidad su reacción. Luego el Tigre miró fijamente al Dragón. El niño también se volteó. Por primera vez, el Dragón parecía furioso. El niño presenció como intercambiaban miradas y el Tigre se ponía en posición de ataque. El Dragón empezó a resoplar y las nubes empezaron a rodearlos. Con un movimiento lento, empezó a levantarse y abrir sus enormes alas.

El Tigre miro a su alrededor con una furia desesperada y viendose acorralado se volvió hacia el niño. El piso se movió mientras el Dragón abría la boca y soltaba unas nubes diferentes, negras y tormentosas.

El niño las veía paralizado. Parecía haber desatado una lucha entre los dos al mencionar su salida de este lugar. No entendía muy bien que estaba sucediendo ni en donde estaba realmente. Este mundo blanco parecía ser solo una ilusión, un mundo para olvidar el otro.

“Pero no puedo” pensó.

Mientras tanto el Tigre corrió hacia él y abrió la boca.
Sus colmillos brillaron con su propia luz, pero detrás lo esperaba la oscuridad absoluta.

En otro lugar, en algún momento y con un cuerpo real, un hombre despertó.