La Revolución del Pánico

Esta es la octava entrega de SereS

 

Apartes de La Revolución Salvaje [Libro de culto pos-guerra]

PARTE III

La Revolución del Pánico

 

Nadie esperaba algo así. Eran tiempos difíciles, la gran mayoría de la población estaba quebrada en su espíritu y en su cuenta bancaria. Personas morían por lo que tenían en los bolsillos. Una atmósfera estancada cubría la ciudad, como si el viento no pudiera entrar y toda la podredumbre se amontonara en el aire, formando una capa cada vez más densa de gas cálido y estático. Puedo decir incluso que muchos queríamos que todo cambiara. Una sensación compartida nos hacía sentir que nada de esto podía seguir así. De alguna forma todo cambiaría, y en las calles gritando, todos haríamos parte de ello. Es verdad. Eran tiempos difíciles y se sentía que debía haber grandes cambios, radicales. Pero nadie esperaba a un montón de animales salvajes apareciendo de la nada y apoderándose de la ciudad como si fuera nada. Lo detuvieron todo por solo un día,  nos hicieron verlos y escuchar sus dolorosas palabras. Nos hicieron sentirnos culpables.

 

Nadie sabía nada de Anon cuando todo comenzó. Se conocían los casos de alucinaciones y había rumores que indicaban que la droga Revolución Salvaje existía, pero la mayoría de la población no sabía casi nada de lo que estaba pasando. Vivían sus vidas como cualquier otro día, se acostaron a dormir y despertaron en una ciudad en llamas. En algunos casos su propio cuarto estaba en llamas.

Fue un golpe completamente destructivo y arrollador, no pareció que se llevaran nada de valor de ninguna parte, se limitaron a entrar por las ventanas, incendiarlo todo dentro de cada hogar y sacar a las personas a la calle, “salvándolas” del fuego.

Era un ejército enorme de pájaros negros que ocupaba el cielo entero,  luego supimos que muchos eran casi niños o adolecentes. Muchos jóvenes confundidos o con odio, fácilmente convencidos de que la salida es la destrucción, hicieron su trabajo perfectamente y con dedicación, aunque muchos otros se limitaron a volar. Después se supo que no todos ellos sabían lo que ocurriría esa noche, solo siguieron a la multitud.

En ese momento nadie pudo comprender el motivo o razones de sus acciones, muchas personas pensaron que otro país o incluso extraterrestres estaban invadiendo, muchos otros creyeron que los salvaban del fuego y volaban agradecidos y sonriendo, pero al final cuando cada vez más de nosotros estábamos en las calles y veíamos a los pájaros negros mezclarse en la oscuridad de la noche y emerger de las llamas una y otra vez, fuimos entendiendo que había un plan enorme, que le estaba prendiendo fuego a la ciudad entera y ese ejército de sombras negras, al menos en ese momento, tenía el control de nuestro Destino.

 

Cientos de edificios residenciales fueron incendiados toda la noche hasta el amanecer, momento en que la mayoría de los pájaros desapareció y solo quedaron algunos que se fueron a volar muy alto. La policía nunca pudo reaccionar al ataque, no estaban preparados para algo así y la mayoría de sus miembros tuvo que salir a las calles a apaciguar a las multitudes de personas sin hogar que se habían creado de repente. La ciudad era un caos, pero no hubo disturbios. La mayoría de las personas desalojadas tenían educación y ninguna relación con el mundo de la calle. Solo gritaban y se lamentaban, pedían justicia. Como una manifestación perpetua.

En la mañana, las calles estaban repletas de personas perdidas en el mundo, todas las tiendas, panaderías o puestos de comida estaban llenos. El pánico y la desesperanza se respiraba en el ambiente. Esto había sido un golpe bajo. A la población. Todos estábamos de acuerdo en eso, todos estábamos indignados e intrigados. La pregunta aún flotaba sobre nosotros. Por eso todos los televisores o AUTOs (Aparatos Útiles para TOdo) estaban sintonizados en noticieros o reeportes sobre la situación. Todos nos preguntábamos lo mismo: ¿Por qué?. Ese mismo día salieron a la luz los primeros pájaros negros arrestados. Pensamos que podrían resolverlo todo, pero no. Mucho después revelaría la policía los informes de interrogación que mostraban claramente que la mayoría de ellos pensó que todo era una fiesta, sabían volar con los trajes especiales, pero no podrían hacer los movimientos que hicieron los más experimentados.

 

A la media mañana ocurrió el primer incidente nuevo. Algo muy extraño. Al principio parecía un caso de combustión espontánea. Un hombre estallando en llamas en una estación de transporte y luego corriendo por medio de la multitud. Nadie lo reconoció o lo siguió. Todos los testigos confirman haberlo visto solo un momento antes que el pánico los hiciera apartarse. Varios mencionaron que las llamas parecían tener forma, como símbolos o al menos líneas. No los escuchamos entonces, pero la tensión subió mucho más. Entonces ocurrieron el segundo y el tercer incidentes. Realizados de la misma forma, pero en diferentes lugares de la ciudad, muy alejados entre sí. Fueron casi simultáneos, al igual que el cuarto, el quinto y el sexto. Siempre en lugares con mucha gente. Multitudes en su mayoría, de personas no afectadas por el fuego que intentaban seguir con su día.

Después de poco tiempo lograron identificar las máscaras de fuego y las líneas, en los videos de seguridad y encontraron que el pánico surgía de tigres de fuego. En ese momento parecía una locura, pero posteriores investigaciones encontraron conexiones con antiguas bestias chibchas. El Tigre cabeza de fuego era una bestia temible y los pájaros negros que escupían fuego podían ser una referencia a los pájaros negros que crearon el mundo con fuego.

La policía no pudo contenerlos, así que luego de algunas reuniones de emergencia, se permitió la entrada del ejército nacional, para que vigilara todo y siguiera a quién se prendiera en fuego. Se desplegaron por la ciudad y armaron operativos. Pasado el mediodía, la ciudad entera estaba vigilada. Ya no había pájaros en el cielo, era posible que los que había fueran pájaros de verdad, probablemente chulos o algún otro carroñero.

Conscientes de la vigilancia, los animales (como ya los llamaban algunos) disminuyeron el número de tigres de fuego, permaneciendo invisibles e intocables para las fuerzas armadas, a quienes ellos denominaron reptiles, llenando pronto las paredes de burlas e insultos. Algunos analistas dicen que los ataques se volvieron más dispersos y buscaban que las fuerzas armadas se desplegaran, otros afirman que en principio los ataques parecen dispersos, pero los mayores y más importantes ataques fueron alrededor del sistema de transportes, en particular la sección subterránea, planeando por adelantado acorralar a sus oponentes allí.

 

Lo cierto es que los ataques continuaron a pesar de todo, los animales parecían estar en todas partes, eran personas normales, vecinos o antiguos conocidos. Cualquiera podía ser uno de ellos. Informes posteriores de la policía sugieren la posibilidad de haber estado infiltrados desde el principio. Lo cuál explicaría algo de la historia oculta tras el accidental bombardeo subterráneo.

Las primeras noticias positivas a través de la TV indicaban que ya tenían información de los llamados animales y en esos mismos momentos se estaban desarrollando operativos definitivos. Poco después dio comienzo la extraña transmisión de Anon. Una reunión de altos empresarios en el último piso del más alto edificio, La Torre. Un sabotaje sencillo y elegante. Bajó del cielo como un pájaro más, apartando a uno de los hombres más acaudalados e influyentes del país, tomó la palabra para llamar cerdos a todos esos hombres de dinero y recordarnos a todos que somos humanos y podemos elegir nuestro camino. Con su grabación y una actuación bastante teatral, Anon nos mostró los tratos que se hacen sobre todas nuestras cabezas. En esa reunión se estaba pactando un trato entre el gobierno y una aseguradora extranjera, un seguro para los grandes capitales en caso de una gran emergencia.

La emergencia llegó antes de terminar el trato y habló con él, frente a frente, pidiéndole humanidad. El cerdo intentó hablarle con calma a la cámara que salía de su pecho, un buen motivo para no actuar con excesiva violencia, además de los pájaros que empezaron a volar alrededor de la terraza. Dijo que ayudaría a todos, habló de préstamos y pagos a largo plazo y Anon lo escuchó. Como todo el resto de la ciudad, que poco a poco había ido sintonizando sus AUTOs a la misma dirección. Todos lo escuchamos y cuando paró de hablar, Anon dijo -No- y habló por última vez. Es extraño ver ese video de nuevo, intenta darnos esperanzas, pero se ve derrotado, parece que sabe lo que ha de suceder un momento después.

Se voltea para volar, evadiendo de forma increíble a quienes intentan atraparlo. Cae y se levanta y vuela de una manera diferente, no planea, se desliza por el aire lentamente, con un movimiento de alas que parecen un latido de corazón.

Los últimos gritos no se entienden muy bien por el viento, el cerdo está furioso y le grita al alcalde y a los militares y cuando se sale de sus cabales se alcanza a entender sólo una palabra. Fuerte y claro, -Fuego!- y eso fue todo. Anon cayó del cielo y desde muy lejos se pudo ver la nube de pájaros negros bajando desde lo alto por él.

