Simultaneamente a los sucesos que dieron lugar a la efímera popularidad del amor-odio, los primeros magníficos desechos habían logrado convertirse poco a poco en una especie de leyenda, y aun más con los constantes fracasos de todos aquellos que intentaban imitar su exclusivo valor.
De modo que aquellos grandiosos desechos tomaron pronto otro tipo de valor, el reconocimiento.
En ese momento, luego de permanecer por un tiempo en la oscuridad, se hizo notar lo que ahora parecía ser apenas un pequeño grupo de personas: los hacedores que aun se preciaban de la alta calidad de su mercancía.
Desde el inicio habían permanecido silenciosos ante los hechos, en parte por sentirse intocables en su posición, en parte por temor de no serlo. Lo cierto es que se sintieron realmente amenazados cuando, despues de perder mucho territorio en la utilización de sus productos, lograron ver la posibilidad aun más grave de perder terreno en la apreciación del producto.
En cuanto eso no ocurriera, podían de alguna forma asegurarse el apoyo de aquellos que, gracias a su alta posición, no se conformaban con el uso de desechos por considerarlos repugnantes o indignos. Pero si se le llegara a dar el valor de reconocimiento, no solo a aquellos primeros magníficos, sino a una gama amplia de desechos, su única forma de cambio les habría sido arrebatada y con ello, su forma de existir.
Así que estos buenos hacedores, al preveer tan funesta cadena de eventos, decidieron adelantarse a ella cambiando rápidamente su modo de actuar e hicieron un pacto. A pesar de quedar pocos, muchos menos que antes de la oleada de desechos, aun eran suficientes como para mantenerse a sí mismos, así que se propusieron solo intercambiar mercancía entre si, separando para siempre el libre comercio de su producción.
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