Archivo de abril, 2009

Un poco de calor

Ya no sentía frío. En el lugar en que se encontraba nunca hacía frío, pero era reconfortante encontrar de nuevo el calor. El vientre del dragón se sentía cálido e incluso a veces parecía brillar a travez de su piel, como un fuego sin llama, escondido tras escamas de metal.
Ahora era allí donde despertaba cada vez y por fin vivía sus sueños en calma. Cada vez se arrepentía menos de despertar. Seguía siendo un niño y el mundo seguía siendo de nubes de nada, de vapor y pensamientos. Ya no le sorprendía.

A lo lejos, muy arriba, entre las nubes, veía la silueta del gigantesco rostro. Aquel ser, en cambio, aún le parecía imposible. Su piel era metal sobre metal, su cuerpo era monstruosamente grande, cabrían millones de niños como él dentro de su vientre, sus piernas eran casi tan gruesas como su tronco y del medio de ellas, salía una inmensa protuberancia que continuaba hacia atrás y arrastraba su delgada punta llena de espinas por el suelo. Lo había visto batir 2, 4 y 6 alas, de diferente tamaño, hechas de una película muy delgada. Los pequeños brazos se movían ridículamente a gran altura, aunque en perspectiva, cualquiera de las pequeñas garras en sus extremidades podría jugar con él, como su mano con un insecto. Su cuello se alargaba y enroscaba a voluntad, permitiéndole cualquier posición a su cabeza, que por ser tan solo un poco más gruesa parecía darle un fin precipitado. Su pronunciado hocico parecía partido y formaba una esquina afilada en la mitad de su cara, sus ojos encendían las nubes y el mundo al abrirse. No había visto a la boca abrirse por completo, pero parecía el agujero más oscuro y aterrador que se podía imaginar. “De una oscuridad así sale la Luz” pensó al recordar el fuego que era capaz de escupir.

Pero lo más interesante, lo que no esperaba ver salir de allí, era esa larga tira de carne dura y carrasposa, con la que se brillaba la piel constantemente. Solo una vez quiso brillarlo a él, a un niño, a un insecto. La cara se acercó, la boca se abrió y de la oscuridad salió lentamente su lengua, presentándose con pausa y ceremonia. No quería asustarlo y se notaba. Aun así, quedó paralizado, tal vez por el miedo, tal vez el instinto de supervivencia, tal vez las dos. Esperó intentando cerrar los ojos, mudo e impotente, sin control de sí mismo. No se le ocurrió apartarse o hacer algún intento de evitar el contacto. No veía otro camino. La carne se meció junto a él y no pudo hacer otra cosa que abalanzarse contra ella y abrazarla. Incluso se atrevió a sacar su propia lengua.
El encuentro duró poco, miles de agujas secas y duras lo alzaron en el aire, lo atraparon cuando el Dragón intentó lamerlo suavemente.

La sangre brotó tímidamente de heridas menores, pero no le importó mientras volaba. Se debatía entre pensamientos de amor y dolor. “Hay mil y una formas de volar y no he probado más que algunas”.

Nada que hacer

En la cueva del Idiota solo había dos ventanas y ninguna puerta, algunos agujeros por aquí y por allá, por donde entraban y salían los mensajes puramente orgánicos, o algunos inórganicos que por su altísima importancia y necesidad de un toque más personal, se expulsaban solemnemente por una grieta bajo una de las dos ventanas (bajo el ojo del Auto, que mostraba el interior de Dios), luego de una larga ceremonia, por lo general en comunicación directa con otros Idiotas que esperaban el mismo mensaje. Felicitaciones, eres el ganador; En el nombre de la ley los condeno a vivir juntos; Lamentamos informarle que hemos dejado de recibir los mensajes orgánicos de alguno de sus parientes; o algo por el estilo.

La ventana hacia el interior de Dios resultaba mucho más práctica que la que solo daba hacia afuera, en Dios se encontraban todos los Idiotas y todas las verdades. Afuera solo estaban las inmensas torres de desechos, insectos, vapor y a lo lejos, los ojos del cielo. Allí no había nada que hacer.

Aún así, el ojo del Auto y francamente su horriblemente apática actitud, lo cansaban constantemente (los Autos solo hablaban con Dios, ninguno se sentía particularmente vivo y con los torpes intentos de simular actitud en ellos, solo se había logrado añadir hipocrecía a su cinísmo). De modo que frecuentemente se encontraba mirando por la otra ventana, perdido en un mar de sin sentido. “Hermoso sinsentido” se permitía pensar.

nombre?

El Idiota se ha levantado una vez más.
Se dedicó un instante a mirar por la ventana mientras que la inmensa esfera de luz se veía cubriendo la noche poco a poco. El Idiota se resguardaba detras de una montaña, dentro de una cueva, mirando al occidente. La luz solo lo tocaría en el ocaso, cuando el ojo del cielo le dedicaba siempre la última mirada. Una pregunta tal vez, o una respuesta. Creía que la Luz solo daba señales confusas.

Así que se volvió a la cueva y despertó con un ligero toque al Auto. Este no se había acostado nunca en su vida, más bien parecía estar siempre sentado, tal vez acurrucado, pero con la cabeza en alto. Después de un momento de pereza y organización interna de pensamientos, el Auto abrió su cara, “como un solo gran ojo cuadrado” pensó el Idiota, como siempre lo había hecho. La cueva se iluminó.

-Cual es tu nombre?
-YosoY OthrO- respondió el idiota, no le gustaba del todo el nombre que le había sido otorgado, así que lo cambió por el antiguo nombre de la orden de los Otros, renegados y salvajes que hacía Tiempo habían renunciado al mundo entero, echando todo lo que poseían a la hoguera y vagando por el mundo en representación de un pueblo sin voz. La historia era mucho más complicada, estaba seguro de ello, pero lo poco que sabía lo había atraído lo suficiente como para creersela sin excusas ni dilataciones y adaptarla a su vida.
-Y tu secreto?
-*******- susurró.

El Auto asintió en silencio y comenzó a pensar en luz alta de forma que cualquier Idiota pudiera entenderlo, pero el que estaba frente a él ya empezaba a divagar . . .

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