 

No murió, o eso dijeron los pájaros luego. Aunque nunca volvió a mostrar su cara. La ciudad dejó de ser lo que era, se ha vuelto un solo caos. Aquellos con intenciones de vivir en una ciudad normal, se han ido para no volver. Solo quedan salvajes, intentando abolir las calles pavimentadas y el dinero. La vegetación ha ido avanzando poco a poco entre todas las grietas y en las terrazas más altas se ven los más hermosos jardines, con la mayor cantidad posible  de plantas  para que sus semillas vuelen por el aire.

¿Será posible que la tierra cubra de nuevo este lugar?
Somos una ciudad en ruinas. No se puede entrar o salir con facilidad. Menos aún si se prueba la Revolución Salvaje (en cápsula) que comenzó la transformación.

Anon

Esta es la séptima parte de SereS

 

Apartes de La Revolución Salvaje [Libro de culto pos-guerra]

PARTE II

Anon

 

En medio de un caos político permanente, el descontento y desamparo de la población, y una fuerte tensión económica,  en una ciudad de poca importancia en el mundo, se creó una rebelión que en años posteriores se reproduciría una y otra vez, atravezando la Tierra entera, cambiando de simbología, pero no de significado. Una extraña batalla que de un día para otro, devastó las estructuras de gran parte de su territorio y dio inicio a una nueva forma de vida para gran parte de su población.

Las investigaciones posteriores de cómo y porqué se produjo este acto de transformación salvaje, terminan señalando siempre a la misteriosa figura de Anon. Su historia es algo enigmática y no deja del todo claras sus intenciones.

 

En primer lugar, su nombre real nunca fue revelado. Anon es tan sólo una figura pública. Empezó a existir muy poco tiempo antes de lo que él llamó la “Revolución Salvaje”. Poco más de dos años, probablemente después de haberse encontrado con la sustancia que le dio vida a la Revolución. La leyenda urbana habla de un científico desquiciado experimentando con alucinógenos poderosos, de la misma forma, otros cuentan que es un iluminado que vino a contarles el camino. Nunca se ha podido descartar la posibilidad de que Anon, fuese una identidad pública compartida por varias personas. Se ha establecido que un hombre específico portaba el nombre en público y era reconocido en diversos círculos de la sociedad, pero podría ser solo la fachada de un equipo mucho más grande.

Se han encontrado testimonios de personas que pensaban conocer personalmente a Anon, desde la calle hasta las altas clases, pero ninguno fue capaz de pronunciar otro nombre. Muchos lo apreciaban, otros lo admiraban y todos veían beneficios en su relación. De alguna forma, todos perdieron algo ese día. Pero eso no es extraño. El mundo entero perdió algo ese día.

 

Las primeras apariciones de este personaje se dieron en fiestas y encuentros juveniles, con un patrón algo inusual. Anon tan solo repartía una cápsula de Revolución Salvaje por evento. A una persona. De estos individuos que probaron la sustancia en sus inicios, ninguno pudo ser contactado para dar testimonio. Se presume que le siguen aún. O a su memoria.

Luego empezó a conocer más personas y a repartir las cápsulas con más facilidad. En esta etapa empezaron a aparecer casos de consumos en la calle y en oficinas. Dicen que tenía una forma extraña de moverse de un lado al otro, era hipnotizante, como ver animales salvajes cazando, pero no un tigre o un leon, sino algo que no da miedo, como un zorro o un gato.

Casi dos años después de sus primeras apariciones, la policía comenzó a buscarlo activamente. Los casos de personalidades transformadas estaba subiendo, cada vez era más notorio el cambio que sufrían las personas que eran alcanzadas por la Revolución.

Los afectados experimentaban cambios severos en su temperamento. El síntoma más notorio consistía en alucinar sobre animales o plantas en cualquier lugar, pero luego de un tiempo era posible apreciar los efectos secundarios, consistentes en una calma y una tendencia a reflexionar exageradas, que producen ideas extrañas y conclusiones descabelladas.

 

Según los testimonios, durante las primeras etapas, los efectos eran muy poco notorios, casi indetectables, pero los rumores corrían rápido entre los jóvenes y los mercaderes de placer. Una sustancia alucinógena de diseño de alta categoría. Los compradores aparecían en cualquier lugar, pero nadie la estaba vendiendo.  Solo estaban las personas que la habían probado y la leyenda de Anon, que desde el principio hasta el final parecía haber caído en desgracia recientemente. Con ropa desgastada y una larga melena descuidada.

Lo que muchos de los interesados no podían saber o tener en cuenta, es que las alucinaciones eran fuertes y pasajeras, pero los efectos secundarios eran permanentes. Aún está puesto en duda que tanto sabía Anon de su propia creación, probablemente estas personas eran apenas experimentos.

 

Estos individuos consumieron Revolución Salvaje por meses sin saber exactamente cómo les afectaba. Dejándose llevar por las visiones. Para cuando la mayoría entendió que las visiones también se volvían permanentes, su percepción de la realidad ya no podía volver a la normalidad.

Muchos intentaron parar de tomar las cápsulas, otros tomaron pastillas diferentes para contrarrestar el efecto. No funcionaron, tampoco la meditación avanzada o la cirugía.
No había escape. El mundo cambió para un segmento de la población que crecía a cada día, afectados por una epidemia silenciosa.

 

Mientras tanto, Anon se mantenía al márgen de todo, como un desconocido, una leyenda que solo unos cuantos podrían confirmar como real. Escogía a las personas menos populares, amigos fáciles que no preguntan demasiado y se aseguraba de dejarles una buena mercancía para que hicieran otros amigos.

La sustancia seguía circulando de alguna forma. Incluso se encontraron otras de menor calidad, probablemente fabricadas en otros laboratorios. No duraron mucho. La Revolución seguía surgiendo en lugares inesperados. Hasta que comenzó el pánico sobre los efectos secundarios. Los pocos que intentaron cirugía engendraron grotescas leyendas por su cuenta. Entonces Anon pareció detenerse. Espero un tiempo largo, varios meses, y comenzó a darse a conocer. La mayoría de los afectados ya estaba aceptando su nueva realidad sin poder adaptarse a ella y cuando lo conocieron, se dejaron guiar por este personaje que parecía conocer a la perfección el nuevo mundo que se abría ante ellos.

En poco tiempo se hizo conocido por la ciudad entera. Ya no repartía más Revolución, por lo que se cuenta solo caminaba y hablaba por toda la ciudad, tenía amigos en todas partes, pero pocos lo seguían mucho tiempo.

 

Las personas se reunían a su alrededor, aún en los testimonios, años después era posible encontrar orgullo en la voz de quienes lo habían conocido. Él los hacía parte de algo más grande.

Fue allí, en la multitud de gente contaminada con sus alucinaciones, que Anon encontró el ejército que se rebeló un tiempo después. Un acontecimiento muy extraño. Los medios lo llamaron la “Revolución Salvaje” al asociarlo a los eventos recientes, pero en realidad no propusieron un golpe de estado, ni siquiera un movimiento agresivo dirigido hacia el gobierno o a ninguna persona en particular, solo a propiedades privadas y públicas. Investigaciones posteriores dedujeron que el objetivo central de la monstruosa hazaña era crear una situación de crisis y decisión en la población entera, preparandolos para la ominosa transmisión que concluiría la batalla.

Nuevos seres

Esta es la sexta parte de SereS

 

Apartes de La Revolución Salvaje [Libro de culto pos-guerra]

PARTE I

Nuevos seres

 

Cuando las pastillas de la revolución tocaron las lenguas adolescentes, la fiesta de la selva comenzó y no fue detenida hasta que los dioses mismos se involucraron.

 

Fue en la era de la idiotez y el desamparo. En el culmen de una historia que no iba a ninguna parte sobre una raza que se estaba ahogando en su propio cuerpo. Las ciudades eran criaturas extrañas, para las que habían poblado la Tierra desde hacía siglos o más. No se movían, como plantas de raíces largas que no hacían más que crecer. Sus frutos eran duros y estériles, hechos para ser consumidos solo por los hongos más corrosivos en el interior de la Tierra. Su centro estaba lleno de las criaturas erguidas que se habían convertido en el terror de las vidas a su alrededor. Todas las otras razas suficientemente grandes para ser vistas con un mirada rápida de estas criaturas, sabía que eran de miedo. Tenían cientos de trucos bajo la manga. Todos aprendían la lección. Unos se hicieron sus amigos y sobrevivieron, muchos otros murieron, independientemente de si querían ser amigos, enemigos o solo tuvieron mala suerte.

 

Estas criaturas habían creado las ciudades y las mantenían. Haciéndolas crecer cada vez más. Como un monstruoso panal de abejas extendiéndose más allá de los árboles, con la diferencia que un panal tiene límites y si se cae por su peso y se quiebra, se pierde y a costa de la muerte de muchas abejas, la comunidad se reubica en otro lugar, en donde vuelve a crear un panal, desde cero.

 

Las ciudades estaban ya rotas, desde el principio y se seguían derramando sin ninguna consideración sobre la piel de la Tierra, un Suelo antes repleto de vidas silvestres. Con la llegada de los largos tentáculos de las ciudades, líneas de Nada, suelo estéril y plano para que todo pase y nada se quede, las criaturas erguidas iban tomando el control de las regiones y las vidas silvestres iban retrocediendo hacia la seguridad que dan las plantas y las sombras. Los humanos habían llegado y con ellos el desierto que llamaban hogar.

 

En el centro de las ciudades se decidían las futuras acciones de los humanos sobre el resto de la Tierra, puesto que habían tomado con los siglos, un gusto particular a jugar de la misma forma que Destino a modificar el paisaje, pero en estos casos, solo para la comodidad de su raza. Siempre fueron maestros en el arte de imitar las vidas a su alrededor, en sus inicios como simios aprendieron a repetir los gestos y movimientos de sus iguales y otras criaturas parecidas, luego lograron imitar cuerpos y habilidades imposibles para ellos, en prótesis y herramientas.  Pronto habían agotado su habilidad para copiar lo existente y se dedicaron a soñar, a crear aquello que se movía dentro de sus mentes.

 

El resultado fue la ciudad. Un ser superior, hecho de los sueños de los humanos que viven y se reproducen sin fin en su interior. Derribaron todo, acabando con todas las vidas que allí habitaban, como sacrificios insignificantes al gigante que se estaba formando, construido con roca, tierra y muchos de los cuerpos de otras criaturas. La ciudad le pertenecía solo a quienes podían entenderla y cada humano le pertenecía a ella. Vivos y creciendo entre la muerte y el vacío de un desierto que habían llenado con ilusiones. Oasis pintados sobre muros.

 

Las ciudades se apoderaron del mundo, creciendo hasta el punto de chocarse y unirse en seres cada vez más grandes y amorfos. Gigantescos monstruos estirando sus dedos largos en todas las direcciones, produciendo cantidades descomunales de desechos y devorando las vidas más frágiles y vulnerables a su alrededor. Los humanos en su interior dejaron de entender el papel que esas vidas cumplían en el mundo, se acostumbraron a verse a sí mismos, como reflejos de la Vida y el Destino, poseedores de la Tierra. Herederos de todo lo visible y lo invisible. No había nadie más. Ningún otro ser podía compararse con ellos y eso los hacía sentirse solos.

 

La soledad se convirtió en una sensación muy fuerte con el tiempo. Más fuerte que la sensación de victoria o superioridad frente a los otros seres vivientes, una vez derrotados, sus cuerpos y sus vidas pasaban a ser insignificantes, poseídas y vendidas por cualquier humano que se hiciera cargo de ellos. El sometimiento se hizo normal y el orgullo de verse por encima de aquellos parientes lejanos perdió todo sentido.

Era una sensación más fuerte que la duda eterna que los atormentó desde que comenzaron a hablar, entender y preguntarse sobre la razón de ser del mundo. Buscaban un dios que estuviera por encima de todo, presente en cada momento y guiándolos de alguna forma con su inmensa sabiduría desde los cielos.

La soledad pudo crecer en su interior porque era lo único que les quedaba,  después de la cada ilusión, cada movimiento pasional o cada revelación de lo desconocido, estaba la ella, esperando en sus conciencias, como una vieja amiga que se rehúsa a desaparecer. Los siguió desde el amanecer del pensamiento hasta su muerte.

 

Los humanos, atormentados por visiones de sí mismos, abandonados por algo antiguo y olvidado, se dedicaron a hablar más fuerte y crear ilusiones más grandes. Fue así como eventualmente llegaron a cubrir la ciudad de imágenes sin más sentido que distraer las mentes de pensamientos tortuosos. También diseñaron máquinas que hablaban con ellos o que los hacían hablar entre ellos. Sitios oscuros donde multitudes se reunían a olvidar la realidad y dejarse llevar por verdades o mentiras de otro humano.

 

Eventualmente, todas las formas de distracción o entretenimiento colapsaron en una sola máquina pequeña. La llamaron AUTO. Hacía todo por sí misma y de manera mucho más rápida y eficaz que cualquier humano. Su información era más precisa, sus deducciones más acertadas. Pronto, cada humano tenía un AUTO en su poder. La producción y el ritmo de vida crecieron instantáneamente, cada persona era capaz de mucho más, potenciados por su máquina. Les ayudó de manera similar a la invención de prótesis de cuerpo completo, muchos años antes. Estas prótesis los hacían capaces de viajar a grandes velocidades o atravesar territorios difíciles o extensos, ayudados por seres-máquina sin voluntad. Cuerpos vacíos que sobrepasaban los límites de los cuerpos humanos, al igual que los AUTO sobrepasaban la capacidad mental humana, sin poder decidir nada nunca.

 

La ciudad se alimentaba de estas máquinas, que la construían, reconstruían y ampliaban constantemente, cada vez con más eficiencia. Con la llegada de los AUTOs, estos seres-máquina obtuvieron una conciencia limitada e intercambiable que los hizo capaces de guiar a los humanos. La soledad parecía esfumarse ante seres de tan grande potencial.

 

Sin embargo, no todos compartían la utopía de la erradicación de la soledad en manos de creaciones humanas. Muchas personas se opusieron a cada paso del proceso, sin obtener mayores efectos. Hasta la Revolución Salvaje será olvidada con el tiempo, pero según muchos de los involucrados, sus efectos fueron irreversibles, mostrándole a la población su propia naturaleza, evolucionada y confusa, pero humana. Ante todo humana.

 

 

Tierra, Viento y Agua

Esta es la quinta parte de SereS

 

Tierra, Viento y Agua

[Fragmentos de los capítulos 2, 3 y 4, o 2 y 3, o 3, o 2 en la última numeración de la difunta autora, en la que el primero de los capítulos corresponde al número 0,  de la saga Hijos de Nada, mencionada en Una mujer de miedo]

 

En cuanto el gran Ojo del Cambio, Solo, disminuyó su velocidad lo suficiente, el resto de los seres a su alrededor empezaron a comportarse diferente. Su Voz los organizó. Antes habían sido montones de polvo vagando de un lado a otro, en dirección de cualquier otro montón de polvo que fuera capaz de atraerlos. Entonces el Ojo apareció, con un grito poderoso de energía pura que se derramaba a su alrededor, oponiéndose al Vacío, iluminando la oscuridad y moviendo lo inerte.

Tomó su posición, en una danza circular e hizo, por medio del ritmo de su grito perpetuo, que todos los montones de polvo a su alrededor bailaran de la misma forma. Moldeó sus cuerpos en formas redondeadas, girando una y otra vez, cada vez con más gracia. El Ojo logró la esfericidad perfecta, irradiando uniformemente a sus seguidores, mientras que los montones de polvo se estiraban y encogían una y otra vez, acercándose y alejándose de él.

En sus viajes, iban y volvían, girando a su alrededor, algunos logrando círculos casi perfectos, otros con caminos entrelazados, girando y chocándose con otros a otros montones de polvo o directamente al Ojo. Aquellos que se enfrentaron a sus iguales, tuvieron la posibilidad de unirse o desmoronarse y volar en pedazos. Los que se dirigieron directamente hacia el Ojo no tuvieron más opción que ser devorados por las llamas más ardientes.  Aquellos que sobrevivieron a eternidades de danza circular permanente, al mando del imperioso ritmo del Ojo, conservando su lugar y haciendo un camino cada vez más confiable, fueron los más afortunados.

 

Estas grandes masas de polvo, capaces de girar sobre su sombra sin descanso, disminuían lentamente en número sin saberlo. Simplemente se dejaban de encontrar. Porque eran tan pocas, que casi no se veían entre ellas, el gran Vacío lo cubría todo. Solo veían al Ojo, que las envolvía con su Voz, que derramaba energía y calor. Irónicamente, Ojo nunca las vio a ellas, ensordecido por su grito y cegado por su luz, le era, es y será siempre imposible sentir o entender algo más allá de la enorme cantidad de Cambio fluyendo en sus propias entrañas y hacia afuera.

 

-*-

 

El gran Ojo del Cambio, a quién llamamos Solo o Sol, fecundó con su Voz desde el principio a todos los montones de polvo que lo escucharon. La mayoría tuvo su primogénito al terminar de redondear su contorno. De todas esas criaturas de polvo y roca, la más cercana al Ojo, le da vueltas y vueltas, con una rapidez única, empapándose en su calor. La siguiente se acerca lo suficiente para calentarse y baila lento, sin mostrar su piel. La tercera en cercanía, es nuestra Madre, quién tuvo no solo un hijo, como la mayoría de sus hermanas, sino dos. El primero, Viento, era muy similar a todos los otros primogénitos, quienes de inmediato tomaban el mando de la superficie de sus mundos y se encargaban de mover todo de un lado al otro. Pero la segunda, Agua, fue la que hizo posible que todo lo que ahora conocemos.

 

El tamaño de la Tierra hace que sus pensamientos y acciones toman mucho más espacio y tiempo o energía, de lo que nosotros, sus diminutos descendientes podemos entender. Similar a los pensamientos del gran Ojo, pero la Tierra no tiene tal poder, ni puede pronunciarse hacia el resto de una forma parecida, su voz no es más que el reflejo de la Voz del Ojo. Solo puede afectar a quienes estén muy cerca o directamente sobre ella. A sus hijos.

Así que la Tierra bailó por cientos de edades y en sus movimientos estaba el cambio de su cuerpo, hecho de miles de cuerpos de otros seres que vagaron por el mundo, viajando y chocándose, uniéndose en nubes de polvo sin rumbo.

Solo al encontrar su lugar en la Tierra y bailar al ritmo del Ojo, pudieron detenerse y observarse mutuamente. Cuerpos entrelazados en una danza unificadora. Un nuevo ser se estaba formando y ninguno de sus partes era conciente de ello. Cada uno era completamente diferente, de metales ligeros y pesados formados en explosiones al otro lado de la galaxia. Después de nacer, cada montón de polvo cambiaba de dirección muchas veces y la explosión que lo enviaba hacia el Vacío se apagaba rápido. Todos habían chocado millones de veces, perdido pedazos de su forma original y viajado por milenios con partes de otros que iban quedando, haciendo nubes complejas de metales que solo algunas veces lograban soldarse bien.

En la Tierra se encontraron millones de pedazos de metales diferentes y no pudieron separarse más. El baile los volvió uno solo. Se diferenciaban entre sí por densidad, así que los más pesados fueron rápidamente a encontrarse  en el centro, a juntarse y fundirse en el calor de su unión. Sus movimientos crearon el ojo interno de la Tierra, despertándola desde adentro.

 

-*-

 

En la superficie se quedaron las rocas más ligeras fundiéndose en gradaciones de colores y texturas que se hacían cada vez más sencillas. El cuerpo antes desecho en las ruinas de millones de accidentes sin sentido, ahora cobraba una forma cada vez más perfecta.

El Viento es quién se apropió de las regiones superficiales, nacido de los accidentes más grandes, donde el aire podía correr con demasiada facilidad. Presenció la transformación desde que la Tierra aún no tenía un ritmo propio, la tomar todo lo pesado hacia adentro. La mayoría de su tiempo lo invertía en suavizar su piel con su delicada caricia. Se sentía pequeño junto a su Madre, pero podía abarcarla con sus largos brazos y sentir el calor que provenía de ella.

 

-*-

 

Mucho tiempo después, cuando la Tierra estuvo lista y el calor enviado por el gran Ojo en el cielo fue justo el necesario, de su vientre salió Agua. La hija más pura y cristalina que pudiera haber imaginado, en ella la belleza tomó cuerpo.

Agua creció y pasó por cada rincón de la inmensa Tierra, ayudada por su hermano Viento, quién jugaba y correteaba con ella cada vez que podía. Le enseñó el camino hacia arriba, más cerca al Ojo lejano, dejándose llenar de su calor. Ella le mostró como podía crear túneles y pasajes, con una fuerza  que Viento no había visto nunca antes. Juntos, corrieron y volaron, destruyendo y creando a su antojo, en un juego de eras, cuando aún la Madre Tierra era joven y los jóvenes dioses no sabían de su propósito.

Pero algo intuía Viento, quién más adelante sería llamado Destino, pues vivía en las alturas y conocía la forma de su Madre. Era ovalada, no del todo redonda. Por alguna razón, esa forma le daba la sensación que algo más debía salir de ella. Ya habían nacido Viento y Agua, podrían nacer más. Más dioses como ellos,  hermanos en perpetuo juego y baile, imbuido en la naturaleza de todos.

 

 

Infancia desmedida (Antes de la Guerra)

Esta es la cuarta entrega de SereS

 

Infancia desmedida
[Fragmento del diario de Pedro, sobre los días de antes de la Guerra]

 

Cuando era niño, mamá solía invitarme a sus reuniones. De amigos o familiares distantes, algunas veces fui a su trabajo o a eventos elegantes donde tenía que usar un traje de juguete, que a ella le encantaba mostrar. Yo lo usaba orgulloso, porque además era común muchas personas se facinaran de ver a un niño pequeño disfrazado de etiqueta.
Me acostumbré a observar a la gente. Nunca había otros niños en esos lugares, algo que yo no logré entender hasta después de mucho tiempo. No estaba acostumbrado a la compañía de otros niños de mi edad, eran interesantes y divertidos, pero su lugar estaba restringido a las largas horas de colegio. El resto del tiempo, giraba alrededor de las personas que realmente gobernaban el mundo, es decir, los adultos, es decir, mi mamá y sus amigos. Cada uno tenía algo característico. Mamá tenía 2 amigas que siempre estuvieron a su lado, hasta que una murió y otra sucumbió a la locura, mucho antes de aquel día, en que la vi por última vez, ya transformada por el peso de la muerte, en un cuerpo disminuído y enroscado, en una posición fetal tan rígida que no permitió su entierro en un ataúd. El fuego la consumió. Que diferencia hace?

Sus amigas la envidiaron toda la vida, eran una flaca con un lunar sobre el labio y otro bajo el ojo y una gorda de cachetes y labios gruesos y enrojecidos. Parecían hermanas, con sus pelos rizados cambiando de formas y colores permanentemente.
Esas reuniones eran las más comunes y las que primero conocí, pues desde que tengo memoria, la visitaban en casa y duraban horas hablando y tomando café. A mí, la gorda me daba galletas y dulces, a veces sin que mamá viera. O me decía donde podía encontrar más y me escondía chocolates especiales para que yo los descubriera como tesoros enterrados.

Yo hacía piruetas y muecas para conseguir sonrisas y abrazos. Me encantaban los dulces, pero cuando la flaca me tomaba en sus brazos y me sonreía de cerca, yo me paralizaba en un éxtasis absurdo, en que solo podía mirar sus anillos, grandes y aparatosos en esos dedos delgados, ella me apretaba y comentaba de mi cara tierna, como al aire en general, mientras que yo sonreía como un idiota, mirando las pequeñas calaveras y espadas que adornaban esos anillos y las gemas oscuras cubiertas en telas de araña de metal.

Cuando crecí y empecé a salir con mis amigos, ellos ya salían desde años atrás y hasta hacían otras muchas cosas que no podían contarme por mi naturaleza inocente. Yo percibía algo de eso, pero por alguna razón, controlaba mi tímida curiosidad y confiaba en su juicio.
En ese entonces, entendí que había pasado demasiado tiempo con mamá. Solo la conocía a ella. Compartía su visión del mundo por completo porque nunca conocí otra diferente.
Ese pensamiento fue la primera grieta en mi concepción del mundo, en que todo parecía tener sentido perfecto. El sentido que mamá le daba. Aparentemente.

Dejé de aceptar sus invitaciones a visitar viejos amigos o familiares. Pero tampoco salía tanto con mis propios amigos. Siempre tuve la impresión de ser visto como un humano extraño, una mala representación de la especie, alguien que no pertenece a ninguna parte, un extranjero perpetuo. Me sentí un extranjero en mi vida con la primera grieta y el sentimiento se agrando con ella, más y más durante los años. En ese entonces lo que hice, como siempre, fue dirigir mi atención a las máquinas. Ellas entienden exactamente lo que deben y pueden hacer. Puedes confiar en ellas. Así que me sumergí en el mundo virtual, que existe gracias a ellas. En él se encuentra el juego más complejo diseñado por el hombre. Una segunda realidad, capaz de imitarlo todo afuera, por supuesto, pero muchas cosas más. En ella, la segunda realidad, caben Verdad y Mentira por igual, no es necesario hacer la diferencia. Cabe la imaginación y lo inimaginado. Es un juego que contiene infinitos juegos, igual que la Realidad en la que vivo.
O lo era, antes de la Guerra. Ya no parece un juego. La Verdad y la Mentira son partes de la Realidad ahora, no se pueden separar.

Mamá dejó de trabajar un día y creo que desde ese momento empezó a enloquecer. No me importó al principio, acostumbrado a sus desequilibrios e incongruencias, como cualquier humano. Se desesperaba, pasando trabajar en multiples proyectos relámpago a la vez, a no poder hacer nada, en un estado de parálisis deplorable en que solo podía mirar a las paredes y dormir. Creo que nadie más la vio así. Solo yo. pero a mí no me importaba, esa era su forma de funcionar, al menos mientras se adaptaba al cambio. Pero nunca volvió a ser la misma.

Me fui de esa casa cuando pude, como era esperado de cualquier joven. Creo que se sintió especialmente mal en esa época. Yo la visitaba periódicamente, pero tenía una nueva vida que comenzaba a funcionar por sí misma y ella me ponía nervioso, parecía muy angustiada por nada. Todo el tiempo.

Imagino que por eso buscó la calma de las drogas. Por ese tiempo, su amiga flaca estaba muriendo de una enfermedad incurable que no logro recordar. Solo la visité una vez. Un extraño DejaVú se apoderó de mí, mientras me abrazaba sonriendo, mucho más debil ahora, comentandole a mamá lo grande y bello que me veía. Me paralicé por razones diferentes, su olor y tacto me producían repulsión, y por instinto miré de nuevo los anillos.

-Te gustan? escoge uno- me dijo, tal vez hablandome por primera vez. Le respondí con una sonrisa y elegí el de la calavera. No pareció importarle, pero su mano se veía desnuda.

Murió poco después, dejando a mamá y a su otra amiga, la gorda, con unas buenas dosis de morfina que de alguna forma habían sacado del hospital.

Eso no me gustó. Se volvieron un par de desquiciadas, desde incluso antes de irme de la casa ya habían probado otras sustancias más recreativas. Una noche encontré a mamá llorando en el patio, mirando al cielo y balbuceando lo que me imagino que era una charla con su dios, cualquiera que fuese. Le pedía perdón y ayuda, le pedía una explicación, recibiendo a penas la suave caricia de la brisa. Esa noche me enteré de quién era mi padre, tenía una mirada especial al parecer, mamá lo repetía una y otra vez con una sonrisa del pasado que ahora solo era una mueca de nostalgia y rabia. “El Mono” le decían, pero se llamaba igual que yo. Pedro. Eso me hace a mí Pedro II. El pequeño. Buena hora de saberlo. No pude sacarle más información que sus frases sin sentido. Nos quedamos mirando el cielo, en un silencio que me penetraba en los huesos. No solía hablarme de sus cosas, lo más común es que me dijera que hacer y cómo. No le gustaba parecer vulnerable. Pero ese día y esa noche, la encontré pequeña, metida en sí misma como nunca antes, su mirada que siempre estaba atenta a cualquier movimiento y era capaz de paralizar a quién se la devolviera, ahora se encontraba perdida, como buscando algo entre la grandiosidad del cielo. Cuando me habló, lo hizo como hacia sí misma, abriendose a mí como nunca antes. Del todo sincera. Y luego, cuando calló, sentí que no era el silencio tosco y rudo del que se rodeaba cuando quería estar sola, cuando terminaba de decirme lo que debía comunicarme. No. Este silencio me incluía, era algo más que estaba diciendo, esas palabras que no podían ser pronunciadas. Eran dudas, inmensas, de las que nunca quiso reconocer antes. La abracé y la dejé dormir. Algo había cambiado en ella. Nunca volvió a ser la misma, había encontrado la locura dentro de sí.

Tiempo después encontró la forma de sacarla, con su trabajo constante en pequeñas historias sobre sus dioses. Trabajó años, enloqueciendoce paulatinamente sobre las mismas historias que escribía y reescribía hasta el cansancio cada día. Nunca terminó. Su amiga gorda se volvió loca por otras razones, mamá hablaba de la soledad y la falta de cariño. Solo la ví una vez sin su máscara, siempre había pensado que su sonrisa amplia, en esos cachetes rosados y bonachones le salían por naturaleza, pero en el borde de la locura, la vi de nuevo, entrando con pasos tímidos y con una expresión que intentaba levantarse y sonreír sin poder hacerlo, cansada de fingir, derritiéndose en los gestos más melancólicos que he visto. Me miraba con cariño y solo hablaba de hombres. Los que nunca tuvo cuando era tímida y los que la destrozaron cuando logró que entraran en su vida. Su risa se partía, me daban ganas de acompañarla y reírme yo también hasta el llanto, pero solo podía sonreír. Ella no podía más disimular su dolor y yo tampoco podía dejar de sentirlo.

No sé que habrá pasado con ella. Mamá dejó de hablarle, sus locuras no se entendían entre sí. Mamá se volvió loca por los animales, a los que mantenía por jaurías alrededor de su casa, mientras que a su amiga le interesaba verse bien arreglada y dispuesta para la vida social.

Mamá murió tiempo después, ahogada en sus palabras y las vidas de sus animales. La recuerdo perfectamente, pero no quiero. No hubo nada que pudiera hacer. Ella estaba ahí, parecía dormida y no había nada que pudiera despertarla. Su partida no era parte de ningún juego, solo un evento, real e inapelable. No había nada que hacer.
Yo me olvidé de todo aquello y me interné en las máquinas. Solo necesitaba jugar. Día tras día, hasta que mi cuerpo lo hacía sin necesidad de mi mente, para que esta divagara. Entonces me dejé llevar. En el olvido encontré la vida que quería. Sin un sentido absoluto, sin un rumbo ni un objetivo. El juego era todo y todo era juego.

Entonces llegó la Guerra y mi infancia terminó.

 

 

Seres Vivientes

Esta es la tercera parte de SereS

 

Seres Vivientes
[Último episodio de la saga Hijos de Nada mencionada en Una mujer de Miedo, el segundo en ser escrito]

 

Nadie antes pudo imaginarse como serían los hijos del Agua. Ni la Madre Tierra que la sostiene desde su nacimiento en su vientre, ni su hermano Viento que danza con ella y la alza sobre el horizonte, dibujándola con su toque ligero, ni su padre el Sol, Ojo de Cambio y fuente de toda la energía, podía imaginar a las pequeñas criaturas que dentro de ellas se formaban, puesto que aunque la poderosa voz del Sol y de todos los Ojos en el cielo atravesaban el eterno Vacío en todas las direcciones, eran ensordecidos por ella misma, enceguecidos por su luz. De modo que el Sol nunca conoció la Vida o el Destino, ni su Madre, preñada por el Cambio que enviaba en su grito interminable.

Nadie pudo imaginarse a los Seres Vivientes, como los llamó la Sombra que surgió de la Nada al principio del mundo, nadie excepto la Nada misma. El Vacío, infinito y eterno como nada más podría serlo. Tal vez lo supo desde el principio, pues se dice que está en todas partes y lo sabe todo, aunque nunca se pronuncie, pues todo sale de él de alguna forma. Eso explicaría el envío de la Sombra y las implicaciones que tuvo después.

Ni Viento ni Agua, o Destino y Vida, como los había bautizado Sombra, sabían exactamente qué había sucedido. Habían crecido y madurado durante eras, en un baile que moldeó la Tierra. Sabían que estaban destinados a algo más y su danza se sentía incompleta, de una forma incierta y borrosa. Hasta que una silueta salida del lado oscuro de todas las cosas se unió a su baile. Sin ceremonia, como una broma de un humor extraño y hueco. Pero fue entonces cuando surgieron las criaturas, Agua las sintió de inmediato. Eran una parte de ella y parecían estarse rebelando.

Durante mucho tiempo, Vida tuvo a sus hijos dentro de sí, cuidándolos incluso de Destino. Nutriéndolos y sintiéndolos crecer. El soplo de Destino los trasladaba de un lugar a otro por un momento y los devolvía a Agua.

 

Sombra no volvió muy a menudo, aunque a veces se le veía hablando con las pequeñas criaturas, las tocaba y las atravesaba con facilidad mientras les susurraba consejos y bromas pesadas diseñadas para cada especie. A las criaturas parecía gustarles el contacto con él y cuando se marchaba, era usual que surgieran cambios fuertes en los pequeños a quienes había tocado.

Así fueron creciendo, poco a poco se fue haciendo claro que Sombra no estaba ausente, sino que trabajaba de forma localizada, puesto que su influencia empezó a sentirse en el desequilibrio de las criaturas, cambiando con más rapidez y de formas extravagantes. Todas las veces, sin equivocación, las criaturas más fuertes y más débiles, habían estado en contacto con él.

 

Eventualmente, la primera de las grandes familias de criaturas, aquellos con Raíces, salieron de Agua, de manera muy lenta, tomándose generaciones enteras para asomarse, guardando vida en su interior y creando conductos. Solo para sentirse bañados en la dulce canción del Sol, pura, sin haber sido distorsionada por Agua.
Muy pronto, los Seres con Raíces poblaron la Gran Madre, succionando la Vida de la Tierra y alimentándose del Sol.

Al igual que la Madre Tierra, Agua amaba a sus hijos de una manera ciega y total, sentirlos moviéndose en su interior le hacía sentirse satisfecha de una manera sencilla pero absoluta. Viento en cambio, parecía no notar la diferencia. Su mirada fija y su ceño fruncido no se habían suavizado y su baile seguía siendo el mismo. Tenía curiosidad, en ver como crecían, los Seres Vivientes, los Hijos de Agua, pero por alguna razón, no les tenía un cariño especial.
Solo Sombra tenía algo que decir, pero no en voz alta. A Viento le decía poco, era con quién más se encontraba, sobre la superficie de la Tierra, puesto que su mirada atenta era capaz de distinguirlo desde las alturas. Pero no se hablaban mucho, Destino parecía saber que había detrás de la Sombra y a Sombra no le gustaba la falta de sentido del humor de Destino.
Con Vida en cambio podía hablar muy fácil, dejaba que dijera lo que quisiera. Agua iba de un lado al otro, diciendo mil cosas a la vez y Sombra podía estar ahí o no, a veces le comentaba sus pensamientos, pero no era necesario. Ella solo hablaba de sus infantes, describiendo la formas que tomaban o los rápidos y ágiles movimientos que hacían, trastornada por completo por cada pequeña cosa, sin importarle quién escuchara. La oía Destino en las alturas y fruncía el ceño, su eternamente benevolente Madre le ponía especial atención y asentía con calma. Sombra, siempre escondido del Sol, esperaba las pausas de sus monólogos y le susurraba su humilde opinión. Esto no lo escuchaba nadie más, solo ella y tal vez algunas de las criaturas, pues eran demasiadas para esconderse de ellas.

La visión de Sombra era muy diferente, para él los Seres Vivientes eran el final de la paz y la tranquilidad sobre la Tierra. A él no le importaba por sí mismo, puesto que nada le afectaba (aparte del Sol, pero nunca pronunciaba ese nombre, ni mucho menos Cambio), pero en el interior de Vida, le profetizó su perdición, en manos de sus hijos. Y por segunda vez, su voz se hizo sólida y se esparció por todo el cuerpo de Agua, en forma de una nube de ceniza. Las criaturas se comieron la mayoría, sin pensarlo.

Fue entonces cuando Sombra se percató de como sobrevivían estas criaturas, ya sabía que eran únicas y separadas del resto, al contrario de los dioses que no se definen fácilmente y se atraviesan unos a otros permanentemente, sin poder diferenciar con claridad ni siquiera las acciones de cada uno. Por eso, estas criaturas no tenían conciencia de quienes eran ellas o quienes las rodeaban, solo debían preocuparse de su necesidad, lo que les faltaba en cada instante.
Ahora veía cómo iban a condenar a los dioses antiguos, mucho tiempo después. Iban a devorarlos. Como desde ahora hacían con Vida. Como se devoraban entre ellos. No les importaba nada. Se lo devorarían a él si pudieran. En las alturas Destino frunció el ceño.

 

Después de eso, Sombra volvió a desaparecer por un tiempo. Las criaturas estaban cambiando y reproduciendose por montones. Cada vez habían más y diferentes. Muchos empezaron a asomarse más allá del agua y sentir la fría caricia de Destino.
Los primeros descubrieron que dentro de Vida es mucho más fácil moverse que afuera.
Tendrían que cargar toda la Vida que pudieran adentro y volver a abastecerse permanentemente. El alimento tampoco estaría flotando a la vista, habría que buscarlo. De otras formas, en otros lugares, con otra lógica.

De aquellos pioneros que se arriesgaron a morir, respirando el aire seco y sometiéndose a Destino, surgieron varias familias, de diferentes formas y entenderes, que también viajarían alrededor de la Gran Madre entera y la cubrirían con sus hijos.
Las dos familias más fructíferas lograron salir al recubrir su cuerpo con escudos muy fuertes o organizar sus miembros a partir de un solo tronco en la mitad de su cuerpo.
Eso los dividía, pero el resto del mundo también. Algunos crecieron alas, otros patas, 4, 6, 8. Cada criatura debía encontrar algo en el mundo, un camino sobre la piel de la Gran Madre, que lo conduzca a otra Vida, en el ambiente o en otro cuerpo. Cada una pensó que su forma de Vida era la única que tenía sentido en realidad y al reproducirse, cambiaron a sus hijos con el aprendizaje escrito en su interior.
El Suelo se tragó los cuerpos, pero la Madre Tierra los devolvió en alimento y nutrientes para que cada vez fueran más fuertes.

Sucedió que eras después, cuando ya se habían creado sistemas cíclicos muy definidos para la Vida de las criaturas, algunas de las más longevas de troncos en sus espaldas y ojos abiertos, empezaron a buscar a los dioses. Los habían olvidado.
Empezaron a vagar por la Tierra y a dominar al resto de criaturas, a quienes llamaron Animales.

Agua no dijo nada. En este punto había adoptado una actitud igual a la de su Madre, sonreían benevolamente y asentían a cada movimiento de cualquiera de sus hijos.
Destino frunció el seño una vez más, concentrado en su trabajo. No lo había visto.
Una vez más Sombra había logrado engañarlo y pasar desapercibido. Tal vez estaba viejo y cansado, es verdad que ya no tenía el ímpetu de su juventud, pero sabía con seguridad cuando alguien había sido tocado por Sombra.
Se había escondido por eras enteras, trabajando en alguna parte, algo especial. Era un hijo del Vacío. Le urgía entenderlo, pero le era del todo imposible. Estaba seguro que el Vacío solo quería engullir el Cambio. Cuál era el objetivo de lo que Sombra cambiaba?

Estaba dentro de ellos. Tal vez lo estuvo por eras. No tenía forma de saberlo. Lo veía en sus pequeñas cabezas, deslizándose a travez de sus troncos, en sus pechos, en sus pélvis, a algunos pocos se les podía ver con Sombra en sus manos. Ahora ellos lo buscaban, fuera de sí, para nunca encontrarlo y dirigirse hacia el Vacío. Con el ceño más apretado que nunca sacudió a su hermana una vez más, en el baile más agresivo y descuidado que alcanzaron a conocer estas nuevas criaturas. Murieron muchos, pero no todos y Destino supo que Sombra lo había vencido en un juego que no lograba entender del todo. Él. Decidió entonces ver y escuchar a los Humanos, las criaturas que cargaban a Sombra en su interior. Los siguió y aprendió los nombres que los devotos del Vacío le daban, Suerte, Azar, Caos. También logró escuchar de Sombra, escondido bajo la piel humana, algo sobre el Deseo, pero le pareció que la llamaban Alma.
Destino nunca pudo entenderlos, pero como Viento, sopla, de todas maneras.

 

 

La Sombra

Esta es la segunda entrega de SereS

 

La Sombra
[Fragmento del capítulo La Sombra, el primero en ser escrito, el pen-último en la línea de tiempo de la saga Hijos de Nada mencionado en Una mujer de miedo]

 

-He ahí al Viento- resonó un pensamiento, escondido en algún rincón de la inmensa Madre Tierra. -He ahí el Agua- su voz era profunda y rasgada, cada sílaba agredía y se burlaba de sus interlocutores. -He aquí la perfección, la medida sagrada, el codiciado equilibrio. He aquí lo imposible. Me encanta. Me encanta-.

 

La voz resonó en la Tierra entera, como si saliera de las rocas y las lagunas, de las cavernas y los prados fértiles aún sin florecer por primera vez. La Madre Tierra la escuchó y lo sintió venir de sí misma como todo lo demás. Tenía otro hijo, no lo había sentido venir pero ahí estaba. Y lo acogió, sin saber nada de él, lo acogió como su tercer hijo, a esa gran voz que la hacía estremecerse. Le encantaban esas voces.

El Viento también lo escuchó en medio de su baile eterno en los cielos. No dejó de moverse, como si ya lo supiera y tal vez lo estuviera esperando. Había estado danzando con su hermana por eras enteras, sin sentir que sucediera nada. Madre Tierra los ama de todas formas y su padre Sol sonreía todos los días, pero faltaba algo. Su hermana, Agua sintió la vibración de cada palabra y como si estuviera en un trance, se dejó llevar por las ondas.

 

La voz parecía provenir de todos los lugares a la vez, pero Agua conocía cada escondite y cada hoyo debajo de cada roca. Ella había creado la mayoría. Viento podía decir que causaba erosión y que conocía el mundo desde arriba, pero ella sabía que tan hondo iban los pozos y conocía de cerca el corazón de su Madre, el frío que te congela y el calor intenso que se guarda debajo de su piel. Nadie conocía a su Madre como ella, nadie podría esconderse.

Era verdad. Mientras Agua se dejaba llevar por las vibraciones dejadas por la voz, persiguiéndolas hasta rocas y cavernas inertes, Viento le mandó un mensaje desde las alturas. -Ya lo has encontrado, hazlo salir-, sus palabras hicieron de Agua una tormenta, que se estrelló una y otra vez contra las rocas que estaba examinando. Hacía tiempo había aprendido que su hermano mayor, aunque difícil de entender, generalmente sabía lo que estaba pasando y ofrecía una solución. Agua en cambio, solo tenía curiosidad. Su hermano era demasiado críptico y su Madre amaba sin pensar, Agua necesitaba de alguien más, de otro ser u otros seres con quienes compartir la existencia. La voz la llenaba de excitación. Le parecía que marcaba el comienzo de algo diferente, ese ser extraño, escondido detrás de todo.

 

-Quién eres? Eres nuestro hermano?- exclamó Agua, en medio de una tormenta que no cesaba. En lo alto, Viento movió los labios en un gesto largo de melancolía, como lamentándose y resignándose para siempre.

-Hermano? Sí, lo soy. El último hijo, el que no puede faltar- La voz retumbó de nuevo y la tormenta contuvo su aliento -Soy la encarnación de mi padre que se extiende desde el principio hasta el final de todo. Pueden llamarme Sombra.

-Tu padre? De quién hablas?- Respondió Agua con ingenuidad. Viento que todo lo escucha, quería detener el tiempo mismo, que dejaran de hablar, dejar de estar presente, algo. Pero la tormenta danzaba sobre las rocas y la Sombra se alzaba en la mitad, con un cuerpo casi sólido, erguida como una criatura minúscula, pero con la dignidad de quién no tiene por qué temer.

-Mi padre es el Vacío. Es el padre de todo. Algunos se olvidan y por eso debo recordarlo. Está presente en todas partes, es el único que lo sabe todo, lo que es y no es. Lo que puede ser y lo que nunca será. Yo no soy más que una Sombra de su inmensidad.

 

Agua y Viento se quedaron inmóviles. Sombra parecía estar dispuesto a hacer algo. Ninguno de los dos sabía a qué se refería con eso. Ambos les dieron sus nombres y lo saludaron formalmente, pero se quedaron esperando algo más.

Sombra se encogió de hombros, ya sabía sus nombres. Eran jóvenes aún, podía seducirlos fácilmente. Con una risa especial, elevó su figura y bailó con la tormenta.

Tomados por sorpresa, Agua y Viento se detuvieron y vieron a la Sombra describir perfectamente las formas de la tormenta en un reflejo amenazador de su baile. La Sombra rió un poco más y se disolvió en millones de puntos negros que volaron con la más delicada brisa de Viento y se hundieron en Agua o en Tierra al caer.

En algún punto de ese baile, surgieron los primeros seres vivientes. Se alojaron en Agua por mucho tiempo. Sombra apareció de nuevo muchas veces, en momentos decisivos y logró una gran amistad con Agua a quién llamaba Vida, y una relación de rivalidad algo problemática con Viento, a quién luego llamaría Destino. Sabía algo más, algo invisible e intocable, algo que estaba en todos ellos, escondido en lo más profundo de sus seres.

 

 

Una mujer de miedo

Este es el inicio de la serie SereS

 

Una mujer de miedo

 

No era una mujer normal, ella. Era una señorita de miedo. En sus ojos azules se podía distinguir la fría crudeza de la verdad misma, la justicia y el futuro. Sus palabras ardían en los oídos. Su belleza era salvaje, hacía que las mujeres la odiaran o amaran de inmediato y que los hombres dudaran de todo lo antes conocido ante su presencia.

No muchas personas la conocían. Era en realidad una persona reservada, pero muy poca gente se dio cuenta, por su gran habilidad para hacerse notar en público. No es que fuera extravagante, solo que su presencia, su voz y sus palabras eran capaces de atravezar todas las barreras y hacerse escuchar.

Vivía en un pueblo pequeño, desde poco antes del nacimiento de su hijo. Pedro le parecía un niño simpático y bonito, pero le faltaba algo de fuego, algo de emoción, pasión por la vida. El niño era sumamente inteligente y tenía algunos amigos, aunque no salía con todos los niños del barrio. Lo que a su madre le preocupaba algo por su salud mental, pero le alivaba mucho por las influencias a las que podría ser expuesto. El caso es que Pedro casi no necesitaba o pedía compañía. Se sentaba por horas en el pasto, mirando hacía el cielo, viendo los pájaros y las mariposas. Hablaba con las vacas y  había comenzado a conversar con los árboles frutales. No le gustaba hacer nada, ni comer, ni bañarse, ni dormir, ni hablar con personas.

Su madre era capaz de dar múltiples explicaciones a los demás, pero no encontraba la forma de hacer que su hijo despertara y se volviera un niño normal, lo máximo que había podido crear era un sistema de juegos. A Pedro le encantan los juegos, así que por medio de puntos y victorias, era capaz de lograr que Pedro hiciera ciertas cosas, como arreglar su cuarto, hacer las tareas o ir de visita a la casa de un amigo, pero al hacerlo se sentía un poco rara, el hecho de darle objetivos para cumplir en estas visitas (como jugar algo nuevo o preguntar sobre la opinión de alguien o descubrir que hace feliz a alguien y hacerlo, etc), podía modificar seriamente las interacciones de su hijo con el resto del mundo, pero de alguna forma pensaba que era mejor que dejarlo ahí solo, hablando con cosas inertes.

Así se fueron creando juegos y juegos, que se volvieron más y más complejos a travez de los años. Eventualmente Pedro empezó a crearlos para sí mismo y su madre dejó de entenderlos. Ya era suficiente con dialogar de cualquier tema o situación por resolver, para que Pedro diseñara, con muy poco esfuerzo, un juego que guiara sus pasos o los de cualquier jugador hipotético, al logro de sus objetivos, mientras se divertía.
Lo extraño es que estos juegos no divertían a nadie más que a Pedro, quién disfrutaba más la planeación y el resultado final que del juego en sí.

Su madre intentó olvidar todo el asunto tan pronto como pareció razonable. Había tenido que masticarselo todo por años, estaba feliz de tener algo de paz mental. Se había vuelto una mujer más rígida y cruda, y a diferencia antes, en su juventud, las personas a su alrededor eran capaz de verlo y no se sentían naturalmente inclinadas a acercarse.
Sus trabajos habituales, en relacionar hombres de poder que se odian entre ellos porque odian al mundo entero y a ellos mismos en particular, se estaban acabando, había nuevas caras bonitas, capaces de sonreír, hablar múltiples idiomas y vender la dignidad propia y ajena a buenos precios, le estaban robando de su modo de vida, cómodo y feliz.

Así que mientras Pedro, en su juventud, estudiaba a las máquinas y les enseñaba juegos a la vez, para que ellas pudieran reproducirlos para cualquiera, su madre saldó todas sus cuentas y engañó a la mayoría de sus clientes, con historias sobre su hijo, enfermedades y aflicciones que nunca mencionó directamente, pero insinuó con delicadeza suficiente para incomodar a la gente de dinero y hacer que soltaran algo sin hacer más preguntas. Era una excelente vendedora.
Pedro no se dio cuenta del tamaño del golpe hasta mucho tiempo después, cuando entendió que su madre había dejado de trabajar ese día. Por completo. La época de frustración y desespero que la siguieron, nunca fue por falta de dinero, sino por no saber que hacer con una libertad sospechosa, que la invitaba a la holgura.

Por meses la vio armando negocios e intentando hacer publicidad que no llegaban a ninguna parte. Hasta que una noche, la vio sentada afuera, mirando las estrellas, con solo la pijama puesta. Era obvio que estaba bajo la influencia de sustancias psicoactivas, hablaba del cielo, la tierra y la hierba como si fueran preciosos. Pedro se sentó a su lado y la escuchó. Le habló de su padre, le decían el Mono y era el hombre más gentil y servicial del mundo. Le habló de su pasado, de sus miedos. Le habló con el silencio y luego se durmió. Pedro la acomodó en su cama y por primera vez pensó en quién sería realmente su padre, qué parte de él compartía.

Poco tiempo después, Pedro tuvo que marcharse de la casa de su madre, le parecía que había enloquecido. La ingestión de diversas sustancias, en busca de algo especial, la habían llevado a un estado diferente de percepción. Todo le parecía reprochable y sucio. Empezó a odiar a las personas por las más mínimas faltas. En cambio, empezó a adorar a los animales, a quienes les perdonaba todas sus porquerías.
Se encerró en su casa que parecía atraer animales que la rodeaban y pedían día y noche con disciplina para ser alimentados. Muy pocas veces y a muy pocos animales dejó entrar.

El resto de su vida se empleó a escribir cuentos crípticos sobre la historia de todas las cosas. Le tomó años escribir cada capítulo de una saga muy corta que no logró terminar nunca llamada Hijos de Nada. Al morir, años después, encontraron su cuerpo inmerso en una casa ocupada por animales y hojas a medio escribir. La mayoría eran garabatos, frases sin sentido o con significados absurdos u ominosos. “No hay salvación” decían muchos, otros hablaban del Vacío como un ente absoluto y aterrador. “Hay un abismo en mis entrañas y quema”.

El cuerpo estaba malnutrido, rígido en una posición cómoda para dormir, pero no para ser enterrada. Fue cremada. Pedro solo la vio un momento, cuando llegó a la casa y entró después de años de haberla olvidado. Estaba cubierta de papeles y polvo y rastros de animales, pero debajo se encontraban los detalles de su niñez. El reloj del que salía un Rey a saludar cada hora. Las marcas en la mesa, de los primeros juegos y los primeros puntajes. Los viejos tableros de ajedrez, con los relojes que marcaban los turnos para moverse o descansar. La vieja silla donde se sentaba ella, a mirar, con esos ojos azules que preguntaban algo que no podía responder.

Su madre estaba ahí. Esperando a ser transportada. Hacía meses que no la veía. O años, sí, un par de años. Se veía más delgada, mucho más, pero en paz. Hacía décadas que no la veía así de relajada. No sonreía, porque nunca le gustó demasiado, decía que la gente se tomaba confianzas con las sonrisas, pero en sus ojos se sentía la placidez del sueño de los inocentes.

En el escritorio estaba una historia sin terminar. Se llamaba “El Vacío”. Como una referencia a su padre y a su muerte y a lo que nunca pudo entender de su hijo. Pedro se sentó a leer. Su madre sería cremada. Los preparativos para su entierro los había dejado hacía mucho tiempo. Antes de su locura. Todo sería igual, con el mismo espacio para mantener su cuerpo para siempre, como ella lo había deseado, con la placa hermosa que diseñó hace años y debajo de ese árbol bonito del cementerio. Lo tenía todo muy bien planeado desde el principio. Pero sería cremada, al igual que sus páginas y sus animales, si no le interesaban a nadie.

Sin sentidos

Este es el preludio de la serie SereS

 

Sin sentidos

 

Era tarde. La ciudad estaba cubierta por una gruesa capa de nubes que se derramaba sin descanso sobre las calles. La humedad se metía por la nariz hasta los huesos. La gente caminaba con pereza. No había forma de huir. Los días se fundían en una sola lluvia interminable.
Sobre la calle bailaban galones de agua, dispersos en charcos grandes, chicos e inmensos. Solo los más previsivos podían chapotear en el agua, con sus botas de caucho hasta la rodilla. Y los carros, que con la velocidad de sus llantas podían incluso lavar a las personas alrededor al pasar. A la mayoría no podía importarle. El agua los cubría por todas partes, estaban sumergidos en ella. No podían escapar y lo sabían. Solo podían esperar por un pequeño trago de aire, después de la tormenta.

En ese clima todos usaban chaquetas, sacos y abrigos, bufandas, gorros y sombreros, incluso guantes y lentes oscuros. No había nieve en ninguna parte, pero todos estaban preparados para una avalancha de frío.
El Mono también usaba orejeras, con audífonos de mala calidad conectados, lo hacía ver bien. Tenía un gorro a la medida de su cabeza y lentes que se oscurecían con la luz.
Sus pantalones a la medida y chaqueta ajustada parecían demasiado perfectos en medio de la lluvia. Pero seguía caminando con ritmo, en medio de la multitud. En su cabeza retumbaban los bajos de un corazón electrónico que movía su cuerpo. Solo tenía que llegar a casa, el resto lo solucionaría luego. Solo tenía que llegar a un lugar seco y quitarse toda el agua de encima. Envenenarse un poco con las imágenes de las pantallas y dormir. Consultar con la almohada lo necesario. “La almohada es una buena consejera” solía decirle su madre.

En medio de su dialogo mental, el Mono había llegado a hacer la fila para tomar el próximo bus. estaba mojado, pero ya no se estaba mojando más. La estación olía a moho, tierra y algo de óxido que cortaba el ambiente. La señora que se puso delante de todos en la fila se parecía a su madre. Firme, con esa mirada que indicaba a todos que ella sabía que hacía y estaba en control absoluto de la situación. Nadie le dijo nada y ella esperó el bus como todos, pero delante de la línea. El Mono se quedó mirándola, tiempo después de que la atención de todos se disipara y volviese a centrarse en un nebuloso, “donde está el bus? cuanto se demorará?”, preguntas sin respuesta que flotaban de cabeza en cabeza, al ritmo del zapateo nervioso de un hombre de negocios y los ritmos desordenados que varias personas con audifonos intercambiaban sin ningún tipo de orden, a veces palmadas en las piernas, zapateo repentino, algunas frases medio cantadas medio susurradas y muchos movimientos que simulaban instrumentos musicales o una abundante melena. Era normal que el Mono hiciera parte del concierto a la espera en cualquier fila, pero esta vez se vio perdido en la imagen de su madre, escondido en ese rostro, ese gesto, delante de él, delante de todos.

La señora se hizo la desentendida. No le importaba en absoluto la mirada penetrante de ese joven. La sentía, clavada en su espalda todo el tiempo y en su cara cuando, como por descuido, volteaba a mirar. No le quitaba los ojos de encima. Con una cara casi del todo inexpresiva, la primera vez que lo miró parecía sonreir ligeramente, la segunda fruncir el ceño. No podría describir la expresión que vio la tercera vez que se volteó, con una pregunta furiosa sin formarse del todo en su mente. De esa misma cara, plana y algo ausente, le vino una sensación que la llenó de repente, desde su boca, por donde iba a salir su pregunta, hasta su cabeza y luego a todo el cuerpo, de manera repentina.
Se sintió invadida por el espíritu de la futilidad y el esfuerzo en vano. De alguna forma era claro que este hombre no entendería su enfado ni su reclamo. Y aún así, la señora sentía que él le reclamaba algo a ella. Algo que había hecho. Algo que no podía dejar pasar, aunque no supiera de que se trataba.

El bus no llegó por varios minutos y el Mono, ya consciente de su actitud poco educada, cerró sus ojos. Inmediatamente vinieron pensamientos indeseados, pero los empujó hacia adentro y abrió los ojos en otra dirección. Había mucha gente esperando al bus, todos muy diferentes, hijos de la ciudad, van todos juntos sin conocerse. Se miran unos a otros por primera y última vez cada día, pero no se ven porque no hay necesidad.

-No nos vemos- susurró para sí mismo, con algo del ritmo de la canción que escuchaba.

Solo llegaron a escucharlo las personas cercanas a él y a la mayoría les pareció que era un aporte más a la ambientación musical. La señora que estaba adelante de la fila en cambio, se puso roja y se fue encorvando lentamente mientras pensaba en algo que decirle. Se lo había dicho a ella, por supuesto, sentía que por fin le había reclamado de frente algo y ella podía ponerse furiosa y demandar sus derechos, pero no sabía como hacerlo, le molestaba que se lo hubiera dicho cantando, nadie más había entendido que era para ella, que era una queja.
De todos modos se volteó con la cara roja, mirandolo directamente a la cara, para sentirse decepcionada de inmediato. El joven no la miraba, sino que observaba a las otras personas a su alrededor. Se quedó un momento paralizada intentando recoger sus pensamientos, tal vez no se estaba quejando y su mirada no estaba realmente dirigida a ella, tal vez no había hecho nada malo o digno de reproche, tal vez no tenía porqué sentirse así. Entonces se dio cuenta que el joven la miraba de nuevo.

El Mono había empezado a pensar en lo que veía de las personas. Los estereotipos que tenía en su mente. Todos parecían recortados de algún molde. Solo las personas que más conocía parecían únicas y de cierta forma, de ellas salían gran parte de los moldes de todo el resto. Su familia. Pero no podía pensar en ellos. No ahora. Debía llegar a la casa primero. Quitarse la ropa húmeda. Relajarse.

Se dio cuenta entonces, que la señora de adelante lo miraba distraídamente con la cara enrojecida. Ya no se parecía a su madre. Era solo una mujer de mediana edad, parecía furiosa pero incapaz de articular sus pensamientos.

En ese momento se asomó el bus que entraba a la estación, en muy poco tiempo estaba frente a ellos, pero la fila se había demorado menos en desintegrarse. Ahora eran solo dos estatuas en medio de una multitud dispuesta a todo por un asiento en la ventana.

Al reaccionar, la señora se montó rápidamente en el bus, sin poder ver cuál era. “Que bus es este? Cuál es este bus? Para donde va? Este es el 55?” Preguntaba frenéticamente mientras las puertas se cerraban.
El Mono se quedó quieto y la vio irse. Ese era su bus, (no el 55 de la señora), pero en el último momento había decidido quedarse. Ya no había nadie esperando. De repente estaba solo al frente de la fila. Se sentía libre. Cerró los ojos y respiró profundo. La música se había vuelto repetitiva. Se quitó los audífonos y disfrutó del silencio relativo, un breve momento de paz. Sintió el Sol sobre su piel, un breve momento de calor. Y recordó a su mujer. Ahora no había duda. Cuando la conoció no sabía quién era, el día anterior pensaba conocerla mejor que nadie, pero ahora de nuevo parecía una desconocida, iluminada en una nueva luz. Una luz que le viene de adentro. Un fuego que él encendió. Había jugado con ella y lo recordaba como probar el sabor más dulce de todos.
Ahora sentía que el juego tenía un precio demasiado alto y ese fuego que crecía en el vientre de su amada lo iba a consumir. La noticia le llegó de sorpresa y sin solución, él no tenía ninguna voz y no sería escuchado. No importaba lo mal que podía sentirse llevando su vida y el profundo miedo de encargarse de otra. Debía hacerse cargo. Debía hacerse cargo.
Con ese pensamiento en la mente, vio llegar otro bus. El 55.
Caminó lentamente, ya había varias personas más en la fila, pero él era el primero y podía escoger el puesto con ventana que quisiera. Se sintió libre, respirando con facilidad, le vienen pensamientos de miedo y culpa pero los empuja hacia atrás. Le gusta el bus, está vacío y en silencio.
Sonríe sin saber porqué exactamente, pero no puede evitar repetir una frase entre sus pensamientos más profundos. De repente, en medio de la meditación sobre la comódidad y el necesario reajuste de horarios del sistema de buses, sale una duda como de la nada. “Este no es mi bus. Para donde va este bus?”

Los aviones vuelan solos

 

Unos se suben, otros se bajan. De un avión o de un bus.
Se suben y se bajan en el mismo paradero.
Cada uno en una ciudad distinta. Están lejos todos.

Yo me subo y me bajo del bus y miro los aviones que pasan.
Ya se vieron dos aviones que se pasaban de largo.
Saludándose a través del cielo.

Porque los aviones vuelan solos. Solo vuelan.

Le dan vueltas a la Tierra y no paran, solo hacen pausas.
Si hay que subirse, hay que bajarse.
En una ciudad. En todas las ciudades.

Y los aviones siguen su camino infinito,
pero ellos no entienden que transportan humanos
y cada humano lleva un hilo amarrado.

El hilo lo conduce al lugar de donde vino,
los momentos que vivió y la gente que estuvo presente,
porque cada uno lleva un hilo que se enreda de manera inevitable.

Así, los aviones solo hacen que los enredos se expandan,
hacen líneas de nosotros por los cielos,
para que podamos señalar al infinito y decir “ahí están”.

Me subo y me bajo del bus. Una vez más.
No estamos tan lejos.
Solo estamos detrás de las montañas.

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